11 febrero 2008

Elio Vittorini, la palabra y el escritor


En todo hombre está la esperanza de que acaso la palabra, una palabra, pueda transformar la sustancia de una cosa. Y en el escritor está la de creerlo con asiduidad y firmeza. Está en nuestro oficio, en nuestra misión. Es fe en una magia: que un adjetivo pueda llegar donde no llega, buscando la verdad, la razón; o que un adverbio pueda recuperar el secreto que ha escapado a toda pesquisa.


(Palabras de Elio Vittorini, extraídas del libro "La novela italiana de la posguerra", de Giorgio Pullini)

04 febrero 2008

La soledad, de Jaime Rosales


Fuera caretas, abajo las coartadas. Se puede hacer buen cine comprometido, social y valiente, que mira cara a cara a la vida, que es reconocible y habla de gente como tú y yo, la clase media, ésa que parece no importarle al sistema más que para largarnos películas hollywoodienses de acción descerebrada y argumentos sin pies ni cabeza.
Se puede hacer este cine, tiene espectadores y -aunque no es necesario, pero ahí queda- recibe incluso los mayores premios, como anoche en los Goya.
Mi aplauso para los creadores de una película tan original, que es puro cine y pura emoción.

01 febrero 2008

Contra los coches


Se pierde la dignidad, se pierde la vergüenza, se pierde una parte importante de lo que le define a uno como ser humano cuando atropellas a alguien con un coche, lo matas y luego reclamas que te paguen los desperfectos que el otro ser humano, mientras moría, le hizo al pedazo de lata andante que llamamos coche y veneramos como al nuevo becerro de oro.
Nunca quise tener coche. Nunca quise poder hacer daño -me decían algunos amigos que quizá no había madurado en algunos aspectos: qué alegría ser un inmaduro para siempre antes que volverme un inconsciente y un prepotente por manejar una bestia con ruedas que puede matar-, matar aunque fuera debido a un descuido.
Se puede vivir sin coche. Se puede ir a comprar el pan sin coche. Se puede ir al centro de la ciudad sin llevar el coche. E ir a otras provincias. Se pueden hacer muchas cosas. Detesto los edificios de Nueva York porque no están hechos a la altura de la esperanza humana. Detesto los coches y las prisas y a los imbéciles que se creen poderosos con un volante entre las manos. He mantenido discusiones y defendido que es un conductor homicida el que va a más de la velocidad permitida por cualquier carretera y un homicida a secas el que lo hace en una ciudad o en un pueblo, donde un niño despistado puede surgir tras cualquier esquina.
Me dan asco tantos anuncios sobre coches. Los veo y los olvido, porque no retengo los nombres, las marcas. Sólo los recuerdo por el color. Viajo poco pero contamino menos. Soy amigo de los autobuses y, sobre todo, de los trenes. Se puede vivir sin ser un conductor. Se puede vivir y dejar a los demás en paz.
Esos que atropellan y luego reclaman dinero para arreglar sus coches a las familias de las víctimas son animales predadores. Creen ser personas pero no lo son. Que el cielo los juzgue.


Foto: Willy Ronis

29 enero 2008

Gonzalo Calcedo Juanes: Temporada de huracanes


Qué gran relato es "A dos mil metros de altura sobre el nivel del mar", con el que se abre este libro de un consumado autor de cuentos, uno de esos escritores que no aparecen en los medios en grandes letras pero que van construyendo un mundo narrativo perdurable y de un valor siempre en alza.
A Aurora, ciudad "demasiado introvertida, demasiado campestre", va Donatella a dictar una conferencia sobre un poeta inglés pasado de moda, como ella misma, dejando en casa a un compañero del que no está muy segura y a dos hijos de un matrimonio anterior. Pocas cosas pueden pasar en veinte páginas, pero no os quepa duda de que Calcedo cuenta de una manera actual, sensible y sugerente que deja muy a las claras su altura de gran escritor. La manera actual viene dada por una narración sin efectismos verbales, de flujo medido y ágil, que no desdeña las frases certeras y que pueden extraerse con valor individual y de cita aislada: "Donatella sacó el móvil del bolsillo, estudió los mensajes de su minúscula pantalla, cada uno un capítulo, cada uno un embuste". La manera sensible viene dada por la cercanía con que se nos cuenta la pequeña historia de Donatella, por la mirada de un narrador que la comprende, que no la estudia fríamente como a un bicho raro, sino que la escucha, que nos la acerca, que nos la hace humana. La manera sugerente viene dada por el mayor acierto del relato, sin duda, que es la inteligente opción de mostrar sólo un poco, de resolver en pinceladas temas que han de continuar vibrando en la mente del lector, que han de resolverse de alguna forma en la mente del que se acerca a saber un poco de las vicisitudes de Donatella.
Es un gran relato, un magnífico pórtico para un libro que promete buenos ratos de aprovechable lectura.


Texto recomendado: Blanca Vázquez escribe sobre la película "4 meses, 3 semanas, 2 días"

26 enero 2008

Amos Oz: La historia comienza


Alumbrar lo oscuro, dotar de vida a lo inanimado, poner una mirada tranquila en los mundos que corren acelerados, compartir experiencias como lector y como persona. "La historia comienza", del gran escritor Amos Oz, es un regalo para todos los sentidos porque ayuda a ver mejor, a sentir mejor, e incluso ayuda a recordar mejor, a sacar del recuerdo objetos e imágenes llenas de polvo, aparentemente inservibles, que gracias a la nueva mirada, más intensa, más real, con que salimos de la lectura de este libro se levantan poderosas y útiles, como le ocurre al que reza en la montaña con toda su fe o al que repasa toda su vida echado en la cama, a oscuras, mientras piensa que nunca más tendrá tiempo para revisarla y entenderla. Amos Oz es un escritor con varias novelas imprescindibles a la espalda. Este libro es también imprescindible, porque cada página es un regalo, un pequeño secreto compartido y una pequeña lección de la que brotarán nuevos lectores, nuevos escritores, nuevas miradas comprensivas y estimulantes. Fontane, Gógol, Kafka, Chéjov, Elsa Morante, García Márquez, Carver y otros presentan los inicios de algunos de sus relatos y novelas que Oz examina, escudriña y, con un estilo ágil, apto para cualquiera, convierte en pequeñas crónicas, grandes destellos, enormes platos de gran cocina literaria.

19 enero 2008

Hélène Grimaud


Porque no está todo dicho, porque podemos emocionarnos con una nueva interpretación, una nueva incursión en un mundo explorado pero aún lleno de tesoros, porque la verdad de la música se impone en las manos de los mejores intérpretes, fieles y atrevidos, porque fascina con sus manos y las expresiones de su cara, sus movimientos lentos y rítmicos en directo, tenemos que oír a Hélène Grimaud. Pianista francesa, nacida en 1969, que ha tocado junto a algunos de los grandes de la batuta -cómo me alegra que entre ellos esté mi admirado Vladimir Ashkenazy-, niña prodigio que ha atemperado la fuerza y la ha convertido en lirismo del mejor, hondo y perfecto para la evocación y la fantasía, para el encuentro y el gozo, Hélène es una de las grandes artistas de nuestro tiempo. Su último disco nos regala algunos momentos de una belleza absoluta, de un lento acercamiento a la magia de sentir y vivir que sólo el genial Beethoven pudo darnos con su mente llena de tragedia y autenticidad. El concierto nº 5 para piano y orquesta, "Emperador", vuelve a deleitarnos, a hacernos preguntas, a detenernos y mirarnos, a ahondar en nuestras vidas arrasadas por la precipitación y la levedad, a provocarnos para que el placer y la armonía vuelvan a dominarnos. Perdéos en las manos de Hélène: saldréis fortalecidos y más despiertos.

15 enero 2008

El custodio, de Rodrigo Moreno


Una película protagonizada por un custodio (escolta, guardaespaldas) de un ministro argentino que está contada con silencios, con una acertadísima inserción de ruidos ambientales - abrir y cerrar de puertas de coche, de pasos, de los walki-talkies, de la respiración del ministro mientras duerme - y una interpretación magistral de Julio Chávez, uno de los mejores actores de habla hispana, cuya figura está plenamente alejada de estereotipos: no es alto, tiene papada, poco pelo. El director basa la narración en los encuadres, todos elegidos con un criterio creativo y que hacen más profunda la historia y sitúan al espectador a veces dentro y a veces muy fuera, según se narra con cercanía o con distancia la escena. Esos encuadres perfectamente buscados y la quietud de la cámara, que en ocasiones no sigue a los personajes y espera a que vuelvan a entrar en el cuadro, no son estética, sino profunda ética: hay en la elección de cada uno, siempre, una toma de postura, una sensación que se transmite sin imponerla, una visión que jamás cae en el tópico. También encontramos dos o tres desenfoques que, al verlos, dan ganas de levantarse y aplaudir, porque en una película realista no suelen abundar, son despreciados como si se les encasillara en un tipo de cine que ha de rebosar actos raros o fantásticos y se desaprovecha así un recurso que, como todos, vale su peso en oro cuando el que lo utiliza no lo hace para destacarse ni demostrar imaginación sino para comunicar más con menos, desde lo borroso, lo desechable, lo aparentemente vacuo o incorrecto. En la película hay poco diálogo, porque el custodio es un hombre que acompaña, ve, oye y no habla apenas mientras trabaja: es un defensor sordo, ciego y mudo, en verdad, un ser al que se tolera, se desprecia, se minimiza. Pero Julio Chávez lo crea en cada silencio, lo aumenta en cada palabra, lo define con cada mirada. Y lleva la película hasta un alto grado que en ningún momento necesita el exceso, la justificación, la caracterización excesiva, la anticipación que abona al misterio y descarta la emoción limpia. "El custodio" es una película magnífica, algo minimalista -en el mejor sentido-, yo diría que existencialista y ejemplar: con un personaje de cine negro se ha puesto en pie una historia absolutamente creíble, de alta calidad, se ha evitado la mixtificación y la descalificación gratuita y creado algo que se parece mucho a los sueños más realistas, los relatos literarios más humanistas, las confesiones más ciertas. Una de esas películas que uno no olvida jamás.

09 enero 2008

Philip Glass: Metamorphosis Two


La orquesta completa está dentro de un piano, la vida entera cabe dentro de la música que genera un piano. Oyendo Metamorphosis Two, de Philip Glass, con Jeroen Van Veen ante el teclado, las sensaciones se multiplican y vuelan en torno a una sola, en círculos concéntricos, como si la felicidad fuera un único objeto y todo diera vueltas a su alrededor. Porque a mí esta música me hace feliz, cómo ocultarlo. Siempre he sido devoto de la música para piano solo y además he admirado intensamente a los compositores contemporáneos. Glass es uno de los grandes, minimalista, y sus composiciones son envolventes, llenas de sensibilidad y la magia del hallazgo profundo, que toca algo en donde no hay lugar para el pensamiento ni para la divagación, donde la música es lo más alto y perfecto. Cuando el piano despide una sola nota y los dedos acompañan por debajo con otras que parecen alzar a la primera, sostenerla en alto para que nos llegue con mayor viveza y plenitud, me relajo y a la vez noto que algo se me escapa y busca una comunicación inmaterial, acaso posthumana. ¿Cómo podría pagársele a un gran músico por componer algo tan sublime? No bastaría todo el dinero del mundo, eso lo tengo claro, y probablemente nada tenga el suficiente valor como para pagarle. Quizá el único pago es la escucha atenta, alejada del runrún cotidiano, en un rincón que no ha de ser grande ni especial, sino tan sólo un lugar momentáneamente dado a la satisfacción del sonido, la lujuria de lo inesperado, el amor de lo que se repite con deseo: es tan sensual y bella la música, es tan real que cuando escribo me pregunto tontamente si la música podrá oírme, saber que estoy aquí, escuchándola, me pregunto si la música podrá saber que me hace vivir.

02 enero 2008

En tu voz, Mireille Mathieu


Uno se enamora, por qué no, de una cantante y de una voz.
He puesto un disco de Ennio Morricone, "The gangster collection", y la primera canción me fascina. Le doy al mando a distancia una y otra vez. De la película "Sacco & Vanzetti", compuesta por Morricone y con letra de Georges Moustaki. Canta Mireille Mathieu.
La voz engancha. La voz acaricia. La voz te acompaña cuando sales a la calle a comprar el pan, te sigue por la calle, te cosquillea en el oído. La voz está en tu cerebro, en tus manos, en el ritmo al andar.
Me gusta la pronunciación francesa. Me gustan las voces de las cantantes francesas. ¿Por qué no puede ser hoy una canción lo más importante del día, de mi vida en el día de hoy?
Ah, la erre tan gutural. Gracias, Mireille. Me conmueves. Gracias, Ennio. Gracias, Georges. Y un recuerdo para Sacco y Vanzetti, a quienes no hay que olvidar.


"Maintenant Nicolas et Bart,

vous dormez au fond de nos coeurs,

vous étiez tout seuls dans la mort,

mais par elle vous vainquerez !"





22 diciembre 2007

Juan García Hortelano: Riánsares y el fascista


Este relato está incluido en su libro "Gente de Madrid" y podéis encontrarlo en la edición de los "Cuentos completos" de García Hortelano. Es un relato largo, una nouvelle, ambientada en los años de la guerra civil, en Madrid, y aparecen en él algunos niños, varias criadas y un fugitivo cobijado en una cueva. Los niños quieren entrar para apresarlo, pues se rumorea que es un fascista. Entre disputas, discusiones sobre la jefatura de la banda y la posible utilización de una bomba que tienen guardada, los niños viven en esa realidad animada por la fantasía que es la primera adolescencia y sueñan con hazañas y reconocimiento. Pero también se entretienen con las criadas, a las que les pellizcan el culo y a las que acarician de manera furtiva cuando ellas también desean ser acariciadas y consienten y hasta proponen. Riánsares es una de las criadas de la casa del narrador, un niño que admira a su abuela, roja entre fascistas - el padre, la madre, el abuelo del niño- que oyen por la noche la radio deseando el triunfo de los nacionales.
La adecuación de la voz narradora, que conserva la vivacidad para transmitir los descubrimientos del adolescente, sus miedos y sus silencios transidos de dudas y abismados por la falta de palabras con que comunicar lo que piensa y siente, el perfecto tempo del relato, atento a todo lo necesario para hacer creíble y crecientemente real la historia, mueven a la emoción y a una atención que pocas veces en otros relatos descubriremos. Y es que García Hortelano trabaja con una maestría sencilla que alza un edificio de absoluta credibilidad, de una sinceridad apabullante, de una honestidad difícilmente resistible. Creo que es "Riánsares y el fascista" uno de los mejores textos escritos en nuestro país, uno de esos logros mayores que aparecen muy de vez en cuando, en los que todo casa, todo funciona, todo está en su sitio y en su justa medida: incluso las ideas, la voluntad política del autor, que es una propuesta y no una sesgada interpretación de la realidad, lo que le procura la posibilidad de eludir la gangrena del tiempo, la disolución. Hora es de recordar a Juan García Hortelano, de celebrarlo, pues nunca estuvo por debajo de los escritores del boom latinoamericano -con los que coexistió-, no es inferior a los Onetti, Vargas Llosa, Cortázar, Sábato, Rulfo, tampoco a los Marsé, Goytisolo, Matute, Benet -escritores grandes y jamás ensalzados como se merecen-, y además nos dejó varias novelas que son verdaderos hitos de la lengua española, textos que no dejan de de ganar en importancia a los ojos de los estudiosos de la literatura pero también a los de los historiadores y de los que quieren saber qué ocurrió un día en nuestro cercano y aún palpitante pasado.

19 diciembre 2007

Axelle Red: A Quoi Ça Sert -



La canción de la película "Le cousin", de Alain Corneau.

12 diciembre 2007

Carmelo Bernaola


Le debo al gran Carmelo Bernaola la alegría que me embargaba al oír la música inicial de aquella serie dedicada al policía Plinio y que vi en una reposición hace algunos años. La protagonizaban Antonio Casal y Alfonso del Real (qué grandes actores daba ya entonces nuestro país), y es de esas series modestas pero muy bien realizadas a que nos tenía acostumbrados TVE en algunas épocas pretéritas y que acaso no volverán jamás. Contaba con la dirección de Antonio Giménez-Rico, acertada y brillantemente ampulosa en algunos momentos, y la fotografía de José Luis Alcaine, viva y exacta. Sonaban los primeros compases y ya estaba yo dentro de aquellas historias, como me ocurrió con la sintonía de otra inolvidable serie que de niño vimos casi todos los españoles, Curro Jiménez, y que le debemos a Waldo de los Ríos (qué nudo se me hacía en la garganta apenas empezaba a sonar, porque me avisaba de que se acababa el fin de semana, ese espacio temporal que es la felicidad de un niño de diez o doce años). Escucho ahora, mientras escribo, cuatro composiciones de Carmelo Bernaola, incluidas en un disco que le dedicó el sello RTVE, y que nada tienen que ver con la música para el cine. Heterofonías, la Sinfonía en Do, Nostálgico y ¡Tierra! están llenas de música del siglo XX, arriesgada y diferente, vanguardista, sin acordes bellos ni melodías que suben el ánimo, pero que constituyen un conjunto de una coherencia, una capacidad inventiva y un conocimiento musical admirable. Sumémosle que no se trata de obras para el gran gusto, que son a la música lo que algunas obras de Juan Goytisolo a la literatura, experimentales, en pos de nuevos caminos, y sabremos por qué no son tan conocidas como se merecen. En las programaciones de música clásica no las hallaréis - el empeño en dar lo agradable para el oído, insistir en los Mozart, Chaikovski, Beethoven, Schubert es descorazonador -, pero os animo a degustarlas una tarde o una noche en que la mente os fluya inquieta, el alma quiera escaparse de su oculto rincón y vuestra voluntad esté encallada entre dos o mil decisiones por tomar. Esta música les hablará a vuestra mente, vuestra alma y vuestra voluntad como una amiga íntima e irremplazable.

05 diciembre 2007

Alice Munro: Odio, amistad, noviazgo, amor, matrimonio


Uno abre un libro, ve algunas palabras, elige un cuento para empezar la lectura y a veces se queda deslumbrado, atrapado, ya abierto admirador de alguien. Alice Munro no es para mí una desconocida: tengo su libro "Amistad de juventud" desde el año 1994. Pero hasta hoy no he sentido el deseo de escribir sobre ella, hasta que he leído su relato "Poste y viga". Sé que su final resulta discutible, demasiado ambiguo quizá, o demasiado concreto, según se mire. A muchos este tipo de historias les resultará demasiado visto, sobre todo a los devoradores de páginas de Carver y sus derivados. Incluso a algunos les traerá al fresco que una canadiense nos hable de pequeñas y domésticas historias de hombres y mujeres casados, separados, que se aman sin decírselo o se lo dicen tarde y mal. Allá ellos. Ellos se lo pierden.
En "Poste y viga" hay literatura de la mejor, de la más sincera, de la más creíble, de la más cercana. Munro tiene un talento inigualable para narrar en tercera persona y mostrarnos los pensamientos, las inquietudes, las distancias interiores de sus personajes sin lastrar jamás el desarrollo de la narración, que es ágil, que no tiene adornos innecesarios, que atrapa como un buen relato de misterio, porque hay misterio en la vida de una mujer casada que recibe poemas de un ex alumno de su marido, en la actitud compleja de su prima, que la visita no se sabe muy bien si para llorar en su hombro o para llenar su tranquila vida de zozobra, en el ofrecimiento de amor de un hombre que no parece ofrecerse a sí mismo.
Y hay misterio en saber qué pasará, qué cambiará cuando el poeta aficionado se entere de que ella, la mujer casada, ha estado en su casa buscando algo que le explique cómo es su enamorado, qué siente, qué le interesa, qué le hace ser como es. Pero no os imaginéis un misterio forzado, un suspense ingrato. Es la poquedad lo que mueve a estos seres, la que los ata a sus vidas nada cambiantes, nada inquietantes. Son sus cortas ambiciones, sus rodeos, sus afanes sin expresar lo que los envuelve en el misterio del que hablo. El misterio de la pereza, del estarse quieto, del no hacer nada decisivo que cambie lo cotidiano y supuestamente natural.
Me complace leer a alguien como Munro, capaz de decir tanto con tanta precisión, con tanto tino, con un poder de narrar lo esencial tan vivificante: y escribo esta palabra porque cuando uno lee mucho busca autores que le aporten cosas, que le hagan mirar lo que hay en la vida que espera al cerrar el libro con renovado ímpetu, con ganas de seguir viendo y de seguir conociendo. Autores, como Alice Munro, que le otorgan a la existencia cotidiana una segunda oportunidad y nos la sirve en un bandeja llena de frases, de relatos de los que uno puede sale más ligero, más vital, como después de una ducha que limpia y da energías nuevas.

28 noviembre 2007

Javier Marías: Tu rostro mañana 1. Fiebre y lanza


El estilo de Javier Marías es envolvente, caudaloso, puede parecer desmedido pero no lo es, porque se percibe la medida interna, casi la contención, ya que el autor tiene mucho que decir y muchas palabras acumuladas que surgen, se comunican, se entrelazan y se liberan, se fecundan, se unen, se separan y forman una historia subyugante, un discurso imparable, un río al que el lector convencido se arroja de cabeza sin importarle dónde irá a parar. Pocos escritores pueden presumir de escribir cómo y de lo que les da la gana y no perder a sus lectores. Marías no ahorra palabras, no ahorra párrafos, no ahorra ideas. Dice todo lo que tiene que decir y quien quiera, quien le quiera, que le siga. Doscientas páginas de introducción: dicho así suena brutal, repelente. Pero es que estamos ante una novela larguísima, llena de episodios variados, de memoria, furia, fiebre, lanzas y dolor. Y colocar al lector en situación sólo podría hacerse como lo hace Marías: introduciendo temas, recurriendo a las digresiones, a la dilatación temporal. Y nunca cansa, nunca aburre, nunca vemos inflación textual en esta gran novela. Y cuando el narrador, Jacobo Deza, habla de su padre y de cómo fue traicionado por los que le conocían, por quien había sido un amigo de toda la vida, tras acabar la guerra civil española, podemos contemplar el dolor, la rabia, la desazón, la injusticia pero también la contención del narrador/autor, que se sabe emocionado y no quiere lagrimear, no quiere ganarnos con lo fácil y corta y da vueltas y elude lo sentimentaloide y lo folletinesco y lo vendible, huye del fácil reconocimiento y del fácil aplauso. Y hablándonos de esos tiempos duros, de delaciones y de ruido y furia y traición y estupefacción y certeza y miedos y represalias consigue la primera gran parada, la primera conquista del ánimo del lector y de su atención inquebrantable y sube y muestra cómo se escribe la más alta literatura en los días de hoy, aquí y ahora.

21 noviembre 2007

Fernando Fernán-Gómez


En un mundo del que van desapareciendo las personas más importantes, los artistas más necesarios, también un actor magistral decide envolverse en su capa, en su sombrero gigante y desaparecer, acaso algo hastiado, harto, decepcionado, fatigado y con una sonrisa muda y quizá invisible en sus labios. ¿Qué nos quedará de este hombre? Algunas películas, algunas series - la del pícaro, me recuerda mi hermano por teléfono, que también acaba de enterarse de la noticia del fallecimiento-, algún exabrupto, una imagen, una voz que mañana oirás en televisión - un anuncio inigualable- defendiendo la grandeza del fútbol con un tono que te paralizará y que te arrancará un rato de tu vida cotidiana para llevarte a un lugar del que parten los mejores pensamientos y al que van a parar las mejores personas. Te añoraremos. Hasta siempre, Fernando.


Comentarios dignos de leerse en el diario Público

10 noviembre 2007

Mi madre, en la iglesia (Nunca te diremos adiós)


A las seis de la mañana dejé el sofá y me puse a escribir estas líneas. Las leyó una de nuestras primas, Loli, porque sabíamos que ninguno de los cuatro hermanos podríamos dominar la voz ni los sentimientos. Cuando mi prima acabó de leerlo, hubo un inesperado aplauso en la iglesia, que quizá mi madre, junto a las palabras a ella dedicadas, pudo oír. El sacerdote aprobó la lectura del texto, leyó a su vez algunas palabras de Miguel de Unamuno y de Antonio Machado. Espero que mi madre las oyera. Espero que aún pueda seguir oyéndonos, deseo que exista el alma y que ella, mi madre, nunca deje de ser mi madre.

Mi madre no confiaba en el no. Confiaba en el sí.
Mi madre era optimista: siempre creía que todo tenía solución.

Mi madre tenía un gran poder: allanaba las montañas. Pero no las físicas, sino las montañas que crean las diferencias y las discusiones. Y encontraba el camino para el entendimiento y la paz.

Mi madre nunca se quejó de nada. Siempre le importaron sus hijos y toda su familia antes que sus propios problemas.
Mi madre siempre se esforzó, siempre nos quiso. Su presencia traía la luz del nuevo día.
Mi madre era la aurora, era la luz.
Nunca te olvidaremos, Aurora Rodríguez Castillo.

26 octubre 2007

Mi madre no murió sola


Mi madre no murió sola. Yo cogía su mano derecha con mi mano derecha, la izquierda la puse con la palma abierta en su frente, mi hermano Pepe le cogía la otra mano. No quisimos que se muriera conectada a las máquinas, que llamaran y nos dijeran que había muerto y verla sola, en una camilla de hospital. Cuando llegué, sufrí un ataque de nervios. Ella estaba en coma. Yo la había dejado consciente, con sus ojos tan abiertos, tan comunicativos, llenos de la vida grata y la alegría tan palpitante que siempre los llenaron. Me abracé a mi hermano Pepe, lloré como sólo se llora cuando va a morir la persona a la que más has querido en tu vida. Salí corriendo, seguido de Inma, mi mujer, por el pasillo. Me dejé caer, o me caí, y el mundo se redujo a una visión corta y unos pensamientos destrozados. Pero, de repente, me levanté y tomé una decisión: ella ha hecho tanto por mí, nos ha dado tanto que se lo merece todo, hay que ayudarla, asistirla, estar con ella hasta el final. Nunca antes había visto a un muerto. Con treinta y nueve años, siempre le hurté a mi mirada esas imágenes que perturban la memoria durante el resto de nuestra vida. Pero volví a la habitación. Le dije a mi hermano que le cogiera la mano, yo tomé la otra, le puse la mano en la frente y mi madre, poco a poco, sin sufrir, acaso sintiéndonos, acaso oyéndonos, se fue muriendo sin dolor -tenía los pulmones encharcados: un resfriado que, con su edad y el alzheimer encima, era insuperable-, como un pececito fuera del agua, yo diría que se abandonó y no luchó, para ahorrarnos angustia y miedo -siempre fue así, siempre: esa mañana se comió todo lo que le di, hasta abría la boca dibujando la forma de la jeringa con la que la alimentábamos, incluso esbozó una de sus sonrisas, gesto con el que se comunicaba casi plenamente desde que dejó de hablar-, siempre tan generosa y tan buena. Mi voz se mantenía firme y le pedí a uno de mis sobrinos que llamara a su padre, Emilio, y a su tío, Cayetano, porque noté que estaba muriéndose. Y unos instantes después murió mi madre, ante sus hijos, en nuestras manos, como ella nos tuvo al nacer. Mi madre no murió sola. Se quedó de lado, como un pajarillo- me acuerdo de esos pequeños gorriones que caían prematuros de sus nidos al patio de nuestra casa de Ugíjar, con las horas contadas- delgada e inerme, en su cara la expresión serena del que duerme y ha cumplido gratamente con su papel y nada tiene que reprocharse.
Anteayer, mi hermano Pepe me preguntaba aún cómo podía saber yo que mi madre se estaba muriendo. Otras personas han aguantado horas, hasta días, me dijo, en su situación. Yo nací de ella, pienso, y fui quien más tiempo pasó a su lado - treinta años - , estuve los últimos cuatro días en el hospital desde la mañana hasta la noche, y supongo que nos entendíamos de una manera inefable. ¿Cómo explicar, si no, el texto que escribí para este blog, y que podéis leer más abajo, horas después de perderla? ¿Y el texto que a las seis de la mañana volcaba en un papel el día de su entierro y que una de nuestras primas leyó en la iglesia? Mi madre me apoyó siempre, me compró cuantos libros le pedí, nunca dejó de sonreírme. Son los peores días de mi vida. El lunes cumplí cuarenta años. Aún no soy capaz de oír música, aún me domina el dolor de estómago. Pero no va a acabar aquí todo. Por lo pronto, hemos decidido reunirnos un día al año -hermanos, nietos, mi padre- en honor de Aurora, nuestra madre, un día distinto del 1 de noviembre, que recuerda a los muertos; seguramente el día de su onomástica, para celebrar que vivió y siempre estará viva. Mi madre.

21 octubre 2007

Mi madre


Cuando tu madre muere en tus brazos el círculo se completa, porque ella te sostuvo en los suyos cuando naciste.


En recuerdo de mi madre, Aurora Rodríguez Castillo, que falleció en Almería el 20 de octubre de 2007.

12 octubre 2007

Elogio y defensa de la coma


Me he pasado varios días leyendo una novela con un lápiz al lado, cerca de la mano, corrigiendo cada vez que me encontraba una frase a la que le faltaba una o varias comas. Se nota que la traducción está hecha con prisa -no me quejo: pagan poco, los traductores están mal tratados por la industria y su situación va a peor-, pero con gusto también, y a la traductora le ha faltado tiempo para ver de nuevo las páginas y poner unas comas más por aquí y otras por allá. Me ha gustado la elección de las palabras, el ritmo de las frases, así que me parece una buena traducción. Pero faltaban comas en algún advocativo -fallo cada vez más común-, en alguna aclaración que ha de ir entre comas, en ciertas frases que empiezan con un "Cuando"... y no hay coma antes de algún pronombre. Y es que la coma es la que marca la respiración de la frase, es el pulmón de la frase, y si se suprime nos quedamos como al final de una carrera o como en una charla en que alguien te habla de la manera en que lo hacen algunos locutores, uniendo la frase que acaba con la siguiente, por mor de las prisas, y nos ahogamos, aunque asentimos y esperamos que lo afirmado tenga poca importancia. La novela pertenece al género negro y la traducción seguro que no le ha costado a la editorial tanto como la de algún pope estadounidense -aunque mejor no apostar-, por lo que los descuidos parecen menos graves, pues ya se sabe que el lector de este tipo de literatura no ama más que la acción. A mí también me gusta la acción de las palabras, la interacción, y que haya comas. Cuando leo -siempre por encima, en un gran almacén, mientras espero a que mi mujer acabe alguna compra- algún parrafo suelto de los best seller y no veo comas me digo que me están estafando -no del todo, porque nunca compro esos libros, claro-, me están quitando la salsa, el condimento esencial, la nota que marca la pausa antes de que vuelva el tema principal, el acorde perfecto. También escribo. Y amo las comas. Aclaran, señalan caminos, ordenan, enfatizan si es necesario, orillan lo inútil, les otorgan a los más acertados textos una musicalidad que podría compararse con la belleza de alguna composición chopiniana. Las comas son absolutamente necesarias, amigos, tendría que crearse una asignatura en las escuelas de letras dedicada exclusivamente a su buen uso. Saldrían escritores más profundos, más exactos, y sus libros seguro que nos elevarían.

(Foto: Partitura con una composición de Chopin)


Texto recomendado: Con una exquisita sensibilidad, nos habla Elena en su blog de Dickens y las narraciones orales.

04 octubre 2007

Los ojos de mi madre


La cabeza de mi madre, en la almohada, es un peso liviano. Pero sus ojos, que nos miran intensamente, tienen un peso enorme, porque transmiten ganas de vivir, porque te buscan y consultan qué hay en tu cara y te alegran dejando caer una sonrisa hasta la boca. Sólo murmura. Apenas se queja. Mi madre está en la cama del hospital. Vuelve la cabeza para ver quién se le acerca. Sólo por eso lo premia con una sonrisa. Le seco el sudor de la frente, le acaricio la mejilla, le susurro si se altera. Mi madre es todo ojos: de un color que no sé decir, de una transparencia vivificante, con un brillo sin lágrimas que me ata y me emociona. Si me aparto de su lado y me alejo, sus ojos me siguen, me llaman, me reclaman. Pero también mira mi madre a mis hermanos, también les sonríe a ellos. Y se queda expectante cada vez que una enfermera le habla, la mueve, porque en su memoria no halla la imagen para comparar y reconocer. Mi madre es sus ojos, dos ojos que registran aunque no entienden demasiado, dos ojos que se fijan en los cambios de la luz en la ventana, que toman por reales a los seres fantasmales de la pantalla de televisión. Los ojos de mi madre han visto más de ochenta años de alegrías, penas, injusticias, han visto noches y días y saben cómo hacerte sentir que la vida merece la pena. Y los ojos de mi madre nos convocan, alejan de nuestra memoria el daño y la enfermedad y el accidente que la ha llevado al hospital y nos hermanan de nuevo, nos ayudan a mirarnos de nuevo con confianza, de nuevo rebosan bondad y nos rendimos y nos alumbramos y nos alimentamos y olvidamos tantas cosas que sólo habían surgido para separarnos.


(Foto: Nadar)