10 febrero 2009

Aitor Lara


En este proceloso mundo de novedades, de noticias que caducan a la media hora, de caras que dejan de interesarnos apenas apagamos el televisor o cambiamos de canal, la fotografía se impone como el medio ideal para volver a ver, para detenerse y pensar, para salir de nuestro mundo y disfrutar de la alteridad; o para concienciarnos, sencillamente. El cine no nos sirve para aislar, para centrarnos en un aspecto o una idea. El cine es imagen en movimiento y aunque sea documental raramente escapa al deseo de narrar, de ordenar el caos dentro de una historia. Incluso el documental es narrativo y tiene un pie siempre dentro de la ficción, porque no puede evitar el montaje posterior a la toma, a la captación, y deja perdidas en el aire, para siempre, partes de una historia que devoran la objetividad.
Pienso en Stendhal, en Balzac, y los imagino hoy fotógrafos. La novela ha entrado en una fase crítica, le hace el caldo gordo al sistema, no plantea casi nada y no resuelve, no conmueve más que al entregado a la causa, al apasionado, al que disfruta con la palabra y se evade de la realidad para vivir en su realidad, en su pequeño mundo del que no lo van a sacar los miedos ni las angustias de unos personajes de ficción. La narrativa contemporánea es cada vez más narcisista, refugio de letraheridos, de buscadores de emociones textuales. Con la muerte de John Updike, me temo, el cataclismo aumenta y la novela, el relato, corren derechos hacia el gueto, hacia la marginalidad, hacia el festín de la letra, olvidando el festín del sentido y de la necesidad de cambio y renovación, de replanteamiento y revolución. Como ocurre con el cine, la novela es un producto para ociosos que quieren vivir otros mundos sin mancharse, que no se cuestionan nada una vez cierran el volumen que tienen entre las manos.
La fotografía ha tomado el testigo y es el arte más directo, más universal, más capaz de mostrar quién es el otro, qué pasa de verdad en el mundo, de qué están hechos la miseria y el abandono y la crisis y la falta de valores y el hundimiento de una época (Juan Herrezuelo dixit) que no da para más. La fotografía sólo precisa de un segundo, de una atención breve, de una sensibilidad que cualquiera tiene. Dadle un minuto y os dará una hora, dadle un hueco y os dará una vida. No hay ningún arte tan verdadero, tan esencial, tan actual, que sepa con tanta precisión mostrar al ser con dos piernas y un cerebro desaprovechado.
Todo esto se me ocurre viendo las fotografías de Aitor Lara, con un pie en el pozo de nuestra enmarañada realidad, agobiada por crisis y recesiones. Hoy las he descubierto, esta misma mañana, gracias a un blog que visito a diario (Encuentros fotográficos) y con el que me mantengo informado de cuanto se mueve en el arte fotográfico. Y me siento inmediatamente llamado a escribir este texto y hablar de un fotógrafo al que no conozco, pero del que ya me siento deudor apenas acabo de visitar su web. ¿Quién puede negar el valor antropológico de sus retratos in situ, el valor humano de sus fotos callejeras, el valor estético de sus fotos de la Maestranza? Aitor Lara es un ejemplo de cuanto digo arriba, es la perfecta reencarnación del espíritu realista de los grandes escritores del XIX (con una narrativa del gesto, del espacio, de la verdad encarnada en personajes reales, de carne y hueso), es un magnífico continuador de la obra de autores como Walker Evans y Diane Arbus (también se reconoce una cierta mirada cercana a la del gran Baylón). No hay apresuramiento ni ventajismo en sus proyectos, no hay ganas de sorprender ni de dar engañifa mercadeante a cambio de euros fáciles. Sus fotos son honestas, cercanas, humanas y absolutamente necesarias. Son creaciones que tienen el sello de lo eterno y de lo logrado con el material más cercano. Es este el fotógrafo que más me ha sorprendido en los últimos años. Alguien que está llamado a ser un clásico, un maestro de este medio.