26 febrero 2008

Gonzalo Calcedo Juanes: Temporada de huracanes (2)


También me parece magnífico el segundo relato, "Tres muñecos de nieve", en el que son más evidentes las influencias de la narrativa corta estadounidense pero sin ahogar la creatividad de Calcedo, sin borrar su presencia en el relato, la del autor que mira de una manera muy determinada a sus criaturas, que hace avanzar por una línea que distiende el pasado o lo encoge con una precisión espléndida, que escoge con pleno acierto motivos simbólicos y no los deja fríos en primer plano sino que los mueve con fluidez y dotándolos de una vida que sólo los personajes muy recordables poseen. Todo es sugerido, apuntado, todo está en un plano que obliga a mirar más abajo, a buscar lo escondido, lo no dicho: el estilo de Calcedo es profundamente económico y cristalino, sin falsos juegos y sin retórica vacua, pero también se presta a la frase brillante, enjuiciadora, con valor de diamante. Y al final hay unas palabras de un personaje que caen sin fuego pero queman, según la inteligente manera de contar de Calcedo, que emociona sin cargar las tintas, sin remarcar, buscando la complicidad del lector atento y sensible: habla de que lleva un pañal bajo su disfraz para parecer más gordo, un pañal de adulto, y agrega, medio borracho y desengañado de muchas cosas y ofendido y roto en verdad por dentro pese a sus anteriores palabras agresivas, que el narrador ha hecho más bien como que no oye: "Dios mío, mi pobre madre usó uno de esos al final de sus días. Qué tristeza..."
Calcedo es un escritor al que hay que visitar para saber más de qué están hechas las heridas del alma. Y para leerle, os aconsejo, tomad asiento y dejad una puerta de vuestra alma abierta. No lo leáis sólo con los ojos, ni con la mente. La experiencia será inolvidable.