02 mayo 2007

Julian Barnes: La mesa limón


Dos ancianas conversan mientras comen, sonríen y se callan más cosas de las que dicen. Una es estadounidense y la otra inglesa. Puede parecer que el menú es corto, pero en manos de Julian Barnes se convierte en algo con variadas texturas y que es mejor comerse rápido pero sabiendo degustarlo. Las dos son viudas. Las dos saben que el marido de la otra no era lo que aparentaba. Pero no se lo dicen. Porque son amigas. Y las amigas están para ayudarse, no lo duden. El relato se sustenta en el diálogo, en breves descripciones físicas y en la ironía con que se nos muestra la cara visible y fingida y la cara real y oculta de ciertas relaciones humanas en las que todo es a la postre prescindible aunque a primera vista parezca todo lo contrario. La crítica está clara: miramos con detenimiento -pero no lo decimos - cuánto dinero tiene el que está sentado frente a nosotros, nos creemos superiores porque conocemos secretos de su vida íntima que desconoce el propio implicado -este relato es una oportuna creación en el mundo actual, lleno de programas televisivos que andan tocados del corazón-, y estimamos que somos mejores y más completos porque sabemos lidiar con las decisiones morales, en las que casi nunca fallamos, máxime cuando la autocrítica no nos parece sino una manera de perder confianza y alegría en la vida que nos queda por vivir. El relato se llama "La de cosas que sabes" y es un gran ejemplo de la prosa, el humor bien ejemplificado y la incursión en territorios muy reales que sólo los grandes escritores como Barnes manejan con tanta soltura y pueden volver tan interesantes y magníficamente transparentes.

26 abril 2007

Ismael Grasa: Trescientos días de sol (2)

Supongo que uno responde a los patrones de conducta y moral con los que ha crecido. En las lecturas que hago respeto siempre un principio: no leo nunca por leer, ni para haber leído, sino para saber más, para enfrentarme a problemas morales, para saber más de la conducta de ciertos personajes/personas. El relato "Pájaros" me ha hecho pensar en el existencialismo, palabra hoy puesta en cuarentena, cuando no tajantemente rechazada por antigua o pasada de moda. Una tontería, pienso, porque en literatura todo vale si es bueno y si aporta algo sobre el ser humano. La etiqueta realismo sucio no me gusta: hay algo en ella de desagradable, de censurador que me disgusta, porque no creo que hablar de la vida cotidiana de la gente de la clase media -o media baja- sea hablar de algo sucio. La vida no es sucia, la hacemos sucia. Y está mucho más sucia en las alturas que en las partes bajas, más sucia en los cerebros que en los genitales, más sucia en las altas esferas que en la pobreza de abajo, donde se es como es sin poder optar, sin poder elegir. El relato del que os hablo me parece perfectamente existencialista porque la vida de una profesora que por fin consigue un sueldo fijo pero tiene que irse a vivir a un pueblo y no encaja en el nuevo lugar ni entre la nueva gente está contado con ese aliento que invita a la reflexión y a encarar la historia de una vida como algo trascendente, pese a su brevedad y parcialidad, como algo digno de respeto, de evaluación, de todo interés. Es una vida más, y eso siempre es mucho. Ismael Grasa lo consigue mediante una escritura intensa, en la que absolutamente no sobra ni falta nada, prodigio que en muy pocas ocasiones hallamos. La profundidad es máxima y está servida con aparentes mínimos de narración pura, sin disquisiciones ni divagaciones, con la fluidez del relato oral, lo que me parece sencillamente soberbio. No sólo leemos y vemos a la mujer del relato, sino que la sentimos, la acompañamos, nos cuesta mucho dejarla al acabar la lectura. Y esto, muy habitual en las novelas de intriga, es poco común en una historia de diez páginas. Sí: es uno de los mejores relatos que he leído en los últimos meses.

21 abril 2007

José María Guelbenzu, crítico ejemplar


A veces esto de los blogs es pontificar por otros medios. Rechazamos a los listos y nos creemos listos nosotros mismos y damos lecciones desde nuestro espacio bloguero. Vale. Tenemos derecho a quejarnos y a equivocarnos. Pero no me gusta abusar de los tópicos y combatirlos y volverme tópico. Hago críticas en este blog - o comentarios, meditaciones sobre libros, como más os guste - y en otro, dedicado a la novela negra. Yo he crecido leyendo a muchos novelistas, algunos poetas y ensayistas y a un buen puñado de críticos. Si algo he aprendido, se lo debo a los maestros de la ficción y a miradas lúcidas, inteligentes y dotadas del poder de iluminar como las de Rafael Conte y Luis Suñén, dos críticos por los que siempre he sentido un aprecio y un respeto máximos. Ahora leo con atención cada semana a José María Guelbenzu, magnífico crítico y aún mejor novelista. Hoy, en el suplemento Babelia, aparece una crítica de Guelbenzu que motiva esta entrada en mi blog porque me parece ejemplar: sitúa, informa, compara, ahonda, está llena de aciertos y su sencillez es un valor que no hay que olvidar. Os invito a leerla. Está aquí.

17 abril 2007

Ismael Grasa: Trescientos días de sol (1)


Vivimos en una época de grandes contrastes, con gente muy diferente, que abraza gustos e ideas muy alejadas unas de otras, vivimos en una época en que conviven las diferencias de todo tipo y es algo que considero muy positivo, enriquecedor, ideal para almas despiertas. El primer relato de este libro se llama "Mecedoras" y contrapone el nuevo puritanismo estadounidense a la manera de vivir más despreocupada de los españoles: la hermana del narrador se casa con un tipo de del otro lado del charco y empieza a cambiar, por ósmosis, y a asumir la conducta recta y moralista de su esposo, algo que el narrador lleva mal, sorprendido por los cambios y remiso a incorporarlos a su cotidianeidad. Cuando viaja a los Estados Unidos, el ambiente opresor, sancionador le resulta, en vivo y en directo, más atosigante, más insoportable aún. Este relato está contado con sencillez, sin grandes frases, como le hablaría un amigo a otro amigo íntimo después de una comida o una cena, en un tono cordial, próximo, cómplice. Hay quizá algún exceso en remarcar las cosas, como cuando cuenta que ha hecho el amor con una chica sin utilizar el condón-parece un desafío a cierta moral, acaso un detalle algo forzado-, pero lo más destacable es la inmediatez tan bien asumida, la integración de elementos absolutamente contemporáneos con una facilidad que es abrumadora -Ismael Grasa es un escritor de su tiempo, y no estoy haciendo una afirmación gratuita: los avances tecnológicos están aquí, la realidad del 2000 está aquí, y no se mete nada con calzador, sino con una naturalidad que sorprende sólo porque aún no es nada habitual en el resto de escritores de este nuevo siglo, aún demasiado literarios la mayoría, demasiado encerrados en torres de hormigón con música, sensaciones y objetos del pasado, algo caducos en según qué ocasiones, la verdad- y con los que no busca llamar la atención, sino que están siempre elegidos en función de su valor real y a la vez plenamente funcional y caracterizador. Hay detrás de toda la historia una respiración pesada, enfangada, que a la aparente claridad suma una inquietud rara, difícil de descifrar, que hace más hondo el relato, le abre poros por los que respira lo invisible y lo deja a nuestros ojos como una moneda con dos caras, aunque quede visible una tan sólo. Hay aquí un escritor de calidad, de los que tienen el material y la voz y un mundo propio, no me cabe duda, y celebro que sea alguien cercano, de Huesca, un autor al que hay que seguir leyendo.

11 abril 2007

William Faulkner: "De esta tierra y más allá"


Hay autores a los que uno vuelve inevitablemente, gozosamente. Faulkner es uno de ellos. Me regalaron este libro en 1991, en febrero, y 16 años después me parece oportuna la recuperación, comentar el relato "Grieta", porque en estos tiempos de grave desmemoria y de continua renovación de todo lo visible e invisible considero indispensable volver a leer a Faulkner. El relato es la historia de unos soldados que vagan por los campos de una guerra, llevando a un herido, y hacia un destino que podemos imaginar poco grato. Pero de repente ven a un muerto casi enteramente enterrado y al poco la tierra literalmente se los traga y se ven bajo ella, cavando para escapar de tan inesperada prisión, de tan inesperada condena de muerte: lo primero que ven bajo la tierra son cadáveres de soldados vestidos con uniformes de 1915. La maestría de Faulkner, el grado contenido de onirismo y la fuerza de las imágenes es tal que uno se queda realmente embobado. ¿Cómo este hombre ideó una historia semejante, con soldados, una guerra, unos muertos bajo tierra de otra guerra, cómo es tan inteligente para dar con ese final pletórico en que los soldados rezan a Dios por seguir vivos, Biblia en mano? ¿Qué quiere decirnos? ¿Es su mensaje transparente, esconden algo tan brillante líneas? Lo mejor que puede decirse de Faulkner a estas alturas es que su huella sigue viva en muchos escritores posteriores, que su estilo lleno de viveza, de altura incomparable - con destellos como éste: "y al cabo de un tiempo vuelven a estar entre viejas cicatrices curadas de árboles, a que se aferran unas esparcidas hojas ni verdes ni muertas, como si también ellas hubieran sido alcanzadas y cogidas por un hiato en el tiempo, cotilleando con ruido seco entre ellas aunque no hay viento" - sigue siendo una cima cuyo remonte trae recompensas inigualables. Cómo me gustaría que nos midiésemos a veces poniéndonos ante la figura de autores como éste. Cuánto aprenderíamos.

28 marzo 2007

Teatro eres tú, José Bódalo


Vuelvo a ver "Un enemigo del pueblo", obra de Henrik Ibsen, en la versión teatral de Estudio 1, de Televisión Española, protagonizada por José Bódalo, Irene Gutiérrez Caba, Alberto Fernández, José Vivó, Francisco Merino y Cristina Iglesias, todos ellos sobresalientes en sus actuaciones. Siempre ha sido José Bódalo mi actor de teatro preferido, y de nuevo se me pasa el tiempo veloz y gozoso, la obra me hipnotiza, los diálogos me fascinan, la meditación sobre el poder, sus efectos, la mentira y la verdad en la vida y en la política me resultan esenciales y absolutamente vigentes: la propiedad privada, el uso y abuso de lo público, el dar y quitar la palabra al pueblo, la manipulación en los periódicos. Ibsen parece que escribió esta obra maestra ayer mismo. Como si no lo conociera, miro con atención cada paso de Bódalo, sus entonaciones, sus gestos, y otra vez me gana con su sencillez, su falta de afectación, su dicción clara y su humanidad, que era evidente hasta cuando estaba callado y a la espera de decir su parte. Cuando murió José Bódalo, en el año 1985, yo tenía 17 años. TVE le dedicó un ciclo -los sábados por la noche, si la memoria no me falla - a cuya cita no falté un solo día. La música con que arrancaba el espacio ya ponía un nudo en mi garganta. Era una de esas sintonías que jamás olvidas y que quedan asociadas a un momento concreto de tu vida o a una persona o a un personaje. También me acuerdo de la película "Volver a empezar", en la que participó Bódalo brevemente pero con tal intensidad que se dijo que podría haber ganado un Oscar de haber sido la película hablada en inglés. En "El Crack" y "El Crack dos", de José Luis Garci también, Bódalo era el comisario retirado, dedicado a su huertecito, pero fiel a su amigo "El Piojo", por el que estaba dispuesto a jugarse la vida: cuando Areta -interpretado por Alfredo Landa-, ya casi al final, paraba el coche para ver quién le seguía, Bódalo detenía el suyo y bajaba y en su cara, en su voz había lo que yo siempre he considerado una especie de epifanía: un momento inolvidable, conmovedor, que no es ni realidad ni arte, sino algo inefable que rebasa toda categorización y cualquier intento de explicación. Supongo que aún somos muchos los que no le hemos olvidado y agradecemos que haya existido. José Bódalo era El Actor.

19 marzo 2007

Arturo Barea: Cuentos completos.


No hay que olvidar, no hay que olvidar. Estamos hechos de memoria, somos palabras que recordamos, paisajes que nos habitan, miradas ajenas que se incrustaron en nuestra alma. Admiro en Arturo Barea su voluntad de contar historias que son literatura y vida a la vez, ligadas fuertemente a su biografía y a sus deseos, miedos, esperanzas, ilusiones y grandes desilusiones. Barea escribe con la vida palpitando en sus manos, con los dedos sueltos y libres, con la ojos llenos de emoción y verdad. Leerle es una experiencia ciertamente inolvidable: cuando estamos llenos de páginas, de letra escrita, de mundos inventados o reinventados, volver a leer a Barea es como tener la oportunidad de oír de nuevo a nuestro padre, a nuestra madre, a nuestros hermanos que nos dicen con tono íntimo cosas que nos competen y nos implican. Pongamos de ejemplo ese relato temprano y autobiográfico que tituló "La medalla": una madre le manda a un hijo, inmerso en una guerra, una medalla que ella ha besado con mucho amor para que lo proteja de las balas. Pero el soldado desprecia el objeto. Se lo compra su sargento, que sí se cuelga al cuello la medalla. Viven momentos muy difíciles: "Estamos en plena operación, estamos fortificando a toda prisa, deseosos de alejar de nuestros oídos los silbidos de las balas que pasan al lado nuestro llevando la muerte, jinete fantástico de los diminutos corceles de plomo, y de alejar de nuestra mente la idea del dolor que esperamos ver surgir en nosotros a cada instante. Es el momento todo emoción en que nos rodea el peligro, el segundo en que esperamos diga la vida basta y se trunque en nosotros." Barea habla muy bien de lo que conoció y de lo que le importaba, de lo que es realmente importante, y su canto es el del que sufrió por sí mismo y por los que compartieron penalidades con él. Esa medalla se la quedó el sargento Barea cuando mataron al soldado que no la quiso. Y la besó aunque en ella estaban los besos de otra madre. Pero era una madre, nada menos que una madre, y era un ser humano que padeció, como Barea, y como tantos otros a los que la guerra civil española dejó heridos o muertos, dentro y fuera del país, dentro y fuera de la voluntad rota de vivir.



14 marzo 2007

Heinrich Böll: La aventura y otros relatos


Böll es uno de los escritores esenciales en mi vida lectora, una de las mayores influencias en mis escritos de ficción, un referente moral. Cuando vemos que estamos viviendo un tiempo en el que parece no haber pasado nada importante y todo fluye rápido, a escape, sin dejar huella, creo que es muy necesario volver a autores como éste, Faulkner, Moravia, Sartre. Hay un relato en el libro del que os hablo, llamado "Aventuras de un macuto", que el gran escritor alemán fechó en 1950 y es una perfecta sátira sobre la guerra y su caudal de cadáveres y olvido. Un soldado lleva un macuto a la guerra, que pierde tras su muerte y va pasando por diferentes manos hasta volver a las de su madre, que lo utiliza para guardar cebollas sin percatarse de que hay un número dentro con el que habría podido identificarlo y asociarlo a su hijo. Para esto sirve una guerra. Y es que ya se nos advierte que no es lo mismo soñar que estar en el lugar del sueño: "...creía en los héroes hasta que él mismo se vio obligado a ser uno de ellos." Cómo narra Böll el progresivo acercamiento a la zona de combate es sencillamente algo antológico: "desde ese cielo occidental llegaba el famoso sonido atronador parecido a una tempestad... cada vez se acercaba más esa tempestad artificial, las voces de los oficiales y suboficiales se hicieron roncas, todo se volvió desagradable... la tempestad se oía cada vez más desagradable, cada vez más artificial. Entonces, las voces de los oficiales y suboficiales adquirieron una curiosa suavidad, casi ternura... Stobski se dio cuenta de que estaba ya en medio de la tempestad artificial... oyó gritos, explosiones, tiros y las voces de los oficiales se volvieron de nuevo roncas." Y es que el añorado escritor sabía como pocos hablar de lo que de verdad importa.

05 marzo 2007

Alberto Moravia: El autómata (1). ¿Y por qué no el cinismo?


Es éste un libro de relatos que tiene casi cuarenta años. De entrada, puede parecer que es sinónimo de viejo y pasado, pero no lo creáis. La ironía, la incisiva mirada crítica de Moravia siguen absolutamente vigentes, como demuestra el relato "Las aturdidas", que me ha hecho pensar: ¿y por qué no el cinismo? Dos damas despreocupadas, ricas y vividoras, de clase alta, con criados y preocupaciones existenciales mínimas, se ven en la casa de una de ellas a petición de la otra, que ha de contarle algo muy importante. Es paródico, pero también cínico el tono, nunca despectivo - el buen escritor no recurre a lo zafio, sino que añade humor y se aleja de la tosquedad -, y tan transparente y cercano que no alejaría a lector alguno. Sólo después de hablar de vestidos, de quién es la mujer más elegante de Roma, sale a relucir un secreto que incumbe a la convocada a la cita: su marido tiene una amante. Quizá en manos de otro escritor los derroteros que podría tomar la historia llevarían al drama o a la caricatura, pero Moravia escapa del camino fácil y no muestra apesadumbrada a la señora con cuernos, sino que narra cómo se le olvida pronto tal descubrimiento, cómo es incapaz de recordarlo poco más tarde, pues en verdad no es cosa que pueda alterar de manera significativa su existencia, bien ordenada, fijada y con esplendor seguro. ¿Qué es una amante entre esta gente? Moravia no lo dice, sino que lo narra. Y el lector puede sonreír, seguro que sí, y a la vez que se divierte constata que hay cosas que sabe y otras que no sabe que, ocurra lo que ocurra, jamás cambiarán. Alberto Moravia, amigos, todavía hoy uno de los mejores escritores del siglo XX.

27 febrero 2007

Richard Ford: Rock Springs ( 3 )

El relato se llama "Novios" y cuenta la historia de un hombre que el día que ha de ingresar en la cárcel visita a su ex mujer, que se ha casado con otro hombre que tiene una hija pequeña de un matrimonio anterior. Dice Richard Ford que la piedad es un elemento esencial en su narrativa: he aquí una buena prueba. Uno lee el relato sobrecogido, con el corazón triste y la mirada herida, e inmiscuidos en lo que se nos va contando, llevados por la mano maestra de Ford de un personaje y lo que piensa y siente a otro, sin apresuramiento y con tanto acierto literario que abruma, nos sentimos especiales y muy pequeños a la vez, seres humanos detenidos como uno de esos animales que se cruzan en la carretera de noche y, a la luz de los faros de un vehículo en marcha, se quedan quietos, como hipnotizados sin saber que están a punto de morir si no lo evitan saltando, escapando. Richard Ford es uno de mis autores preferidos desde hace muchos años, pero este libro no lo había leído, contagiado siempre por la pasión novelesca, y descubro al cabo del tiempo que en estos relatos hay una esencia difícil de transmitir con una novela, una exactitud en lo que se narra que en más páginas resultaría alargado, falso, vacuo. Ford habla de seres corrientes, que no hacen sino cosas corrientes, pero lo que le distingue de tantos otros autores es su mirada llena de piedad, de comprensión: cuando el futuro reo se encara con la ex esposa, con el marido de ésta, vemos que Ford recorta los excesos, evita las trampas y el maniqueísmo y nos muestra a tres seres que le importan por igual, independientemente de lo que hacen o son, aspecto éste que me recuerda los aciertos mayores de otro escritor imprescindible: John Steinbeck. Sabéis que escribo en otro blog sobre novela negra, y tengo que decir que he dudado si incluir este comentario allí en vez de aquí, porque en este cuento hay una pistola, un delincuente, un enfrentamiento entre dos hombres, un deseo de que alguien muera para que con su muerte el dolor desaparezca o se haga ya del todo insoportable. Ford ha tomado elementos de la novela social, la novela negra que están en nuestras vidas cotidianas y ha elaborado un canto ejemplar a la comprensión y a la confianza en el ser humano, en su supervivencia, motivo nada banal en nuestra época, en que parece que las máquinas, la especulación y la enfermedad del planeta que nos acoge ponen en duda. Así lo escribe Ford: "Y yo pensé en el pobre Bobby: lo estarían cacheando y esposando en el patio de la cárcel, luego lo encerrarían convertido en presidiario, como una pieza de maquinaria inútil." Lo dice el marido de la ex esposa de Bobby, que quiere ver lejos de sus vidas - la suya, la de su esposa, la de su hija pequeña - a ese hombre, pero no puede dejar de sentir piedad por su destino.

25 febrero 2007

Pedro Zarraluki: "Un encargo difícil" (7). Crueldad.

Si comento la novelas que leo de esta manera fragmentada es porque así las leo. A veces unas motivan más comentarios y otras apenas dos o tres. "Un encargo difícil", como todas las novelas que dejan poso en mi memoria, está llena de detalles, de pasajes dignos de ser releídos, de personajes memorables. Y de escenas que son eficaces, están muy bien narradas y además son ejemplares. Como una en que el Lluent, pescador, lleva a un soldado alemán, cuyo avión ha caído en el mar, al lugar donde se ha hundido para tenerlo localizado con vistas a su posterior recuperación. El soldado nazi saca de repente su pistola y se pone a ejercitarse en el tiro contra unas rocas. Cuando aparece una cabra en la orilla, no duda en practicar disparando contra ella, la alcanza y la cabra, que está en un acantilado, cae al mar, pero no está muerta y lucha desesperadamente. El pescador desea ayudarla, pero el soldado se lo impide. Alza el pescador un remo sobre la cabeza del alemán, pero éste ni se inmuta, y no le queda más remedio que seguir manejando la barca y seguir las instrucciones del soldado. Es sólo una cabra, pero la crueldad del nazi con el animal basta para que sepamos y comprendamos qué alma encierra tras su guerrera. Admiro a los escritores que saben contar con poco y sugerir mucho. Que pueden desviar la mirada del lector y centrarla con la máxima intensidad en el punto que les interesa. Zarraluki tiene esa capacidad. Y no necesita recurrir a lo más cruento, a la violencia desenfrenada -tan habitual en el mal cine de acción- para demostrarnos que la maldad puede anidar en un corazón.

17 febrero 2007

Pedro Zarraluki: "Un encargo difícil" (6). Mirando una pistola.


Hay violencia contenida y violencia recordada en la novela. La época es propicia. La época está llena de violencia visible e invisible. Benito Buroy, remiso a cumplir con el encargo de matar a un hombre, deja pasar los días. Pero lo inevitable sabe que se acerca. "A veces levantaba el colchón de su cama y observaba la pistola durante un rato que se le hacía interminable. Arrodillado, con los dedos hundidos en el colchón, se sentía asaltado por recuerdos que creía haber borrado para siempre. Cerraba los ojos y se veía a sí mismo disparando a ciegas a las sombras que huían por un bosque de Teruel en medio de la noche, abatiéndolas por la espalda y gritando de júbilo. Se veía entrando en un bar de los suburbios de Barcelona, acercándose a una mesa en la que se jugaba al mus, y descerrajándole un tiro en la frente a un anciano al que había identificado por un angioma en la mejilla. Se veía sacando a una mujer por la fuerza de su casa, inmovilizándola contra la pared en el rellano de la escalera, la respiración de ella acoplada a la suya, los temblores de su pánico mezclándose con el aroma de su cabello, mientras en el interior se oían gritos y disparos. Se veía en todo lo que él había sido, sin acabar de reconocerse, como si le hubieran cambiado la memoria por la de otro hombre." Son los tiempos de la posguerra, los tiempos en que la memoria anda cargada de violencia y de acciones que hay que asimilar a cualquier precio para poder seguir viviendo.

08 febrero 2007

Meme: Cinco cosas que no sabes de mí

Me lo envía Enrique Ortiz.

1.- Quise ser, ante todo, futbolista. Incluso acorté mi nombre: Francis. Siempre me han llamado Paco, así que ese nombre era el presumiblemente artístico. Cuando estudiaba en la Universidad Laboral de Cheste, en Valencia, un amigo empezó a llamarme Cisco, próximo al Xisco que allí utilizan para los Franciscos. Cuando era un niño empecé a escribir novelas del oeste y algunos de los personajes principales se llamaban Frank. Los nombres son para mí muy importantes, y me temo que no podría haber amado a una mujer que no tuviera uno bonito, sugerente.

2.- No fui futbolista porque tenía problemas visuales. Pero una vez acabé una relación con una chica, estando en 8º de E.G.B., con catorce años, después de recibir una nota en que me decía que nunca le hablaba, pues siempre estaba ocupado dándole patadas al balón, sin perdonar un solo recreo. Le contesté que, visto lo visto, mejor lo dejábamos y así no habría quejas por su parte. Perdóname, Mari Carmen, no sabía lo que hacía.

3.- Siempre he tenido la sensación de ser un clon de mi hermano Pepe, que me lleva 11 años. Incluso, ya mayor, viendo mi cara barbada en el espejo siempre recuerdo una foto de cuando mi hermano se dejó la barba una temporada -en contra de la opinión familiar-. Uno de mis días más felices tuvo lugar durante un viaje a Granada -entonces yo vivía en Almería -: fuimos a ver a la novia de mi hermano y nos abrió la puerta la chica que compartía piso con ella. Mi hermano me presentó, y la chica dijo: No hacía falta, es como tu fotocopia. Creo que es el mejor piropo que me han dedicado en toda mi vida.

4.- Pertenecí a una tertulia, llamada De la Calle Suipacha, en honor a Cortázar, en la que me vestí por primera vez de corto y empecé a torear, digamos, al lado de tipos que valían más que yo, sabían más que yo y han llegado más lejos que yo. Actuando como dinamizador, hablaba mucho y escuchaba mucho -dicen algunos que miento en lo segundo, pero bueno -. Sin embargo, me atacó una crisis malévola e, incomprensiblemente, dejé de escribir y hasta de leer. Me volqué en el mundo de la fotografía, hice algunos pinitos, gané algunos premios -uno, de carácter nacional - y hasta mi maestro, Pérez Siquier, dijo que había hecho tres o cuatro fotografías en condiciones. Pero después me cansé, me aburrí, me agobié, o qué sé yo, y se acabó esa parte de mi vida cerrando de nuevo puertas.

5.- Soy un tipo comprometido, de esos que no comen carne, que no tienen coche, que creen en la política y en los partidos de izquierdas, que sienten cómo se les abren las carnes cuando oyen y ven injusticias: combatiendo algunas de ellas me hice heridas que nada ha restañado, que nada ni nadie podrá jamás curar -heridas del alma, amigos-. Pero no evito saber que no soy perfecto y que me equivoco muy a menudo. Mis amigos siempre están corrigiéndome, diciéndome que no me apasione tanto, que no me dé tanto. Pero la corrección de estos errores me temo que se van a quedar pendientes hasta mi próxima reencarnación.

Se lo envío a:

Ninoska Mermoud - Santiago
Rosa Ribas
Miguel Sanfeliu
Pacita
Paula
Zuriñe Vázquez
Isabel Romana
Anilibis
José Romero
Natinat
Gabriel Báñez
El detective amaestrado
NoAmanda
Mart
Diarios de Rayuela
M
Clarice Baricco

01 febrero 2007

Pedro Zarraluki: "Un encargo difícil" (5). Nombrar las cosas.

Prefiero a los escritores de prosa concisa, que nombran y narran con cierto lirismo, prefiero las novelas que no son largas y no tienen demasiados personajes. Y cómo admiro a los escritores, empero, que saben nombrarlo todo de nuevo, que explican y se demoran, que arrojan luz sobre lo cotidiano y me ayudan a verlo todo con ojos nuevos. Zarraluki es de estos. Cuando la viuda del alto cargo republicano, Leonor Dot, le enseña a la cantinera a leer, uno se da cuenta de que se necesitan muchas palabras, se necesitan varias escenas, se necesita el deslumbramiento, el instante en que hay un hallazgo, uan corroboración, un asentamiento. Qué bien lo narra Zarraluki, al que no le importa que haya sido contado algo parecido en otras novelas, con otros personajes, porque el tono realista de este relato lo exige y hay que afrontarlo, hay que dárselo al lector sin desfallecer y sin hurtar nada. Lo mismo pasa cuando la cantinera y su marido, de mediana edad, hacen de nuevo el amor tras una temporada sin encontrarse en la intimidad. "Él entró con cierta timidez, se sentó en la cama y se desnudó rezongando. Luego, con algún apuro, se montó sobre ella. Llevaban tiempo sin hacerlo y estaban en la edad en que los cuerpos empiezan a no reconocerse como propios, por lo que a ambos les extrañó lo prominentes que tenían los vientres. Pero los bajos se acoplaban sin dificultad, tal como siempre había sucedido. Durante el escaso tiempo en que Paco estuvo moviéndose envolvió a Felisa la extraña sensación de que se encontraba de plácida charla con él rememorando los tiempos pasados. No sintió nada más que eso, pero para ella ya fue bastante. Aquella noche no decía Paco que la vida era una mierda ni ella tenía la necesidad de apartarlo de sí con un codazo. Luego, cuando él se descabalgó con la dificultad de quien baja de un muro, se vio incapaz Felisa de conciliar el sueño. Aunque tuviera los labios cerrados seguía hablando con Paco de cuando los chicos eran pequeños y corrían por el campo que parecían liebres, y de más tiempo atrás, mucho antes de la guerra, cuando fueron a Mallorca de viaje de novios y vivieron durante una semana como auténticos señores, paseando por las calles y comiendo en una fonda con mantel a cuadros, y de lo guapo que estaba él en aquella época, que parecía un galán de cine. Permaneció Felisa García en vela toda la noche pensando que las miserias de la edad entierran los buenos recuerdos, hasta que las primeras luces del alba la sacaron de la cama y la devolvieron a sus tareas cotidianas." Me parece que esta novela crece a medida que la leo, se engrandece a mis ojos. Razones hay, ¿no os parece?

27 enero 2007

Pedro Zarraluki: "Un encargo difícil" (4). Niña y mujer.

No hay que esperar acción en esta novela, porque Zarraluki no ha escrito una novela policial ni de espías. Tiene a varios personajes en un espacio reducido y narra sus encuentros y desencuentros. La novela está escrita para ser paladeada, para releer párrafos y empatizar con los pensamientos de éste, los actos de aquél. Me parece destacable el momento en que la hija de la viuda del alto cargo republicano, Camila, tiene su primera menstruación. A la sorpresa inicial sigue un diálogo con su madre, ceremoniosa en su conducta, y luego otro más inesperado, telúrico, con la cantinera Felisa, que le advierte a la niña que no debe tocar las plantas ni hacer mayonesa, porque mataría a las primeras y se cortaría la segunda, creencias no desterradas por completo en la actualidad, al menos en lo concerniente a la mayonesa, según mi propia observación de las cosas. Y Felisa le acerca una maceta con una albahaca para que la niña la toque y así demostrar que lo que dice es cierto. "Camila retrocedió un paso y se llevó las manos a la espalda. Le horrorizaba la idea de matar la albahaca. Retraída, casi llorosa, se arrepintió de haber deseado tanto el cambio que se estaba produciendo en ella. Como si un fondo ponzoñoso fuera tomando posesión de sus ideas, comenzó a pensar que convertirse en adulta era adquirir la capacidad de ensuciar las cosas y de causar el mal." Párrafo que sirve como ejemplo de que la novela es realista, sí, y también (no hay pero que valga) es creativamente realista. Opino que cuando un escritor acierta y ofrece realismo creativo toca las cimas más altas de la creación literaria, y en muchas páginas de esta novela puedo afirmar que Zarraluki se acerca a esa meta.

24 enero 2007

Pedro Zarraluki: "Un encargo difícil" (3). El momento de matar.

Zarraluki es un buen escritor. Maneja a diferentes personajes y diferentes sentimientos, ambientaciones, deseos y enajenaciones con mano diestra y compone un paisaje interesante y dotado de una variedad que no lanza cada historia por su lado de manera gratuita ni forzada, sino que logra que discurran las historias paralelas y con una intensidad parecida, una atractivo homogéno. Estas virtudes no están al alcance sino de unos pocos escritores de gran talento, que creen en sus capacidades pero también en la perseverancia, en el tiempo como un aliado. Zarraluki, sin prisas, monta una novela que merece mayor atención de la recibida. La escena en que Benito va a matar al alemán para cumplir el encargo que le ha hecho el comisario es una buena muestra de lo que digo: son seis páginas, desde que Benito sale de la comandancia militar hasta que vuelve a ella, tras encararse con su objetivo y no abatirlo. El alemán le ve y le espera sentado, le anima a matarlo, pero Benito no se decide y se marcha. Los detalles son fundamentales y acertadísimos, el realismo de la escena es el adecuado. Y el párrafo dedicado a los pensamientos de Benito, magnífico, ya que si no mata hay que explicarlo, hay que justificarlo conveniente y convincentemente, desde dentro del personaje, no desde la perspectiva del narrador omnisciente: "Benito Buroy alzó un poco más la mano sin sacarla del macuto y acarició con el dedo la superficie cóncava del gatillo. Pero entonces pensó que segundos después estaría completamente solo en aquel lugar frente a un cadáver con un agujero de bala en la frente, y que tendría que regresar por el monte con un sabor amargo en la boca preguntándose quién era él, quién había matado a Markus Vogel, y que en la cantina Felisa García le serviría un plato de lentejas que le resultaría imposible probar siquiera, y que aquella misma noche Erica escupiría su semen a un lado de la taza del retrete pensando ya en la próxima copa de ginebra, y que poco después, en la cama cubierta de almohadones en la que le daba asco y angustia acostarse, Otto Burman le reprocharía al oído que era un mal hombre acariciándole el vientre con su mano siempre fría, y que las noches eran cada vez más insomnes y más largas, y que una vez más se preguntaría, en algún rincón de la oscuridad, por qué cojones se empeñaba en seguir vivo si vivir era algo que ya había dejado de gustarle." Si tenéis ganas, podéis comparar con algunos textos de novelas muy celebradas de Muñoz Molina y veréis que las concomitancias sólo son estilísticas, ya que en Zarraluki nada es superficial, nada es pomposo, y todo fluye en pos de la verdad de la historia, y a diferencia de Muñoz Molina el estilo no se come a la historia, sino que es un excelente vehículo que explora lo interior y lo exterior con una imbricación ejemplar y casi maestra.

20 enero 2007

Pedro Zarraluki: "Un encargo difícil". (2). Me alegro de no haber estudiado.

Los estudios y las clases sociales. No creo que las diferencias entre las personas, por desgracia, desaparezcan pronto. No todos pueden acudir a los mismos colegios, médicos ni encontrar iguales remedios. Las desigualdades - crecientes y con aspecto de irreparables en nuestra actualidad, no puedo dejar de decirlo - se dejan ver en la novela, están muy bien mostradas, sobre todo en los personajes de Leonor Dot y Felisa García. La primera es la viuda de un alto cargo republicano al que han fusilado y la segunda es una tabernera. La primera va a parar a la isla de Cabrera porque es reacia a firmar unos papeles. La segunda vive allí. La primera tiene una hija adolescente y que será hermosa. La segunda, un hijo deficiente mental. Pese a todo, se hacen amigas y conversan a menudo. Y un día le dice Felisa a Leonor que se alegra de no tener los estudios que tiene Leonor, una privilegiada. Están en la cocina de la taberna. Y añade Felisa: "Sería muy triste que supiera todo lo que tú sabes con la vida que llevo." Y no me parece estar oyendo una historia antigua, pasada, sino una historia actual, vigente, pues en nuestra sociedad hay muchas Leonores y muchas Felisas, más de las segundas que de las primeras, y tanta gente que nunca tiene una oportunidad, que está capacitada y jamás podrá demostrarlo que sólo la tristeza puede sobrevenir. Ayer y hoy, aún en la injusticia y en la injusta desigualdad.

17 enero 2007

Pedro Zarraluki: "Un encargo difícil". Fusilamiento.

La novela ganó el premio Nadal y obtuvo una crítica favorable de J. Ernesto Ayala-Dip (en El País), a quien suelo leer porque sus valoraciones me parecen habitualmente muy acertadas. Zarraluki es uno de esos escritores de la cuadrilla de Anagrama a los que cada vez se tiene más en cuenta y a los que se respeta crecientemente, como sucede también con Martínez de Pisón. "Un encargo difícil" (Booket) acontece en la isla de Cabrera, en el año 1940, con el franquismo victorioso campando a sus anchas. Un antiguo rojo tiene que cumplir un encargo: matar a un alemán. El encargo se lo hace un vencedor, un comisario que ni perdona ni olvida, y sobre todo impone. Y Benito Buroy tiene que matar para seguir vivo. Pero no se apresura, y deja pasar el tiempo. Una mañana asiste a la ejecución de un preso. Lo llevan hasta el cementerio y lo fusilan mientras llora. Un sacerdote lo asiste, aunque no precisamente de forma muy piadosa. Le dice al hombre que está a punto de morir: "Lo que has hecho es imperdonable... pero el Señor tiene una infinita benevolencia. ¿Quieres confesarte?" El detenido solloza. Y el cura le dice: "Compórtate como un hombre, coño." Una vez que le han dado el tiro de gracia, le habla al militar que está al mando del pelotón: "Cuánto cuesta limpiar España... En este país metió mano el diablo, y así estamos... Vaya usted bajando, si lo desea. Yo rezaré una oración por el alma de este asesino y luego le aceptaré esa copita." No es una exageración, no es una mentira lo que narra Zarraluki. La memoria de nuestros padres y abuelos está para confirmar escenas como ésta. Por eso, cuando algunos quieren hacer tabla rasa y medir por igual a un bando y a otro de nuestra guerra civil siempre recuerdo cuánto padecieron algunos de mis antepasados en la posguerra, cómo las represalias y el absolutismo de los vencedores franquistas dejó sin vida por dentro y por fuera a tantos y una rabia fría pero innegable me empaña los ojos.

12 enero 2007

Rafael Chirbes: "El novelista perplejo" (2)

A propósito de la novela "El año desnudo", de Borís Pilniak, dice Rafael Chirbes que "Hoy, setenta años más tarde, no me cabe duda de que a Pilniak ha de resultarle difícil encontrarse con su lector. Los restauradores han vuelto a colocar las pulidas molduras en su sitio y la aventura del arte como palanca o explosivo parece definitivamente enterrada, mientras crecen con una mezcla de fuerza e indolencia los valores literarios más cercanos a los que imponían los códigos decimonónicos y vuelve el blando fluir de la narración como buena compañera de los sentimientos individuales." ¿Qué añadir? Yo asiento, rabio y callo.

05 enero 2007

Rafael Chirbes: "El novelista perplejo"

Medita este autor - sin duda uno de los más importantes de la narrativa española de los últimos años - sobre la validez y la vigencia de la novela en el primer escrito de este libro. Menciona a Edurado Mendoza, que hace algunos años lanzó la famosa afirmación de que la novela era un género muerto, lo que le valió una buena publicidad para la obra que publicaba en ese momento, de las crisis de valores de otras épocas y lugares, de la generación del 50, entre la que está el recientemente redescubierto Ramiro Pinilla, y concluye que no hubo ningún tiempo en que los valores no estuveran en crisis y "Cada época produce su propia injusticia y necesita su propia investigación, su propia acta." Motivos para seguir escribiendo, sin ninguna duda. Porque, como Chirbes, yo también creo que la escritura aporta al autor y a sus lectores "una dosis de consuelo, tal vez; pero, sobre todo, una irrefrenable voluntad de conocimiento". No puede competir la novela contra los fuegos artificiales del cine y la televisión, no posee su inmediatez ni su capacidad de emocionar colectivamente y al unísono, pero aun así, en el silencio necesario para la lectura, se producen otras emociones y otros descubrimientos que nada puede igualar. Sí, como apunta Chirbes, las grandes novelas influyen a medio o largo plazo, cambian nuestra manera de ver la realidad, abren ventanitas desde las que mirar con ojos limpios y, además, levantan acta de lo que el escritor vio, sintió, padeció como ser individual y también inserto en una sociedad. Novela, invención, documento, respuestas y tantas preguntas hechas y aún por hacerse.