27 julio 2009

El invitado de invierno, de Alan Rickman

Pocas películas me han gustado tanto como ésta, en pocas he podido ver con tanta claridad e intensidad los efectos destructivos de la pérdida, la inconsciencia inesperada de la adolescencia, la belleza del primer encuentro del amor, la fugacidad y la eternidad del secreto que se ve pero no logra desentrañarse, la calidez en la frialdad del cariño hacia la madre y de la madre hacia la hija, que acaban por entenderse cuando ya se han aguijoneado lo suficiente. Ocurren muy pocas cosas, todas en una mañana, y no hay ninguna prisa, ningún forzamiento en la trama, pues la historia casi discurre en tiempo real. Todos los actores están magníficos interpretando y mostrando una vulnerabilidad humana llena de luz y de contrastes, de verdad y de consecuencia como pocas veces he tenido la oportunidad de contemplar ante una pantalla.
Me pregunto por qué no habrá más películas de este tipo, por qué el cine no ha dado más pasos en esta dirección. Sé que pocos valoramos tanto los silencios y las elipsis, y me gustaría que fuéramos más los que queremos que se trate al espectador como a un adulto y no se le dé engañifa melosa o máscaras de violencia, postres recubiertos de trocitos en los que se explica todo. Las emociones más perdurables son las más profundas. Viendo por segunda vez esta gran película he vuelto a recordarlo.