31 diciembre 2009

Tres días con la familia, de Mar Coll

Una familia en la que parece que está todo dicho, todos los roles asumidos, se reúne en el entierro de uno de sus integrantes, el abuelo. Los hermanos, las mujeres de estos, los nietos. La película nos lleva de la mano de una de las nietas, que vive en Toulouse y ha viajado a Barcelona para darle el adiós final al ser querido. No hay llantos, no hay apenas emociones. Todo aparece como perfectamente sabido, asimilado, como si la vida y su ceremonias no fueran más que otro ladrillo en el muro de la indiferencia y la indolencia comunitarias. Poco se hablan entre sí los personajes, poco se comunican: más bien se evitan y permanecen unos junto a otros respetando el azar de haber crecido juntos. No nos extraña así ver a varios personajes jóvenes en una fiesta privada tras visitar al abuelo en el tanatorio, que la hija del finado no aparezca hasta la misa, que el secreto de la separación de una pareja sea revelado en el almuerzo final, donde todos están replegados y como ausentes, centrados todos en sus vivencias íntimas: y no crea demasiada sorpresa, más bien es otra piedra para la indiferencia.
La película tiene un ritmo realista, está llena de sobrentendidos, apuesta por el menos es más y vence en todas las líneas, dejando de paso la sensación de que el cine español puede ser y es riguroso, necesario y grande cuando se manejan con acierto los materiales y se cuenta con actores de la talla de Eduard Fernández, quizá el mejor intérprete de su generación. Esta meditación sobre la familia deja un poso amargo y mil ideas en la cabeza para meditar sobre la institución y sobre los seres más cercanos a nosotros mismos. Es una película imprescindible, honesta e inolvidable.

21 diciembre 2009

Perforaciones, de Francisco Afilado





Autor de un libro que leí con mucho interés y gran deleite, del que guardo recuerdo grato pues lo considero uno de los mejores de relatos de los últimos años, regresa Francisco Afilado con un blog de visita obligada. Aquí lo tenéis.

12 diciembre 2009

Ángel Olgoso: La máquina de languidecer


Se presentó ayer en Granada el libro de Ángel Olgoso, narrador granadino nacido en 1961 y que tiene en su haber varios libros dedicados al relato que se cuentan entre los mejores que ha dado el género en los últimos años. "Los demonios del lugar", que Olgoso publicó en 2007, fue elegido libro del año por La Clave y por Literaturas.com. Además, resultó finalista del Premio Andalucía de la Crítica.
"La máquina de languidecer" aparece ahora en Páginas de Espuma, la editorial madrileña/granadina que mejores libros de relatos está publicando actualmente en nuestro país. Consta de cien microrrelatos. Autores como Justo Navarro, Manuel Moyano, Miguel Ángel Muñoz y Salvador Gutiérrez Solís han alabado las virtudes narrativas de Olgoso. También ayer José Abad, en la presentación del libro, destacó la calidad de la prosa de Olgoso y la atenta y paciente dedicación que emplea en cada una de sus creaciones, sin importar el tamaño, hasta estar conforme y seguro de cada texto al que pone el punto final. Abad, escritor y crítico en Granada Hoy, hizo un breve e inteligente recorrido por la historia del microrrelato para situar al final en su contexto la notable labor de Olgoso. Así que la recomendación de este libro, como puede verse, viene sustentada en las palabras de cultivadores sabios y entendidos sagaces que saben bien de qué están hablando.

09 diciembre 2009

Sueños y hombres





Somos persona(je)s y somos sueños. Y hay que aunar ambas cosas para seguir existiendo.








Foto: Carlos Pérez Siquier

24 noviembre 2009

El carnicero, de Claude Chabrol

Hay películas que no caducan, que vistas hoy parecen lentas, con argumentos más que conocidos, superadas en casi todos los aspectos. El que se acerque a "El carnicero" con la perspectiva actual de movimientos bruscos de cámara, cortes inesperados, subrayados engrandecidos por la música alta y chirriante, acción con sangre que corre como agua se llevará un chasco. Pero no porque esta película tenga ya a sus espaldas casi cuarenta años, sino porque está hecha para el que ama observar y pensar y no dejarse abrumar por lo alocado de un ritmo y de una trama que encandila pero luego se disipa como el arco iris ( es lo que me ocurre con la mayor parte de las películas recientes).
"El carnicero" basa su fuerza narrativa en lo que no se muestra, en lo que se intuye. Es una película con dos personajes tan sólo y está contada de una manera sutil y adulta, consecuente con toda la historia cinematográfica que tenía detrás. Chabrol nos acerca a la relación entre un asesino, de profesión carnicero, y una maestra que le comprende, que lo ampara, que lo besa. Y nos deja dos escenas memorables: la primera, cuando la maestra encuentra en el lugar de un crimen el encendedor que le regaló al carnicero y lo oculta. Todos pensamos que el asesino es el carnicero. Aunque nada apunta a que pueda serlo, aunque se ha mostrado cordial y afectuoso en todo momento a esa altura del metraje, de inmediato nuestra alma acusadora grita: Es él. No nos paramos a pensar que acaso haya otro encendedor como ese y otra persona que lo poseía y lo ha perdido. La segunda escena es aquella en que la maestra lleva al agonizante asesino al hospital y la cámara muestra los árboles del camino, la carretera, de manera desmayada, agonizante también, de manera misteriosa y onírica, anticipando la muerte del carnicero.
Me parece que ésta es otra obra maestra del gran director francés.

03 noviembre 2009

Fraternidad


Hace mucho tiempo que vengo dándole vueltas a la idea de que nos hemos anclado en la conquista de la libertad y ya no avanzamos hacia la igualdad y hacia la fraternidad, éste último el valor más importante que el hombre tiene a su alcance, al de su mano y al de su mente. Creo que todo se sostiene mejor con la fraternidad viva de por medio, con los compromisos fraternos, con el deseo de que el hermano sea tan importante o más que nosotros mismos en nuestra vida diaria. Leyendo a Leonardo Padura Fuentes, buscando después más información sobre él en internet, hallo un artículo -que publicó en El País- absolutamente suscribible y lleno de las mejores enseñanzas posibles, llamado además "Fraternidad", y del que aquí extraigo algunas líneas:

"...las más benditas horas empleadas en disfrutar de la libertad callejera, siempre rodeado por un grupo interminable de amigos de todos los colores imaginables, de todas las extracciones posibles."

"Haber nacido y crecido en fraternidad me hizo el hombre que soy... el sentido de la hermandad me ha acompañado siempre, me ha orientado siempre... siento de un modo visceral y alarmante la existencia cada vez más arrinconada de la fraternidad en el mundo de hoy y el crecimiento indetenible del egoísmo, la mezquindad, el odio y la discriminación".

Es un artículo que me emociona porque sé que está escrito por alguien que es activamente fraterno.


Enlace para leer entero el artículo aquí.


Foto: Willy Ronis

27 octubre 2009

Ernesto Aura, actor de doblaje

Qué grandes voces las de los actores de doblaje españoles de los años cincuenta. En películas como "Ben -Hur" y "Los siete magníficos" nos encandilaban con su pronunciación clara, perfecta y muy sonora, que dotaban a las películas de mayor enjundia, de mayor veracidad. "Los diez Mandamientos" era un prodigio, y a veces volvíamos a plantarnos delante de la pantalla de televisión y seguíamos la película con los ojos cerrados. Mi amigo Juan Herrezuelo y yo hasta repetíamos algunos diálogos y casi llegamos a plantearnos en serio entrar en una escuela para aprender el oficio. Admirábamos a Steve McQueen, a Yul Brynner, por supuesto, pero también a Felipe Peña y Manuel Cano, que les ponían las voces españolas. Discutíamos incluso quién era el dueño de la mejor voz. Mi amigo Juan puso en lo más alto a Manuel Cano, lo definió como "la voz perfecta". Más adelante llegaron las películas en DVD y empezamos a oír las voces de los actores estaounidenses, a reconocerlas y a valorarlas, a identificarlas. La de Al Pacino, por ejemplo, podría señalarla yo aunque estuviera rodeada de otras mil.
Pero la voz que siempre preferí de los actores de doblaje fue la de Ernesto Aura. Quizá me ha pasado siempre con los autores de novelas y los compositores: me echan para atrás los divinos, los números uno. Siempre busco situarme al lado de los que no están en la palestra, del segundo, del tercero, del que no está tocado por los dioses. Acaso esta voluntad de seguir al que no es tan perfecto me refleje. No lo sé. Pero le decía hace años a mi amigo Herrezuelo que Manuel Cano era el mejor y aun así yo prefería a Ernesto Aura, no tan excelso pero sí más real para mí. Supongo que es como todo en la vida: uno admira sin más y luego tiene que buscar explicaciones. O será que le tengo miedo a la perfección. En cualquier caso, un enorme agradecimiento es lo que siento por todos esos magníficos actores de doblaje que llenaron mi cabeza de frases inolvidables y tonos que a veces, en noches de desvelo, se unen a las imágenes de grandes películas que admiro y admiraré siempre.

05 octubre 2009

La mirada del adiós, de José Romero

Metafórico, emotivo cortometraje de José Romero en que se cuenta la historia de unos ojos que han visto desde dos personas diferentes el mar, acaso el mismo mar, seguramente disfrutándolo con igual sensibilidad y deseo de belleza. Son casi diez minutos muy bien narrados e interpretados, muy bien llevados por José Romero, que dirige cine, escribe, sabe ver con ojos muy abiertos.

Que lo disfrutéis.


17 septiembre 2009

Willy Ronis


Era grande, muy grande. Un fotógrafo humanista, comprometido con el hombre y la sociedad, con un punto de vista cercano al espectador común, un fotógrafo muy necesario, realista, poético, hambriento de calles y de gente en las calles, a las que miraba con un enorme respeto, con un entendimiento poco común, con una sabiduría sencilla que sólo poseen los que a la vez son los más grandes y los más sinceros y los más cercanos. Era un artista único, uno de los grandes del siglo XX, de los más grandes, y ahora, cuando acaba de dejarnos, con 99 años, sólo cabe darle las gracias por su obra, que nunca morirá mientras haya alguien a quien le siga importando el otro, el diferente, el cercano, el hermano, el desconocido. Hace mucho, mucho tiempo, viendo el libro que le dedicó la colección Photo Poche, cuando me paseaba con mi cámara al hombro -analógica, con carrete y un objetivo de 50 mm.-, pensaba que ojalá algún día yo pudiera ver como Ronis, ser un poquito como Ronis. Cada vez que vuelva a ver aquellas cámaras de entonces, pensaré en ti, maestro.

10 septiembre 2009

Fredric Jameson: contra la cultura de la razón cínica

En una entrevista con cuatro colaboradores de la revista Archipiélago, en marzo de 2004, afirmaba lo siguiente este crítico y teórico literario:

Sí, creo que nos encontramos inmersos en una cultura de la razón cínica, en la que todo el mundo ya sabe todo de antemano, en la que ya no hay sorpresas, un momento en el que todo el mundo sabe lo que es el sistema y lo que hace, que el sistema no le ofrece ilusiones a nadie y que simplemente está basado en el beneficio, en el dinero, etc. Si es así, si todos somos tan conscientes de este hecho, entonces es evidente que la función de la cultura de desenmascarar y revelar ese mismo hecho deja de ser necesaria. Aunque, al mismo tiempo, si todos lo sabemos, ¿por qué no resistimos? Estos son los nuevos tipos de interrogantes a los que hoy se enfrenta la cultura, y los que tendría que acometer una cultura posmoderna de izquierdas.

28 agosto 2009

El filo de la navaja, de Edmond Goulding


Espléndida película que gana con los años y que, como toda obra maestra, siempre nos reserva nuevos momentos de arrobamiento y de nueva proximidad a cuestiones humanas que nunca están de más, que nunca es malo visitar, reforzar y reconocer. La historia de ese hombre que se busca a sí mismo y se halla en la bondad no es sino una llamada a la cordura, al encuentro, a atemperar y a entender desde el sosiego y la cordialidad, desde la empatía y la certeza de que nadie es más que nadie. Envuelta en ropajes de tragedia, lánguida y sabiamentemente llevada en su extenso y exacto metraje, es para mí una de las grandes películas que ha dado el medio. Cuenta con actores excepcionalmente preparados para adentrarse en los recovecos de la caracterización de cada personaje, con una cuidadísima puesta en escena que brilla con luz propia gracias a cada detalle ornamental y a cada luz y cada sombra de ese blanco y negro clarificador, rotundamente esencial. Un hombre se busca activamente y los que le rodean se pierden pasivamente, parece ser la conclusión de esta historia de amor inmortal, de amor asesino, de amor nunca correspondido, de amor solidario y de verdadero e inútil amor. Tras la primera guerra mundial, tras el crack del 29, tras la historia y por delante de ella, gracias a un gran escritor -Somerset Maugham-, atisbamos el sentido de unas vidas y el sinsentido de todo lo demás, incluida la propia historia, con sus devenires de comedia bufa y sus tragedias de dura piedra. Asistimos seducidos y con los puños cerrados a lo que sólo el arte puede hacernos sentir que quizá fue verdad.

21 agosto 2009

El triunfo

Hablaba hace poco Daniel Marmolejo en su blog sobre el triunfo. Leí su texto y se me ocurrieron estas cuatro líneas, que son sinceras:

Que le den al triunfo, que nos espere al final del camino, que no interfiera, que siga su vida y no se entrometa. Que se vaya donde otros lo esperan con tanta ansia. Nosotros seguiremos siendo fieles a nosotros mismos.

¿O no?



Foto: AP

06 agosto 2009

Raymond Carver y Juan Carlos Onetti

Hay un relato de Carver que me recuerda intensamente a otros de Onetti, el gran maestro uruguayo. "Vecinos" es su título y está incluido en el libro "Quieres hacer el favor de callarte, ¿por favor". Lo considero inferior a los relatos de Onetti por dos razones. La primera, por supuesto, es el lenguaje. Carver narra en exceso, conduce en exceso a los personajes, todo se basa en movimientos objetivos contados y en frases objetivamente transcritas por el narrador. Hay dos o tres frases que van más allá, que escapan a lo estrictamente narrativo tan sólo. En Onetti la palabra es fundamental, es la creadora de atmósferas, envuelve y adensa, aleja de lo frívolo, lo rápido, hasta de lo común. La segunda razón es la concesión, lo explicativo del texto de Carver que concluye con la pérdida de la llave de la casa de los vecinos y la frustración de los personajes que no pueden entrar de nuevo, en ausencia de aquéllos, a dar rienda suelta a sus fantasías. Carver nos obliga a ver un final en el que se remarca el sentido del relato, como si el lector necesitara una ayuda para acabar de entenderlo, y desgraciadamente el recurso deviene frivolidad, ligereza, acerca el relato a la anécdota, a la sonrisa fácil. En Onetti, por el contrario, nada se cuenta definitivamente, nada se da por hecho de manera absoluta, y es en las zonas de penumbra explicativa en las que ha de moverse el lector, que está forzado a poner algo de su parte, de sus pensamientos, de sus ideas para que el relato concluya y tenga un sentido que supere a lo simplemente narrado. Empatan Carver y Onetti en la creación de atmósferas, en cómo con pocas palabras, con pocas escenas crean un mundo y unos personajes reconocibles, que están muy cerca de la mano del lector, ahí mismo, plenamente creíbles con cuatro trazos y cuatro párrafos.
La literatura tiene en Carver a uno de los grandes escritores de los últimos tiempos, pero tiene en Onetti a un maestro inmortal. Carver rebaja, se conforma, destila. Onetti no corta, no aclara, no se conforma con lo evidente y lo dicho frontalmente. Entrar en sus escritos puede cambiar al lector, que no es sólo espectador ni cómplice sino un actor activo más de las letras y las frases y las escenas y los gritos y los silencios. Leer a Onetti es una experiencia total.

27 julio 2009

El invitado de invierno, de Alan Rickman

Pocas películas me han gustado tanto como ésta, en pocas he podido ver con tanta claridad e intensidad los efectos destructivos de la pérdida, la inconsciencia inesperada de la adolescencia, la belleza del primer encuentro del amor, la fugacidad y la eternidad del secreto que se ve pero no logra desentrañarse, la calidez en la frialdad del cariño hacia la madre y de la madre hacia la hija, que acaban por entenderse cuando ya se han aguijoneado lo suficiente. Ocurren muy pocas cosas, todas en una mañana, y no hay ninguna prisa, ningún forzamiento en la trama, pues la historia casi discurre en tiempo real. Todos los actores están magníficos interpretando y mostrando una vulnerabilidad humana llena de luz y de contrastes, de verdad y de consecuencia como pocas veces he tenido la oportunidad de contemplar ante una pantalla.
Me pregunto por qué no habrá más películas de este tipo, por qué el cine no ha dado más pasos en esta dirección. Sé que pocos valoramos tanto los silencios y las elipsis, y me gustaría que fuéramos más los que queremos que se trate al espectador como a un adulto y no se le dé engañifa melosa o máscaras de violencia, postres recubiertos de trocitos en los que se explica todo. Las emociones más perdurables son las más profundas. Viendo por segunda vez esta gran película he vuelto a recordarlo.

12 julio 2009

Leopoldo Pomés

Con Leopoldo Pomés uno tiene la sensación de estar ante un fotógrafo completo, algo que no es fácil encontrar. Domina el retrato, el reportaje, la abstracción, el desnudo, la moda. Es uno de esos fotógrafos que en su obra muestran que tocan con sus manos la esencia de la fotografía, que la ven y la comprenden y la comparten con sus imágenes, plenas y perfectas para iniciar a otros en la pasión por el click y también en la pasión por contemplar, ver detenidamente, aprender mirando. El libro que acaba de editar PHotoBolsillo recoge un conjunto de fotos que atestiguan lo que digo y que lo convierten en uno de los mejores de la colección, pues no se aprecia altibajo alguno, no hay ningún elemento sobrante, e incluso se puede elevar a cinco o seis, al menos, el número de fotos maestras que atesora en un volumen pequeño y cuidado, amoroso con las tintas para que el blanco y negro de Pomés vibre y comunique con el espectador.
Echo a faltar en los retratistas actuales la valentía y la imaginación de Pomés. Sus retratos de Cortázar (esas manos en primer plano que denotan la grandeza física y artística del gran escritor argentino), de García Márquez (medio rostro en la oscuridad, contra el fondo de una pared cruda, como si se le juzgara), de Marisa Paredes (de perfil, mirando al suelo, las manos en el pecho mientras parece apartar la ropa), de Tàpies (con una pared a su espalda que sí habla del retratado, que no está elegida al azar sino que parece el marco más adecuado para el pintor que acaso habría podido crear en un óleo algo parecido a esa pared), de Alejandro Sanz (con ojos de pillo, con media sonrisa de conquistador pero puesto a la vez en su sitio, desnudado detrás de la pose ya que Pomés le obliga a girarse y a forzar la conquista del espectador) son magníficos, originales, de maestro. De una altura que nada tiene que envidiarle a la conseguida por los grandes del medio, o sea, Avedon, Cartier-Brersson, Arnold Newman.
Las fotos de calle son admirables también: a medio camino entre el reportaje más clásico y la visión antropológica, descriptiva de la vida en un tiempo y una ciudad (Barcelona), nos acercan a la gente de los años 50 y 60 con una naturalidad y una sabia medida en la distancia (nunca se hurta el fondo, la situación en que son retratados los habitantes de la calle, los niños que leen tebeos) que no es fácil conseguir.
También las fotos de objetos de la calle, de muros, de posters, estas cosas encontradas al azar y con presencia surrealista o abstracta me resultan más auténticas que las de muchos de sus contemporáneos, hechizados y tontamente encandilados algunos por el pop-art y por la borrachera de color que señalaba Miserachs y que sólo lograba convertir sus fotos en colorines y rayajos exportables únicamente a las salas de arte en las que el precio ciega el contenido de las obras. Pomés nunca abandona el blanco y negro y nunca se adentra en zonas etéreas. Todo es firme, real en sus fotografías, hasta lo abstracto. Un lección perfecta.


Foto: Leopoldo Pomés

21 junio 2009

Garry Winogrand


Sin duda, el fotógrafo al que más admiro y al que más le debo es Garry Winogrand. En sus imágenes la realidad aparece plenamente, ha sido convocada con humildad y un respeto a la verdad que arrastra y convence desde el primer vistazo. El mayor acierto de sus fotografías es la falta de afectación, de estilización, de sometimiento al medio. Winogrand es el fotógrafo que ha producido más imágenes transparentes de cuantos conozco. Y eso es debido a su manera de acercarse a la gente en las calles, en la que se puede ver su indudable cercanía física y a la vez su distanciamiento objetivo, gracias al cual no hay prejuicio, no hay lección: en ningún otro autor he encontrado tanta realidad, tanta verdad: Winogrand no hace fotos para haber hecho fotos cuando va con su cámara por la calle, pues ve personas, personas, miradas, situaciones, espacios, nunca fotos. Winogrand no buscaba encuadres, rechazaba lo ya visto y lo ya conseguido, pretendía siempre que el espejo stendhaliano lo acompañara y estuviera dentro de la máquina captadora de luz con que viajaba por el mundo.
A las fotos de Winogrand no hay que añadirles sentido oculto, metáforas, literatura: son plasmaciones exactas de gente que ha existido, retratos fieles de lo que ocurría en las calles por las que él andaba, son miradas de alguien que no cosificaba, no estratificaba, no se regodeaba en el acierto ni en el logro artístico. Si utilizaba un angular era porque quería que en sus imágenes entraran más detalles, más personas, más gestos: los que hay en una calle concurrida, en una manifestación, en un acto público. Winogrand quería sumar, enlazar; no quería restar, no quería focalizar, no quería descubrir, sino simplemente ver lo que cualquier otro, con mirada reposada, podría haber visto de acompañarle, de estar junto a él. Si hay encuadres inclinados en su obra no es porque quisiera llamarnos la atención de manera ventajista, sino porque su mirada no estaba quieta, porque no todo puede explicarse verticalmente: también cuando andamos por la calle inclinamos a veces la cabeza, nos damos la vuelta y miramos de soslayo. Para Winogrand estaba antes la mirada, su mirada humana, que la mirada de la cámara.
Su libros nos sirven para entender mejor su tiempo y el nuestro, para saber más de los sesenta y de nuestra década, ya en un nuevo siglo. No han cambiado tanto los políticos, los deseos de la gente común, no han cambiado tanto los movimientos y los miedos sociales. Winogrand nos dejó imágenes directas, llenas de información útil, de personas que nos antecedieron y nos hablan sinceramente de su época, con sus especificidades, pero también de actos y manifestaciones que definen a cualquier ser humano que habita en la ciudad y está obligado a relacionarse con sus semejantes. No lloraréis contemplando ninguna imagen de Winogrand, mas sí os reconoceréis en alguno de los fotografiados, sí reconoceréis a otros, y eso aun no habiéndoles conocido personalmente: es tal la fuerza con que llegan hasta nosotros los rostros, las expresiones de los retratados en las fotos de este gran maestro. Y su mayor fuerza, frente a las películas, frente a toda ficción, es que nadie posó, nadie actuó para Winogrand, ya que todos existieron de verdad y estaban en lo suyo, en sus asuntos, en sus reclamaciones, en sus vidas cotidianas. Así, cuando me quedo parado ante una foto de un libro de Garry Winogrand, ante una cara, nunca la interrogo, nunca tengo necesidad de interrogarla, y acepto de inmediato su verdad humana, su innegable presencia y existencia. No es de extrañar que admire tanto a este neoyorkino al que llamaban "El príncipe de las calles".

15 junio 2009

Antonio Pomet: Devoradores


Este libro se abre con el relato titulado "El apartamento", en el que hay un hombre y una mujer que tienen un secreto y un acto pendiente de resolverse. Pomet es un autor nacido en 1973. En Granada. Este es su segundo libro de relatos, que ganó un premio -es lo de menos- y viene avalado por Luis Mateo Díez, que le ha dedicado palabras elogiosas. No son vanas: Pomet tiene un estilo, historias que contar y una mirada propia, sagaz e inconformista. Este relato está mantenido por un pulso firme y una narración limpia, muy bien llevada, con apuntes muy notables -la historia ocurre dentro y fuera del apartamento, pero éste es la clave, y Pomet lo ve como a un ser vivo, nos acerca a ese espacio con inteligencia y con una dosis bien administrada de extrañamiento y mitificación-, y es una magnífica entrada a un libro que promete y que parece ser el de un autor cuajado y con mucho que decir.
El segundo relato, "La duración", confirma lo apuntado más arriba. También hay un hecho criminal: alguien comete un asesinato. Pomet narra develando, como si apartara capas de cebolla, entregando pedazo a pedazo la historia y su significado. Hay una evidente intención de sorprender al lector, pero no lo hace recurriendo a trucos ni a elementos sorpresa que a la postre resultarán ingenuos, sino acompañando al personaje principal de una manera tan cercana que es como si el narrador fuera una cámara pegada a su costado. No es ajeno Pomet a la influencia cinematográfica, pero el ritmo de la narración, los símbolos y los pensamientos insertos en ella alejan radicalmente al relato de la superficialidad y la contemplación a flor de piel: Pomet es un escritor que opera mediante asociaciones, que crea a sus personajes con una acertada profundidad que se ve reflejada en el mundo exterior y lo que eligen los personajes para contemplar, para que sus obsesiones y sus miedos y sus ideas tomen cuerpo. En suma, este relato es superior al primero y confirma la capacidad para las atmósferas del autor granadino y su destreza para contar con palabras precisa y envolventes.
Fallido me parece el tercer relato, "Alguien mucho más libre", en el que un hombre tiene un accidente y casi a la vez es abandonado por su esposa, que ha encontrado una prueba de su infidelidad. Pomet intenta equilibrar la narración exterior con la interior y no equilibra un relato que no cumple las promesas mostradas en la primera escena y ronda la irrealidad hasta caer al otro lado del espejo pero alejando al lector, que no se inmiscuye y se distancia con el exceso de narración sobre la intimidad del personaje y con una escena en casa de unos vecinos que resulta abrupta e innecesaria. Aquí el juego de Pomet con el misterio se acerca a la frontera de lo soñado y se despeña porque se juzga demasiado, se ven los hilos que llevan al personaje de aquí para allá, como una marioneta, sin dejarle vida propia.
El cuarto relato, " Ladies & gentlemen", nos traslada a los Estados Unidos y a la caída de las torres gemelas de Nueva York. Pomet maneja con exactitud y gran habilidad los hechos y la ficción mediante las experiencias de varios personajes que lo vivieron en primera fila. Aquí, la huella de Raymond Carver es evidente: incluso en la propia narración hay un cierto cambio de tono que lleva a cabo Pomet con acierto y con sutileza. Todo el relato está compuesto de acciones, lo que mejor se le da a Pomet, relevantes, significativas, que definen a los personajes y los dotan de vida e interés. No hay, como en el anterior relato, un manejo de los personajes que los hace parecer marionetas al servicio de una idea. Y no hay extrañamiento ninguno tampoco, ni importa si Pomet ha estado alguna vez en los Estados Unidos ni si se acercó a las Torres Gemelas. Su relato es genuino gracias a los personajes creíbles, a las escenas sin tremendismo ni vacua esperanza o desesperanza sentidas de manera vicaria. Es un ejemplo de que la buena literatura sólo necesita que haya detrás un escritor que sepa escribir y que sea honesto con lo que cuenta. Pomet firma un relato de gran calidad, uno de los mejores del libro, paradigmático, hondo y flexible, con cuatro o cinco momentos de una altura sorprendente y meritoria que le empujan a un lugar al que pocos escritores de relatos con sólo dos libros publicados -quizá ni con tres ni con diez- han podido ni siquiera acercarse, pues su realismo vigorizante y su radicalidad imaginativa son facetas que se encuentran en los escritores de raza, en los escritores con talento y -lo que a veces es más importante- con cosas nuevas que decir.
El sexto relato, "Una fecha exacta de verano", nos sumerge en el mundo de una residencia de ancianos narrándonos los días que pasa un hombre que ha ido a parar allí pero que considera que su vida sigue aún abierta. No es un relato conseguido porque Pomet ha confundido la ambición con la acumulación y ha tratado de encajar demasiados elementos en una historia que habría funcionado mejor con una línea más clara, centrándose más en lo que apunta en las líneas finales. Es también un relato en el que se explica demasiado, en el que el narrador insiste en explicarnos demasiadas cosas y en movernos excesivamente en la dirección que quiere marcarnos, algo que deja sin vida a los personajes, como ya he comentado más arriba que ocurre también en "Alguien mucho más libre". Así, puede llegar a cansar su lectura y aparta al lector del interés que las peripecias e ideas del personaje principal sin duda tienen.
El quinto relato (deliberadamente lo traigo aquí, al final), "Devoradores de Saturno", es uno de los que más me han emocionado de cuantos he leído en los últimos años, desde la primera a la última línea. Es uno de esos relatos dignos de aparecer en antologías, de los que definen la trayectoria y el impulso de un autor nuevo que crece de manera imparable. Pocas veces lee uno con el ánimo tan concentrado, tan pendiente de cada detalle, cada voz, cada gesto. Es un relato que se acerca a la perfección, ni más ni menos. Cuenta el viaje de un hombre, su mujer y sus dos hijos al entierro del padre de él, que abandonó a la madre y que se ha suicidado. Cómo nos muestra Pomet a la madre, a la hermana del hombre (que es el narrador también: un gran acierto que sea él quien vaya diciendo la historia, quien la desgrane con una voz en la que laten una honda verdad y una inconfundible sensación de estupefacción y pérdida, y un avance en el buen hacer de Pomet, que integra sin que se choquen los mundos interior y exterior con soltura y pericia técnica mediante un tono intimista y cercano que no por conocido resulta fácil ni creíble ni compartible, escollos que solventa con alta nota nuestro autor), a la propia mujer y a los hijos en pinceladas definitorias y vitalizantes me parece magistral, tanto por la sensibilidad como por los momentos de extrañamiento, de cercanía dolorosa, callada e interrogatoria, como por los huecos, los silencios, lo que no se dice y se va percibiendo igual que el rumor de un río que avanza hacia nosotros inexorable. En este relato realista, lleno de sabias ausencias y dolor que se disfraza con otros nombres, Antonio Pomet ha dejado lo mejor de sí mismo como escritor en este libro y una pieza ineludible (qué gran escena es aquélla en que le pide a la mujer, en la casa paterna, que le muestre los pechos: qué concisión, qué escrupulosidad narrativa, qué bien muestra las sensaciones encontradas) para todo aquel que quiera saber de qué habla, cómo habla y en qué terrenos se mueve uno de los más pujantes autores de relatos de nuestro país.

05 junio 2009

Microrrelato en Andalucía, edición de Pedro M. Domene



Acaba de editarse un volumen especial de la revista del Grupo Batarro dedicado al microrrelato en Andalucía en el que se incluye a autores como Manuel Talens, Fernando de Villena, Felipe Benítez Reyes, Hipólito G. Navarro, Fernando Iwasaki, Vicente Luis Mora, Cristina García Morales, Ángel Olgoso, Guillermo Busutil, Antonia Moreno Cañete, Miguel Ángel Muñoz. El editor, Pedro M. Domene, crítico de literatura y novelista, ha tenido a bien incluir cinco relatos del que suscribe, cuyos títulos son: "Amarte aunque no te tenga", "El Pepu", "El niño", "Tres amigos" y "Yo te perdono".


Nota: Para conseguir un ejemplar: Librería Prometeo y Proteo (Málaga) o el Grupo Batarro [ Apartado de correos, 172. 04600 Huércal Overa (Almería) y correo electrónico: pmd@cajamar.es] .

01 junio 2009

Félix Grande y Jean-Paul Sartre


En un libro del año 1975, "Mi música es para esta gente", en el que Félix Grande habla de Dostoievski, de Cortázar, de Onetti, entre otros, dice esto de Sartre:

En una pared de mi despacho tengo prendidas con chinchetas las fotografías de unos cuantos señores por los que siento una admiración tan notable que cuando disminuye me alarmo por mi salud mental: Dostoievski, Machado, Vallejo, Charlie Parker, Kafka, Chopin (hay también una señora desnuda: es mi contribución al monumento, aún inexistente, a la justificación del mundo). Durante años consideré si debía o no agregar a Sartre en ese muro. Lo agregué. En ocasiones lo retiro. Después vuelvo a ponerlo, a quitarlo, a reinstalarlo. Un día lo quitaré para siempre. O quedará puesto hasta que yo salga de mi casa con los pies apartando enlutados...


Foto de Jean-Paul Sartre: Bruno Barbey