28 octubre 2008

Navia: Pisadas sonámbulas


Las imágenes puedes encontrarlas o buscarlas. Los libros de fotografía no abundan, no están en todas las tiendas, no están en los grandes almacenes. Hay que buscar la sección, hay que pedírselos a unas librerías especializadas de Valencia y de Barcelona. Las imágenes nos rodean pero los libros de fotografía se venden poco e interesan poco. Es curioso, es muy curioso. La literatura, en muchos sentidos, es un arte superado, anclado en unas perspectivas decimonónicas que pocos escritores aciertan a salvar para hablar de su tiempo con el lenguaje de su tiempo. La novela está llena de repeticiones, los subgéneros abundan en lo mismo y con las mismas voces y los mismos presupuestos y los mismos resultados. Me temo que, cada vez más, es un producto hecho para el entretenimiento y vendido por conciencias muy conformistas y hecho por autores que se autocensuran y se declaran altos, listos y guapos cuando ganan un premio millonario.  
La fotografía retrata el mundo real. Creo que es algo incuestionable. Puede o no ser realista, pero la fotografía hecha en la calle, que recoge los gestos, quehaceres, actividades, manifestaciones callejeros está fraguada con un material real e innegable que, sin embargo, interesa poco, atrae poco, apenas subyuga a cuatro interesados o cuatro especialistas. Es paradójico. En la era del cine y de las pantallas permanentemente atraídas por la grandiosa oferta dimanada de internet, en la época en que la imagen reina en nuestras vidas seguimos sin volver la vista hacia la fuerza de las imágenes artísticas. Es un síntoma. Como aduce Baudrillard, padecemos tiempos de aguda ficción, de ficción que vacía y enfría, que deja tibio y no desconsuela jamás. El hombre se adormece en la cuna de la cueva platónica y mira los reflejos y no quiere pensar, no quiere indagar, no quiere ir más allá.
Libros como éste deberían ocupar las páginas de los diarios de algunos escritores, maravillar a los blogueros despiertos, suscitar diálogos interesantes y revitalizantes. Navia es uno de los fotógrafos que mejor se maneja con el color, en el que es maestro mundial. Prefiere la luz del atardecer, la luz que huye, la que toca una cara con respeto, acariciándolo. Y hay en su mirada una pureza, una limpieza que tampoco es común, que es única, porque con dos elementos es capaz de hacernos evocar muchas cosas, muchas ideas y muchos sentimientos. En este libro hay un acercamiento a las cruces y a los Cristos que detiene y atraviesa. Hay una apuesta por la belleza del cuerpo y su verdad que enaltece. Hay un acercamiento a espacios pequeños que nos vincula de inmediato con ellos. Y todo visto desde el centro de lo real, con una cámara que traslada y no engaña, no engalana ni se embebe para conseguir mayor consideración. Navia fotografía en silencio, sus imágenes están impregnadas de silencio pero no quieren desmbocar en el silencio: son la primera frase para un diálogo a media voz, envolvente, al que estamos todos invitados. En el mundo de la palabra herida, de la imagen adormecedora, Navia deja libros como éste, que son un paso adelante. Lo que no es poco, amigos.

15 octubre 2008

Breves notas ideológicas (2)


La publicidad es el principal cáncer de nuestras sociedades desinformadas a base de exceso de información.


Los ancianos en las residencias están aparcados pero ya no hay nadie que piense en el taller de reparaciones. Como no veneramos a quienes nos veneraron, nos merecemos ir al sitio en que los aparcamos hoy y será nuestro hogar mañana.


Se educa mal a los niños. Han pasado a ser el centro de atención de la casa, de las reuniones de los adultos -que no hablan ni se miran entre sí y descargan aliviados su mirada en los movimientos de los más pequeños -, después de muchos años en que eran casi tan accesorios como el perro. Nos falta la justa medida, que podría empezar por situarles en el espacio y el tiempo como a los niños que son, ni más ni menos.


Se oye demasiado en nuestro país eso de "Son rumanos". Suena igual y ha sustituido al "Son gitanos". Ha cambiado una sola palabra, nada el desprecio.


Hay crisis: de valores, para empezar. Somos muchos los que aún no comprendemos cómo la gente más pobre, los que tienen trabajos manuales, persisten en su miedo y su voluntaria ignorancia y defienden a capa y a espada a sus patrones, a los de la derecha de este país que aún no es europea.


El miedo es libre. La ignorancia una imposición. A veces voluntaria.


El fútbol ya sólo puede verse con un ojo abierto y con otro cerrado. El cerrado recuerda momentos de mejor espectáculo. El abierto mira pero no acaba de creerse el triste espectáculo que ve.


Ahora hay que esforzarse durante treinta o cuarenta años para pagar una vivienda que, en casi todas las ciudades, más parece el panal de un avispero que un hogar. No sabemos hasta cuándo seguiremos considerándonos personas. Bueno, cuando se produzca el cambio ya nos avisarán en el telediario.


Foto: William Eggleston

30 septiembre 2008

Alberto García - Alix, 1978 -1983


Es uno de los libros que prefiero, al que vuelvo de vez en cuando para llenarme de color y de sensaciones físicas y morales. Lo componen diapositivas de Alberto García-Alix, del período en que aún estaba aprendiendo el oficio, formándose, antes de convertirse en uno de los mejores fotógrafos de nuestro país. Curiosamente, él mismo había olvidado en una caja y en una maleta todo este material y habia centrado su creatividad en el blanco y negro. Un hallazgo casual nos descubrió al García-Alix fotógrafo de color. El arte y sus arcanos irónicos. Porque sin esa casualidad no habríamos podido disfrutar viendo las obsesiones de nuestro admirado artista repetidas, profundizadas en un lenguaje que es el mismo y al tiempo otro muy diferente, casi se diría que fruto de otra mano, aunque deudoras en cualquier caso de una misma mente.
Hay aquí muchos zapatos, hay luces laterales y efectistas y muy bien tamizadas en los retratos, fotografía callejera que mira a los desconchones y las pintadas y algunos fragmentos de carteles -¿influido quizá García-Alix no sólo por el gran Walker Evans sino también por el no menos grande Paco Gómez, maestro en estas lides de lo estático y lo extático-, algunas imágenes de la mili que aun en color no dejan lugar a dudas de cuánto cutre y reaccionario se cocía en ella. El autor fotografiaba con el alma, metiéndose en la foto en ocasiones -esos autorretratos nada complacientes, frontales o en posturas acrobáticas que son como un raspado y un blando directo al estómago-, mirando sólo lo esencial, lo que le importaba, lo que dejaba huella en su joven vida de incipiente creador y de rebelde perpetuo. Pocos saben encuadrar tan bien como García -Alix, pocos saben dejar fuera tanta información que en verdad no es necesaria, cortar donde no te lo esperas y no suprimir nada importante. Ver estas fotos es también recibir una pequeña lección: abrid bien los ojos, aficionados, jóvenes que os iniciáis en este transparente y dificilísimo arte, pues saldréis más sabios y más preparados para ver y para seleccionar con la cámara y sin ella ante la cara.
Alberto García -Alix es un nostálgico, pero está lleno de nostalgia positiva, no es un tipo que se mueva entre la melancolía y las luces tristes para ganarnos con fáciles sombras y siluetas que remueven un dulce sabor en tu boca. Tampoco es un autor entregado a lo marginal, a lo minoritario para sorprender y mentirnos con metamorfosis momentáneas. Es un fotógrafo con una formación impresionante, sincero y veraz, que fotografía como respira y en el mismo lugar en el que respira habitualmente, pues no aprieta nunca el disparador si no está concernido, si no se ha emocionado. En un mundo sobresaturado de ficción, de fotógrafos que visitan los barrios bajos o los barrios altos para traernos después su botín en forma de reportajes superficiales y robados, los tipos como Alberto García-Alix triunfan con su sinceridad, su personalidad y sus fotos abiertas a todos los sentimientos y a todos los públicos que quieran salirse durante unos minutos de sus vidas para saber más de otras. Este libro, magistral en el color y en las composiciones y en la verdad de cada toma, es un referente inolvidable.

15 septiembre 2008

Henri Cartier-Bresson


Cartier-Bresson era más, mucho más que el instante decisivo, concepto venerado, denostado y mal interpretado, ya que muchos creen que en vez de fotógrafo el gran artista francés era un prestidigitador. Ni mucho menos. El instante decisivo es la ordenación, la conjunción, la oportunidad, pero también el deseo, la paciencia, el entendimiento, la comprensión y la ética. Claro que hay fotos en que parece un milagro que todo esté en su sitio, que case esto con aquello, que haya tanta expresividad en una imagen bidimensional. Pero es que Cartier-Bresson miraba con inteligencia, sentía con el corázon y y actuaba con una máquina cómplice, también dotada de inteligencia, preparada para secundar, acompañar, obedecer y también a veces para pensar por sí misma, decidir por sí misma. No es ninguna tontería lo que digo: todos los grandes fotógrafos saben que sin la fidelidad de su máquina nada hay que hacer, el azar no se presenta, el deseo se amortigua, los reflejos se cargan de arena y barro y el pulso falla, el disparador no responde, el encuadre se va al garete. Un fotógrafo y su cámara -al menos en el caso de los grandes maestros -son como el hombre montado a caballo que a los profanos les parece que es un unicornio.
Pero Cartier-Bresson es mucho más que el instante decisivo, muchísimo más. No tensaba sólo la cuerda cuando iba de paso, cuando corría y apuntaba y disparaba y desaparecía como un fantasma. Cartier-Bresson era un fotógrafo humanista, que componía como pocos -quiso ser pintor, lo fue, además de fotógrafo, y de ahí le viene la inteligencia en la selección y la ordenación de los materiales -, interesado en los juegos de los niños sevillanos en la calle, en la pobreza de los desposeídos de Nueva York, en la soledad de los asiduos de los parques que vagan por la ciudad con penas e historias sin contar a la espalda, en la manera de vivir y sufrir de los pobres de la India -qué magnífica imagen la de ese niño en brazos de su madre delante de un viejo carro con una rueda enorme, tan moderna, tan actual -, en la política inglesa y sus manifestaciones callejeras, en los paisajes minimalistas que son paisajes y a la vez manifestaciones objetuales del alma de los hombres o del propio Creador, en la sensualidad pública y privada, en retratar a hombres famosos con una libertad y una subjetividad ejemplares que nos permiten verlos y saber de ellos merced a una sola imagen -la foto de los Curie es un ejemplo inolvidable.- Y no se valió de la prestidigitación para hacer la mayor parte de sus mejores fotografías, no fue un cazador que llega, dispara y huye aferrado a su Leica. Lo que ocurre es que la timidez y el deseo de objetividad, proclives a la ajena interpretación de distanciamiento y frialdad, hace que se confundan los conceptos, que se catalogue con demasiada premura, que se encasille y se yerre, por tanto. En el libro de Photo Poche, editado en 1982, está la mayor parte de las imágenes que menciono, y la prueba de que Cartier-Bresson era un genio por su manera de mirar, por su humanidad, por la limpieza compositiva, y el instante decisivo es sólo una anécdota pasada y en la que insisten los cómodos y los que quieren enmarañar y subir a Bernard Plossu, a Robert Frank negando a Cartier-Bresson, como si en el arte no hubiera lugar para el blanco, el negro y el color.
Leí hace unos días un equivocado artículo de El País , plagado de lugares comunes, de golpes de efecto, desmotivador y apocalíptico que en nada tiene que ver con la realidad de nuestro rico momento creativo, en el que lo digital es un arma más tan sólo, no un exterminador que viene a acabar con el presente y el futuro del medio. Autores como Félix Curto siguen fotografiando con tomas directas y sin reencuadres posteriores en la mesa, Carlos Pérez Siquier publica más libros y su maestría en el color y el acercamiento al sujeto se acrecienta y genera epígonos y alumnos por doquier, imaginativos e inconformistas desconocidos -por el momento - ofrecen a visitantes de todo el mundo fotos destacables y de gran calidad técnica y humana en sus webs y sus fotoblogs y el mundo no se para, los reporteros existen y la verdad no ha desaparecido porque no se utilice película química. Hoy, Cartier-Bresson, con veinte años, se compraría una cámara digital, saldría a la calle en busca de personas, situaciones y luces y sombras y volvería a su casa con algunas imágenes válidas para saber más de nuestros congéneres, sus miedos, sus dudas, sus sobresaltos y sus vacilaciones y sus penas y sus alegrías. Editaría ante un monitor y en sus fotos habría tanta verdad como en las que se hicieron hace 50 ó 60 años -tiempos en que ya existía el fotomontaje, en que el mejor fotógrafo de la historia, Eugene Smith, comprometido hasta arriesgar la estabilidad emocional y la integridad física moviéndose en pos de las verdades en las que creía, unía dos negativos para crear una sola imagen que contaba mejor lo que había visto en un momento concreto y que no había podido capturar en un solo fotograma -, porque no miente la máquina, miente el hombre que quiere mentir. Y ése no fue nunca el caso del gran Henri Cartier-Bresson.

09 septiembre 2008

Breves notas ideológicas (3)

La rutina y el recuerdo, a veces tan hermanos y tan necesarios.


La fotografía digital ha venido a democratizar, a universalizar aún más el arte más accesible. Nada de miedos: el que quiera que haga arte; el que no lo quiera, que haga lo que desee. No importa el medio. Importa la actitud.


Debates televisivos entre políticos: púgiles sonados que arremeten contra el contrario con las cejas partidas, ciegos y sordos.

Entras en una librería y ves tantos libros adormecidos, que ya no se molestan en llamarte la atención, que a veces piensas que estás en un pequeño cementerio de cosas que han nacido muertas.

La crisis, la crisis. La montan los bancos y se la desmontan los gobiernos. Y, entre medias, más despidos. En tiempos de bonanza, nadie reparte sus ganancias. En tiempos de crisis, lo culpables somos todos. Y todos tenemos que arrimar el hombro. Menos los seres inmateriales, esos nuevos dioses, que componen el olimpo de los consejos de administración.

Todo el futuro está en la poesía.

Todo el pasado en las novelas con estilo decimonónico que siguen inundando nuestras librerías.

Ya no hay tristes en El Paseo de los Tristes de Granada, sólo señores armados de cámara y mirada aguda que vienen de otros países y hablan en otros idiomas. Los tristes se meten en los supermercados y en los comercios del centro y miran y no compran nada.
Hay fotografías de Gabriel Cualladó en las que me entretengo más tiempo y de las que obtengo más ideas, mensajes, sensaciones que de novelas escritas por autores como Ruiz Zafón, J. K. Rowling y Henning Mankel.
Leyendo a Balzac me dan ganas a veces de reunir todos sus libros, vender todos los otros que llenan mis estanterías y pasarme el resto de la vida releyendo al gran maestro francés.
En ciertos cuadros de Edward Hopper parece que me caigo y me convierto en uno de los seres que los pueblan. En ocasiones hasta creo ser no una persona, sino una puerta, una de las luces que entran por sus transparentes ventanas.

Cuando el arte me ciega, me aturulla, me aleja de la realidad, oigo siempre una voz que me dice: La comida lleva ya un rato puesta en la mesa, hoy también te la comerás fría.

Uno somos todos. Qué gracia les hace eso a los banqueros.

Los banqueros saben qué es la miseria y la pobreza, la usura y el dolor. Lo ven en televisores de 42 pulgadas, alta definición.


Nuestra sociedad va en continua huida hacia adelante, hasta despeñarse. Nadie está dispuesto a renunciar a nada si puede pagarlo.


Texto recomendado: No hay cucos en Nueva york, en el blog de Mart

07 septiembre 2008

Breves notas ideológicas (1)


Nos dieron una libertad ficticia; la real la posee, en este mundo, tan sólo el dinero.

La literatura, cada vez más, es un pozo con una sola estrella: el ego del autor.

En televisión se necesitan más telones. Sobre todo de boca.

El periodismo ha muerto: sólo quedan funcionarios de plantilla que van a ruedas de prensa y copian lo que sale de bocas muy bien educadas para no decir nada relevante.

La vida se vuelve un lugar común y no hay más aventura que morirse para cambiarlo todo.

Las parejas se separan, los hombres se encogen y las mujeres empiezan a mirar con ojos luminosos.

Pero no hay mujer que lo sea enteramente ocupando el espacio de poder del hombre y siguiendo su erróneo ejemplo. Habrá un cambio cuando en el mundo manden las madres, cuando triunfe la ideología de las madres.


Foto: Baylón



Visita: blog Francisco Ortiz - Fotografía




27 agosto 2008

Antonio Jesús García: Calles, televisores y un cadillac


Es un fotógrafo que sabe componer, que basa la fuerza de sus afirmaciones gráficas en el encuadre, que es una toma de postura siempre, una elección fundamental, muchas veces original y arriesgada, porque Antonio Jesús García corta algunas cabezas, elimina detalles que a ciertas miradas parecerán errores, pequeños despropósitos, y en verdad son parte de un estilo sobresaliente de estética y de ética. Los que le conocen le llaman "Ché", no me preguntéis por quién. Y en sus fotografías no faltan la conciencia, la apuesta personal, el riesgo. No se conforma este fotógrafo con repetir modelos -y los tiene grandes y de un calibre monumental: Lee Friedlander, Robert Frank-, con sumar imágenes neutras. No ha pretendido nunca ocupar un espacio porque le apetece, porque cree que se lo merece. Antonio Jesús García "Ché" fotografía desde las tripas y selecciona luego el material con los ojos, con la mente iconoclasta, transgresora. En el libro del título de esta entrada, editado en el marco de los actos de PhotoEspaña 2002, encontramos a un músico sin cabeza que lo expresa todo con las venas del cuello, a un afortunado muchacho que ríe con mucha boca y sin ojos, a un ciego del que vemos una sola pierna y su bastón crudamente blanco, los pies del fotógrafo junto a una cara televisiva, a dos desconocidas en un bar bajo un cristal que recoge el movimiento de salida a la calle, a un hombre y a su perro y una sombra de árbol que hiere y amenaza, a las procesionistas de un paso de Semana Santa de las que sólo vemos sus zapatos, sus rodillas y sus faldas. Pensaréis que son fragmentos, algo roto, pero no es así: son expresiones, verdades que crecen desde el detalle y la ausencia, que le piden al espectador que participe -esa interactividad tan vendida ahora en todo lo audiovisual-, que sugiere y no da hecho, rehecho, quemado ni requemado nada. "Ché" elige y plantea, no da lecciones ni vende imágenes cargadas de bellos colorines y que solicitan tan sólo el asentimiento del espectador porque cuenta con éste, con su voluntad y su buen saber, porque no concibe el mundo desde ningún púlpito, porque no quiere ser maestro sino cómplice. Al arte le sobran tipos que se creen maestros y necesita que surjan más autores como este fotógrafo almeriense que propone y no explica, que desde un blanco y negro afecto al realismo humanista hace un recorrido por nuestra realidad y nos brinda momentos de acierto pleno que nos invitan a relacionar aspectos de la vida cotidiana que huyen y que sólo en su cámara reposan y se vuelven inmortales y nos conceden una segunda oportunidad de mirar, de entender mejor, de movernos con la mente y con el alma desde nuestro puesto de observadores frente a la foto ajena.

Visita a la web de Antonio Jesús García y sus series fotográficas

16 agosto 2008

Javier Campano


La obra de Javier Campano está hecha de momentos tranquilos y muy significativos. Como los que veía Robert Frank, el inolvidable autor de "Los americanos", están cargados de ideas, de conceptos, y son tan efectivos como un libro de filosofía. A veces la novela me hastía, me cansa, porque me obliga demasiado a creer en mentiras, en paisajes que no existen, en seres volátiles. Recurro entonces a los libros de fotografía, a las exposiciones, y la mirada se me aclara, las ideas fluyen con vigor en mi cabeza. Creo en lo que veo porque es cierto, irrebatible, porque las fotografías que me gustan son siempre una crónica, un pedazo del diario personal del fotógrafo, son esbozos pero a la vez son obras definitivamente acabadas. La literatura me sale por las orejas, me entontece a veces, porque pienso que no sirve más que para darle productos inanes a este sistema que lo fagocita todo, que lo descategoriza todo, que todo lo hace papilla. La novela me resulta una vía más para idiotizar al personal, para tenerlo atrapado en la fantasía, para que no luche por las cosas que es necesario cambiar. La novela, en ocasiones, me parece que sólo sirve actualmente para hacerle el caldo gordo al sistema, que se encarga de apartar a los que tienen ideas propias y mensajes interesantes de los cauces que podrían hacer que las propuestas de cambio calaran. Hasta Saramago creo que se deja llevar, se deja engatusar por los políticos y por los que crean con su nombre edificios que a la postre sólo son como estatuas dormidas. Ya digo: vuelvo los ojos a la fotografía y, en este mundo sobresaturado de ficción, respiro viendo las calles que fotografía Javier Campano, los letreros, las cortinas, los anuncios, los sombreros, las carreteras, victoriosamente reales, pujantemente reales, sin fecha de caducidad, y tan útiles que sostengo uno de sus libros en la mano, miro a mi alrededor, abarco algunos cientos de libros literarios con mi mirada furiosa y pienso que todos juntos no valen lo que la mitad de las fotografías llenas de verdades que llenan el volumen de la Biblioteca de Fotógrafos Madrileños del Siglo XX dedicado a este artista fundamental. De verdades y de fisicidad, de hechos próximos y compartibles, de luces que tocan y revelan, de sombras que empujan a meditar. Sí, amigos: leo novelas y el alma se me aquieta, se me adormece, y en cambio veo las fotos de Campano y siento que algo vibra, se despierta, que algo sigue vivo y dispuesto a creer, a compartir y a cambiar. Son fotos pequeñas, son instantes nada decisivos, pero cómo comunican, cómo tienden manos, cómo apelan al alma dormida.

Foto: San Francisco, 1983. Javier Campano


Visita: Recuerdos de un verano con un spray en las calles de Granada: El Niño de las Pinturas

15 julio 2008

El fascismo futurista

Ahora que las empresas despiden a muchos trabajadores amparándose en los malos tiempos, en esa crisis mundial que nos echa el aliento en el cogote como un perro rabioso, mi amigo Luis Castillo me dice que ya está muy claro que han triunfado de nuevo los fascismos, los de nuevo cuño pero tan largamente conocidos a la vez, los que tienen mimbres del pasado pero son fascismos de ahora mismo, fascismos futuristas, como decía un personaje fascista creado por Fernando Savater en su novela "Caronte aguarda", que es una de las preferidas de mi amigo. Luis dice que en una sociedad en la que los bancos proclaman que han ganado más dinero este año que el pasado -uno español lo hizo público anteayer- y no se sienten culpables ni piden perdón por quedarse con lo que no es suyo -un banco no produce nada, dice Luis- sino que encima lo publicitan y se ufanan de ello; en una sociedad que aún pierde el tiempo revisando el pasado falsamente comunista de la antigua URSS -¿por qué se empeñan en llamarlo comunismo cuando no había de común más que el miedo y el secreto?-, que tiene a escritores empeñados en defender la libertad por encima de todo y comulgan luego con los excesos de un capitalismo homicida; en una sociedad jerárquica, donde triunfa el enchufismo, el miedo al otro inculcado por el fascismo latente y viviente que corre por las calles disfrazado de desconfianza pero que está hondamente metido en las almas de los que consiguen algo y tienen miedo de que los pobres, los desposeídos, los que vienen de fuera -extranjeros- les roben "lo poco" que tienen; en una sociedad occidental donde el tanto tienes tanto vales es más fuerte y más imborrable que nunca; en una sociedad desarmada y contentada con más fútbol y algo de pan, cervecitas y algún viajecito en el coche de papá; en una sociedad que se acomoda y deja que la gobierne el fascismo real y hábilmente disfrazado de democracia consultiva pero incapaz de haber dado un solo paso adelante en conseguir la igualdad y la fraternidad anheladas; en una sociedad de este tipo, dice mi amigo Luis Castillo, sólo cabe pensar que el fascismo futurista ha triunfado de pleno y dejando de lado las minucias se ha concentrado en mantener el poder en manos de los poderosos -esas oligarquías llamadas multinacionales-, en aislar y blindar las opciones de cambio profundo y auténtico y en arraigar cada vez más en lo profundo la jerarquía y la desconfianza hacia el vecino, en marcarlo todo con un precio y en separarnos de lo que en verdad nos define como humanos -la amistad, el amor, la compañía, el ocio, la cultura, el inconformismo- y en amedrentarnos, ponernos ante los ojos todos los desastres posibles -en los telediarios, chorreantes de sangre y de noticias largadas en serie, sin espacio para la reflexión-. En una sociedad como ésta, piensa mi amigo Luis Castillo, sólo queda empezar a plantearnos la vida desde el final, como si hubiéramos muerto y tuviéramos que analizar cómo fue nuestra existencia para quizá empezar a reaccionar o al menos a darnos cuenta de cómo hemos parido una ideología que nos alimenta y a la que no parece que vayamos a renunciar, ese fascismo futurista que nosotros creamos y del que, paradójicamente, somos ahora sus hijos muertos.


Imagen: "Boulevard Montmartre, efecto nocturno", de Camille Pissarro


Leer y ver : "Christian, el león" . En el blog de Mart

04 julio 2008

J. M. Coetzee: Desgracia


El arte de la novela precisa de preguntas más que de respuestas. No es fácil entender el mundo, no es fácil estar situado en ningún sitio, no es fácil ser. Coetzee, en esta gran novela, nos habla de cómo un hombre ha de aprender a perderlo todo para empezar de nuevo, de cómo no nos entendemos unos a otros sino desde la más insolente subjetividad, que en verdad sólo nos separa. Un profesor de universidad se acuesta con una de sus alumnas y cae en desgracia. No tiene demasiado interés en conservar su puesto ni su buen nombre, atónito quizá, orgulloso siempre. Viaja a la granja de su hija y se encuentra con la naturaleza, con perros que van a morir sin saberlo en manos de una mujer que los quiere y los consuela pero les inserta la aguja fatal en sus indefensos, inútiles cuerpos de seres abandonados. Hace el amor con alguien por quien no se siente atraído; él, que tanto amó la belleza y la juventud resplandeciente. Se enfrenta a una hija que no quiere volver a vivir en una ciudad pese a que es objeto de una dura agresión.
Y ahí empieza otra vida para el profesor. Ante un nuevo paisaje, ante una hija violada que no quiere huir y dejar atrás un lugar que la cosifica, la reduce, David Lurie, a sus cincuenta y dos años, se da cuenta de que la vida acepta el sufrimiento, el cansancio, la derrota, la indefensión a cambio de seguir siendo sólo eso, o nada menos que eso: vida.
Coetzee, con un estilo de frase corta y casi transparente, con una voz susurrante, nos hace llegar una historia en la que no caben los tópicos, en la que se les da la vuelta a mil y una ideas preconcebidas, en la que late siempre otra voz que aún no ha muerto, que nunca morirá: la de Dostoievski. Y es así porque los seres que pueblan este libro son gente humillada y ofendida, son personas que continuamente interrogan a la vida y su sombras y tienen que tomar decisiones para seguir adelante. Son personajes que optan por mirar muy adentro de sus almas, con el riesgo de encontrarse con que esas almas puedan no existir, ser meros reflejos, limitadas creaciones de la mente humana. De alguna manera pienso que Coetzee es un escritor que apuesta por la antiépica, que da la espalda a lo grandilocuente, que nunca habría podido escribir obras que clamen, apacigüen o señalen caminos incontrovertidos. Sus indagaciones son tan hondas que llega hasta el punto en que el vacío es ya lo único que vibra dentro de cada ser: y nos descubre que es su parte más auténtica, la última, la verdadera.
Que nadie se asuste: "Desgracia" es una obra necesaria, un paso formidable en la creación literaria de nuestra época, un mapa por el que moverse con libertad y sin temor. Eso sí, también sin ningún agarre. Es una novela necesaria en un tiempo en que estamos rodeados de novelas prescindibles.


Texto recomendado: "AUTOBIOGRAFÍA (LVI) - La caza", en el blog de Luis Quiñones Cervantes

27 junio 2008

Putas asesinas, de Roberto Bolaño


El primer relato del libro, "El Ojo Silva", es acaso una perfecta síntesis de lo que fue Roberto Bolaño, de dónde vino y también a dónde se dirigía. Porque la influencia del gran Julio Cortázar es evidente en esta historia que nos remite a algún cuento del escritor argentino y a la manera en que Cortázar encaraba sus relatos, llenos de cosas de este lado y del otro, de lo visible y de lo invisible, con destellos y fogonazos de literatura fantástica y deslumbrantes encuentros con la mejor narrativa realista. Hay un deseo de absoluto en ambos, una mirada deseperanzada y llena de vida a la vez, una necesidad de comunicación y de comunión con los semejantes que arrastra, que no deja jamás indiferente. Hay también un asomo a cierto abismo de la fábula que en los dos escritores es un riesgo mayor y asumido, que puede subyugar de entrada o alejar de forma permanente al lector que no se siente concernido. Y también veo en Bolaño una libertad en la escritura que lo hace diferente -como a Cortázar su período largo, lleno de meandros y de voces concatenadas-, un dominio sensacional de la frase corta alternada con una frase larga nunca detentadora de estilo, nunca exhibidora de estilo, que me parece muy destacable y singular, pues hace que el texto respire sinceridad y se sitúe en un espacio exacto entre lo puramente literario (ficción) y lo enteramente creíble (más que ficción). El relato, con algunos defectos que lastran la credibilidad de su desarrollo al final y lo insertan con demasiada fuerza en la fábula, es hijo de un autor con un mundo al que se hace necesario volver.

20 junio 2008

El público lee


Este programa del Canal Sur es todo un lujo. Invita a escritores españoles que han publicado sus libros en fechas recientes y los enfrentan a tres lectores. El diálogo es fluido, animado, y casi siempre interesante, muy interesante. El presentador es Jesús Vigorra, uno de esos tipos entrañables y con buen humor, sabio pero nunca pedante, con muy buen ojo para seleccionar los libros, a los autores y las preguntas que les hace a los creadores al principio y al final del programa. Estoy convencido de que ganan lectores para los libros elegidos, pues todo resulta ameno, cordial y cálido. Y nunca superficial. Yo, sin ir más lejos, he salido alguna vez a comprar alguno de los libros - "Saber perder", de David Trueba, por ejemplo- de que han hablado después de ver el programa. Os dejo un enlace para que veáis -y os bajéis, si queréis - el último que han emitido. Repetiréis.





http://www.radiotelevisionandalucia.es/

14 junio 2008

Alberto Moravia: Nuevos cuentos romanos



Nos faltan escritores como Alberto Moravia, los necesitamos, porque en esta realidad confusa y maleable es preciso que haya autores que son la voz del pueblo, que levantan acta de los hechos cotidianos y se preocupan por saber qué pasa cada día, por leer la actualidad y meditar sobre ella mediante una literatura útil y sugerente. Nos faltan escritores como Alberto Moravia, atentos a lo que se cuece aquí y ahora, con talento para abordar los temas que nos ocupan y nos preocupan. Necesitamos a escritores como Moravia, soldados civiles de las letras que luchan para dejar constancia de lo que al ser humano de nuestro tiempo mejor lo define y caracteriza.
En el libro "Nuevos cuentos romanos" hay un relato, titulado "La confidencia", en el que un camionero que ha atropellado a un motorista y se ha dado a la fuga le cuenta a su novia qué cobarde fue dejando a un hombre muerto detrás, qué cobarde fue por no parar tras embestirlo con su camión. El sentimiento de culpa del camionero, la reacción de la novia, la situación que genera la confidencia son algo digno de ser leído y muy adecuado para confrontarlo con las reacciones que hoy podrían darse en personajes semejantes, cuarenta y cinco años más tarde de la publicación del libro. ¿Hemos cambiado mucho, poco o nada? ¿Cambia el hombre ante la fatalidad, es otro hombre, es universal e inmutable la cobardía? ¿Cómo valoramos la vida de los demás? Moravia dejó un relato magnífico, con todas las preguntas y algunas respuestas. Y apenas son seis páginas. Qué lección de concisión, compromiso y verdad. Para tomar nota.

08 junio 2008

Patricia Highsmith: La casa negra


Las narraciones de Patricia Highsmith están llenas de ideas. Pocos escritores se han planteado la literatura como ella, o al menos son pocos los que han acertado, como Highsmith, con un planteamiento narrativo que encierra -y origina - tantas ideas. Ya antes he escrito que esta autora es una grande de la narrativa del siglo XX, más acá y más allá de cualquier precipitado encasillamiento. Los relatos de "La casa negra" son producto de la madurez de Patricia Highsmith y forman un libro indispensable. "Bajo la mirada de un ángel sombrío" es sencillamente excelente. En él se habla de la vejez y de los ancianos que les cuestan mucho dinero a sus familias desde el momento en que no se valen por sí mismos y han de ingresar en una residencia de pago; de la educación de algunos padres que leen la Biblia y la tienen por un elemento imprescindible en sus vidas y les imparten lecciones a sus hijos aunque la lectura de ese libro sagrado no siempre hace mejores ni a los progenitores ni a sus vástagos, algo tristemente constatable y que lleva al protagonista de la historia a quemar el Antiguo Testamento, horrorizado por su difusión de la imagen de un Dios vengador; de la amistad desengañada y del miedo a la soledad, del chantaje, del poder del dinero por encima de todo. Son veinte páginas de una narración que no es negra ni policial y que es una auténtica maravilla, un ejemplo perfecto del talento y la profundización psicológica de una escritora singular y nunca lo suficientemente bien celebrada. Una escritora comprometida, pura y valiente, que habla de problemas y preocupaciones universales y existenciales a su manera tan equívocamente transparente, siempre ágil y profunda. Pocos como Patricia Highsmith sabían tanto sobre ángeles sombríos, pocos acertaron a contarlo con tanta claridad y maestría, sin vanos golpes de efecto y sin volverles la espalda a las verdades literarias y humanas. Pocos han conseguido involucrar tanto al lector. Este relato es una muestra más.

03 junio 2008

La crisis

Me dice mi amigo Luis Castillo que siente vergüenza ajena al leer los datos que estos días hacen públicos algunos bancos, proclamando sus beneficios millonarios mientras los que les llevan el dinero están cada vez más endeudados y fastidiados. ¿Por qué no son solidarios y bajan las comisiones?, se pregunta Luis, si tienen tantos beneficios no debería importarles. Y además, ¿quién se queda con todo ese dinero que ganan? Va a las manos de unos pocos tipos que viven en la gloria mientras el resto tiene que atarse los machos y sufrir para seguir tirando. Es absolutamente inmoral, sentencia Luis, y a esto hemos llegado porque quienes de verdad mandan en el mundo son los banqueros. No somos ciudadanos, somos clientes. Quien no quiera verlo, allá con su miopía.
Luis prefiere que estén los socialistas en el poder -¿Has oído lo del saludo de Arriba España que se dedicaron dos políticos del PP hace poco?, tío, siguen teniendo un aura franquista que tira para atrás estos de la derecha española- , aunque no deja de ver que tratan de suavizar lo innegable sin conseguirlo: Desde que se implantó el euro, esto es un desastre, Paco, todo está disparatado, las subidas de los precios dan miedo, los redondeos acojonan. Vas a comprar comida y vuelves apesadumbrado. Los tomates no saben a tomate, las patatas no saben a patata, todos los sabores parecen huidos, pero todo cuesta una barbaridad. Luis es más bien anarquista, así que analiza siempre con un poco de rabia y de desconfianza lo que ocurre en nuestra sociedad, pero tengo que darle la razón cuando dice que nos hemos deshumanizado tanto, nos hemos idiotizado tanto -Mientras a la gente no le quiten su cochecito, la salidita del domingo y el dinerillo para las cervezas y las tapas nadie verá que esto va para atrás, que esto está chungo, Paco- que ya no vemos ni oímos ni, por supuesto, sabemos unirnos para protestar y hacernos oír. Los que mantienen a un país son los de abajo, pero nunca han importado y nunca importarán. Mira, Paco, el capitalismo es aborrecible, el supercapitalismo es denigrante y el hipercapitalismo que soportamos es criminal. Las crisis como ésta están orquestadas, teledirigidas, controladas como si se soltara cuerda y se dejara que estuviera tensa hasta que interese recoger y destensar, brindar un poquito de calma y de felicidad amañada, fugaz, de espejismos que muy veían gente como el Mersault de Albert Camus. Unos por cabrones y otros por idiotas, cada vez me decepciona más el personal y puedo decirte, Paco, que no voy a caer en el nihilismo pero cada vez estoy más convencido de que el ser humano es un capullo vanidoso y sin moral que merece muy poco la pena. Protesto, pero Luis me dice que le deje acabar: Como tantos otros, acabaré viviendo solo, acompañado de un perro, que es el ser más noble de la creación, el más inteligente, el más transparente y fiable, Paco. Nunca un buen perro muerde la mano que le da de comer, nunca huye si tiene que defender a quien quiere, nunca le olvida y hasta puede morir de pena cuando quien vivió a su lado fallece. Esta mañana, Paco, me voy a la biblioteca a leer algún libro sobre los perros y su mundo. Y se lo recomiendo al resto de la humanidad.


Foto: Sergio Larrain

30 mayo 2008

Pasos, de Federico Luppi


Olvidamos muy deprisa, olvidamos como si las cosas no hubieran sucedido, olvidamos como si nos quitáramos no la ropa vieja sino a esos otros que fuimos nosotros mismos y que no nos sirven ya de nada. De un cercano ayer habla "Pasos", necesaria película que, pese a sus limitaciones y carencias, es de las que uno recomienda, porque tienen mucha vida dentro. La historia de unos hombres y unas mujeres que acaban de dejar atrás el tejerazo, el intento de golpe de estado de 1981, es interesante, un vaso de agua fresca entre tanta arma ardiente y hollywoodiense que nos mata de calor y de aburrimiento la mayor parte de las veces. Es el pasado de este país lo que sale aquí a pasear, lo que se ventila como una casa vieja a la que se le abre una ventana. Somos demasiado listos, demasiado sabios -eso creemos-para aprender de los hechos recientes, que nos apresuramos a enterrar, como si fuéramos creadores de modas o destructores de las mismas, algo que vemos a menudo en la música pop. Pero la música y las palabras se las lleva el viento y a veces vuelven, nos tocan la fibra, nos recuerdan que no envejecemos partiendo de la nada y que somos, ante todo, pasado. No es ésta una gran película, la perjudican el esquematismo y el deseo de golpearnos con un hecho trágico y globalizador, pero seguro que cuando la veáis recordaréis momentos de vuestro ayer y pensaréis un poquito. No creo que Luppi se sienta mal sabiendo que consigue de cada espectador dos minutos de silencio meditativo.

21 mayo 2008

Kjell Askildsen (y Julián Rodríguez): Todo como antes


Qué gran prólogo de Julián Rodríguez para este libro recién aparecido en el que se recogen tres obras de Askildsen, del que ya antes hablé en este blog en alguna ocasión. Elige 12 palabras Julián Rodríguez y crea un breve "Diccionario Askildsen" que es una perfecta puerta de entrada al mundo de este escritor noruego al que hay que celebrar leyendo. Lo define Rodríguez como "existencialista en la era del fast food", definición precisa y evocadora y que alabo, sin más. Menciona también Rodríguez a Moravia, a Camus, a Pavese, y no lo hace para demostrar su gran cultura, sino para homenajear y situar la obra de Askildsen, al que precipitadamente se mete en el mismo saco que a Carver - imperialismos culturales mediante, cómo no, y conformismo de las ideas en los que encasillan y salen corriendo-. Un libro que son tres libros y un prólogo memorable. Y en bolsillo, a un precio de bolsillo. Qué alegría poder recomendar libros como éste, que aún se editen libros tan recomendables y tan útiles.

(Por cierto, muy bien elegida la foto de la portada, del maestro Bruce Davidson, uno de los mejores fotógrafos del siglo XX).

17 mayo 2008

Ellen Hunnicutt: La biblioteca musical


Nunca acabo de explicarme por qué hay libros valiosos que desaparecen y son engullidos por el olvido y el desinterés de quienes viven de los libros. Sé que vivimos en una sociedad hipercapitalista, con editoriales dirigidas por ejecutivos que poco o nada saben de literatura y mucho, eso sí, de números. Pero que se les pase reeditar libros como éste, que tienen un gran público potencial, no me lo explico.
Editado por Laia en 1989, "La biblioteca musical" es un libro que reúne un conjunto de relatos que tocan temas que a todos nos interesan - una madre que ha perdido a su hijo, que sólo vivió cuatro días; una mujer violada que intenta rehacer su vida familiar; un hombre con una enfermedad terminal; un obrero que de repente decide escribir- y que se presentan envueltos por una prosa de altura, con grandes aciertos verbales y morales, profundos, que incita a saber más de la gente y de los músicos, de los que ya han triunfado y de los que los forman, profesores que tienen vidas privadas que nos reflejan a todos.
Es un libro que tiene un público potencial grande, que posee la sensibilidad adecuada para captar a un número importante de lectores que pueden ser habituales o que se acerquen al libro porque adoran la música.
"El regateo" es uno de los relatos del libro. Una profesora es interrogada por un alumno insatisfecho mientras realiza ejercicios al piano. Quiere saber si es preciso haber sufrido para ser un gran artista. Quiere que ella le responda, pues ha perdido a un hijo. Y la respuesta vendrá de la mano de Vladimir Ashkenazy, el pianista que está fotografiado en la portada de un disco y dialoga con la profesora durante unos instantes en que realidad y fantasía se unen sin que nada se estropee, con una naturalidad apabullante. Ashkenazy -ese pianista al que los habituales de este blog saben que admiro más que a ninguno otro- le ofrece una nueva mirada, le da un consejo y ella lo sigue. Y se oye al fondo un vals amargo de Chopin.
Sólo en librerías de lance, en librerías virtuales es posible encontrar ya libros como éste. Pero os aseguro que merece la pena buscarlo y conseguirlo. Yo sigo la actualidad casi al minuto, compro novedades, no soy un nostálgico recalcitrante. Pero opino que hay libros que no merecen desaparecer, que exigen del lector un pequeño esfuerzo de búsqueda y paciencia y recompensan con momentos y recuerdos que indeleblemente quedan en la memoria. Éste libro es uno de ellos.

12 mayo 2008

Mis fotos 1 Viva la república




Éste es un blog en el que cabe la meditación fotográfica, e incluso la creación fotográfica. Los que me conocéis ya sabéis que la fotografía es mi segunda pasión artística (algunos amigos me dicen que la primera, en fin, porque acierto más cuando me expreso con la boca cerrada). Así que os presentaré algunas fotos de las que me siento menos insatisfecho. Ésta responde al título de "Viva la república".




09 mayo 2008

La España que te cuento


He aquí un libro interesante, generoso, necesario. Un libro en el que se habla de nuestro país, de alguna gente que vive en él y pasa junto a las grandes noticias, las escucha, las siente, pero no las crea, no las adelgaza ni las envilece ni las engorda con su presencia, a no ser de forma muy lateral, como sombras. La idea parte de la experiencia de José Ovejero en Alemania, donde hay más audiolibros que aquí, y de su visión levemente desencajada, que es tan necesaria para mirar mejor y saber más: así nos observa, entre otros, Juan Goytisolo, entornando los ojos desde la distancia, y así acierta casi siempre en sus análisis y en sus juicios. Ovejero reúne a un grupo de escritores nada desdeñables, desde el ubicuo y celebrado Vila-Matas hasta el maestro José María Merino, pasando por Fernando Aramburu, Antón Castro, Rosa Montero o Cristina Grande. La tarea es hermosa y por eso recomiendo la lectura y la audición de este libro -viene con un disco dentro, un estimable regalo con la voz de los propios autores leyendo sus relatos -, y destaco la importancia de cerrar un momento los ojos, salir de nuestro país y mirarlo desde lejos durante un rato, desde el lugar inmaterial que crea la literatura, para volver y comprender mejor, comprendernos mejor.