08 abril 2009

Star Trek Voyager: Emanaciones


Vaya por delante que a uno le gusta mucho la ciencia ficción. Pero quede claro que hablamos de una ciencia ficción firmada por Ray Bradbury, el mejor Isaac Asimov, Stanislaw Lem, la Ursula K. Le Guin de "Los desposeídos" o Doris Lessing, esta última Premio Nobel. Esa ciencia ficción a la que no le hacía ascos Jorge Luis Borges.
Así, no os extrañará que no vea las series del momento en televisión y que a veces ponga de nuevo en el reproductor un dvd de las viejas Star Trek (todo lo que no sea de este año les parece a algunos ya viejísimo). Ayer estuve viendo el episodio noveno de la primera temporada de Star Trek Voyager. A mi lado estaba mi seria y realista compañera, que no es demasiado aficionada al cine ni a las sesiones de mitomanía a horas intempestivas . Ella, en todo caso, prefiere la serie original y a Spock, cuyo gancho entre las mujeres aún está por estudiarse.
El episodio es una larga meditación dialogada sobre la muerte y lo que ocurre después de la muerte. Está escrito por Brannon Braga, que tiene mucha parte de culpa de los aciertos de Enterprise, posterior a Voyager y de una calidad media más que aceptable (con caídas en ciertos capítulos entregados a la pura acción que los buenos aficionados disculpamos). Ya digo: casi todo es diálogo. Casi como una obra de teatro, dije, y mi compañera asintió (su juicio me importa mucho, porque equilibra mi natural tendencia al entusiasmo repentino y desmedido). Oye, y no hay un solo tiroteo, no hay luchas a brazo partido, no hemos visto ninguna escena de violencia. Todo un logro, ¿verdad?
Creo que este tipo de ciencia ficción es el último refugio para hablar de temas trascendentes, importantes, decisivos que afectan al ser humano. Se llevan a unos cuantos personajes a un planeta desconocido, les cambian las caras y los maquillan como a extraterrestres humanoides y les dejan hablar y decir cosas que en otras series sonarían demasiado rimbombantes o sencillamente increíbles. Y arman una pequeña historia que entretiene, hace pensar, hace dudar. Y es que quizá Sarte, Camus y otro como ellos sobreviven en las estrellas, están más vivos allí que aquí, donde casi todo está dado a la investigación de policías infalibles, a los chistes de adolescentes que no adolecen de nada elemental, a pitorreos vanos de seres llamados periodistas que cobran por masacrar a sus semejantes ante una cámara. La tele sirve para esto, mejor para esto, le dije anoche a mi compañera con la carátula del dvd de Voyager en la mano. Ella no dijo que no.



01 abril 2009

Marvin Harris: La cultura norteamericana contemporánea

La facilidad con que Marvin Harris se expresa y nos adentra en los mundos de la antropología tiene un mérito enorme: a nadie le parecerá que anda por caminos difíciles, ajenos, extraños. Leerle es fácil, seguir sus ideas no cuesta nada y llenarse de conocimientos y de razonamientos puede resultar tan divertido como leer la más entretenida de las ficciones. Este libro está planteado además de manera casi detectivesca, con emoción enhebradora que une capítulos y que lleva al lector desde las preguntas a las respuestas manteniendo siempre viva su atención.
"La cultura norteamericana contemporánea" es un libro que sigue vigente, pleno de verdades y de aciertos. Es muy útil para saber de qué está hecho nuestro presente, de dónde vienen los peores desconsuelos y los sobresaltos que sacuden a la gente de a pie. Podemos hallar en él datos, cifras e ideas muy útiles para saber más de la actual crisis económica, de los motivos que hay detrás de la baja calidad de los productos que utilizamos a diario en nuestras casas, de los pasos que llevaron a las mujeres a dar un paso adelante y fuera del hogar, de la homosexualidad y sus historia, de la violencia en las calles. Marvin Harris puso su mirada sobre la sociedad de su época -y de la nuestra - y dejó lecciones de sobriedad, independencia y profundo acierto abordando temas que a todos nos preocupan.
Uno va abandonando la lectura de libros de ficción para recuperar otros de ensayo, antropología, psicología, pensamiento. Volver a leer -o descubrir - a autores como éste -o Augé, Baudrillard, Jáuregui, Fromm- le hacen sentir que utiliza de forma más útil su tiempo y que escapa al acoso de yerma ficción que nos rodea, tan atontadora y tan estirilizadora. Uno tiene la sensación de que recupera el tiempo, de que da un paso -aunque pequeño- hacia delante, como el que apaga la televisión y come en silencio, con sus pensamientos, y descubre dentro y fuera de sí más vida de la que imaginaba. Acaso todo consiste en eso: en ver que uno de verdad existe y que los demás también existen.

22 marzo 2009

Richard Bowker: Gracia


Es un relato corto, aparecido en la revista "Isaac Asimov Magazine", concretamente en el número 8, que fue publicado en 1986. Cuenta la historia de un hombre que viaja en una nave de carga y visita regularmente un planeta en el que una anciana se ha encomendado a sí misma la tarea de curar a unos seres con aspecto repelente y poca inteligencia que padecen una enfermedad mortal que les está llevando a la extinción. Narra este tripulante, que se entera de que la anciana era una emprendedora mujer de negocios en su juventud que amasó una gran fortuna en la Tierra y se ha retirado a otro planeta a cumplir una misión extraña, acaso dictada por Dios, a quien ella menciona y en quien cree. La anciana está gastando su dinero y su vida en retrasar la extinción de una especie que cuando ella falte desaparecerá, pues a nadie más le importa su existencia. Y el tripulante se interesa cada vez más por ella, se interroga e interroga a otros para valorar y determinar si la anciana es una santa. Al no encontrar una respuesta definitiva, se decide a preguntárselo a la propia anciana, que lo niega. Y él decide entonces que sí es un santa, pues el verdadero santo ni quiere la santidad ni aspira a conseguirla ni le preocupa en absoluto lo que el mundo piense de sus actos. El relato acaba con la muerte de la anciana, con la extinción de la raza poco inteligente y con un acto violento: el tripulante le vuela la cabeza al ayudante de la anciana, que tras la muerte de ésta no la ha enterrado y ha permitido que el cadáver quede a la intemperie y pudriéndose bajo el sol. O no: acaba cuando el tripulante ingresa en un seminario.
El relato es corto, pero intenso y lleno de provocadoras, inquietantes ideas. Así es la mejor literatura de ciencia ficción. Habla de un momento concreto y de conceptos eternos, de temas e inquietudes de difícil resolución. Que este relato nos llegue en una publicación de quiosco, en una revista de literatura popular y aparentemente menor me lleva a pensar en qué equivocados estamos a veces comprando ciertos libros y siguiendo a los autores sancionados como mayores por la crítica y los medios de comunicación. La gran literatura, la mejor, es la que conecta con nuestras inquietudes, la que despierta en nosotros deseos de saber más, de seguir adelante con más respuestas y, sobre todo, con más preguntas. La gran literatura de nuestro tiempo, la que perdurará, quién sabe si ahora mismo está en fanzines, en blogs, en los lugares más insospechados. Habrá que tener los ojos bien abiertos.


Imagen: Isaac Asimov Magazine nº 2

04 marzo 2009

Seis miradas. Colectiva fotográfica española


En la Fototeca de Veracruz "Juan Malpica Mimendi" (México) podrán verse fotos de Antona, Carlos Manzano, Francisco Ortiz, Juan Bautista Morán, Marco Antonio Sarto, Rafa Sámano desde el día 6 hasta el 31 de marzo.
Esta antológica se debe a una idea y un proyecto de Graciela Barrera.
La Fototeca de Veracruz está dirigida por el fotógrafo Carlos Cano.

21 febrero 2009

Miguel de Unamuno: Mi religión y otros ensayos breves


Soy unamunista. Es uno de los autores a los que más he leído, sobre todo su obra ensayística, que me ha atrapado y me ha dado la oportunidad de meditar sobre los asuntos que más me inquietan y que aun hoy no tienen respuesta clara, que acaso nunca lleguen a tenerla. Muchos ya ha zanjado el debate sobre Dios, como el debate sobre capitalismo y socialismo (o comunismo). No les envidio. Me temo que la existencia del ser humano tiene su mayor aprovechamiento y su mayor valía en la lucha, en la pelea, en el camino. Quedarse quieto es morir. Ser dogmático es morir. Creer que ya se sabe todo es morir. Vaya: cuánto muerto viviente puede verse en cualquier parte, pues.
Con Unamuno no se hacen genuflexiones. No se trata de leerle y beber del vaso de agua que tenemos en la mesa, a mano, tragar y decir: Sí, claro. Unamuno no escribe para fijar, sino para continuar un camino que otros empezaron antes que él y cuyo testigo (esto es una carrera, por supuesto, es la carrera de la propia vida) le pasa al lector de sus escritos. Unamuno incomoda, nos hace revolvernos en el asiento. Con Unamuno se aprende y se disiente. Con Unamuno, amigos, uno nota que está vivo. Cansado me encuentro ya de la compañía de tanta literatura que sólo me remueve los intestinos, que me acaricia el cerebro o me cansa las rodillas de estar encogido a causa de tanta emoción que luego se disipa como el vaho y tiene su misma trascendencia. Me quedo con Unamuno, con sus dudas y sus insatisfacciones, su deseo de no agradar, de llegar hasta el fondo de los asuntos; me quedo con sus hondas equivocaciones y sus sabias rectificaciones.
Confieso que en lo humano, lo filosófico y lo religioso no me hallo muy lejos de Unamuno. Lo que no quiere decir que sea su epígono, una sombra ni una mancha a su lado o al lado de sus libros. Considero que sigo andando (a veces vagando) por su camino. Y como en "Mi religión y otros ensayos breves" está el Unamuno más puro, más hondo, más cierto, no puedo sino decir que es uno de los libros que siempre me ha acompañado, que ha resistido viajes, traslados (físicos y emocionales), tareas de desescombro y avatares muy diversos, y que a estas páginas le estoy profundamente agradecido por haber hecho de mí lo que soy y, en parte, lo que algún día seré.


Retrato de Unamuno: José Gutiérrez Solana



Lectura recomendada: Rayuela, recordando a Julio Cortázar, en el blog de El Hippie Viejo

Lectura recomendada: Blanco y negro, en el blog de Marcela

10 febrero 2009

Aitor Lara


En este proceloso mundo de novedades, de noticias que caducan a la media hora, de caras que dejan de interesarnos apenas apagamos el televisor o cambiamos de canal, la fotografía se impone como el medio ideal para volver a ver, para detenerse y pensar, para salir de nuestro mundo y disfrutar de la alteridad; o para concienciarnos, sencillamente. El cine no nos sirve para aislar, para centrarnos en un aspecto o una idea. El cine es imagen en movimiento y aunque sea documental raramente escapa al deseo de narrar, de ordenar el caos dentro de una historia. Incluso el documental es narrativo y tiene un pie siempre dentro de la ficción, porque no puede evitar el montaje posterior a la toma, a la captación, y deja perdidas en el aire, para siempre, partes de una historia que devoran la objetividad.
Pienso en Stendhal, en Balzac, y los imagino hoy fotógrafos. La novela ha entrado en una fase crítica, le hace el caldo gordo al sistema, no plantea casi nada y no resuelve, no conmueve más que al entregado a la causa, al apasionado, al que disfruta con la palabra y se evade de la realidad para vivir en su realidad, en su pequeño mundo del que no lo van a sacar los miedos ni las angustias de unos personajes de ficción. La narrativa contemporánea es cada vez más narcisista, refugio de letraheridos, de buscadores de emociones textuales. Con la muerte de John Updike, me temo, el cataclismo aumenta y la novela, el relato, corren derechos hacia el gueto, hacia la marginalidad, hacia el festín de la letra, olvidando el festín del sentido y de la necesidad de cambio y renovación, de replanteamiento y revolución. Como ocurre con el cine, la novela es un producto para ociosos que quieren vivir otros mundos sin mancharse, que no se cuestionan nada una vez cierran el volumen que tienen entre las manos.
La fotografía ha tomado el testigo y es el arte más directo, más universal, más capaz de mostrar quién es el otro, qué pasa de verdad en el mundo, de qué están hechos la miseria y el abandono y la crisis y la falta de valores y el hundimiento de una época (Juan Herrezuelo dixit) que no da para más. La fotografía sólo precisa de un segundo, de una atención breve, de una sensibilidad que cualquiera tiene. Dadle un minuto y os dará una hora, dadle un hueco y os dará una vida. No hay ningún arte tan verdadero, tan esencial, tan actual, que sepa con tanta precisión mostrar al ser con dos piernas y un cerebro desaprovechado.
Todo esto se me ocurre viendo las fotografías de Aitor Lara, con un pie en el pozo de nuestra enmarañada realidad, agobiada por crisis y recesiones. Hoy las he descubierto, esta misma mañana, gracias a un blog que visito a diario (Encuentros fotográficos) y con el que me mantengo informado de cuanto se mueve en el arte fotográfico. Y me siento inmediatamente llamado a escribir este texto y hablar de un fotógrafo al que no conozco, pero del que ya me siento deudor apenas acabo de visitar su web. ¿Quién puede negar el valor antropológico de sus retratos in situ, el valor humano de sus fotos callejeras, el valor estético de sus fotos de la Maestranza? Aitor Lara es un ejemplo de cuanto digo arriba, es la perfecta reencarnación del espíritu realista de los grandes escritores del XIX (con una narrativa del gesto, del espacio, de la verdad encarnada en personajes reales, de carne y hueso), es un magnífico continuador de la obra de autores como Walker Evans y Diane Arbus (también se reconoce una cierta mirada cercana a la del gran Baylón). No hay apresuramiento ni ventajismo en sus proyectos, no hay ganas de sorprender ni de dar engañifa mercadeante a cambio de euros fáciles. Sus fotos son honestas, cercanas, humanas y absolutamente necesarias. Son creaciones que tienen el sello de lo eterno y de lo logrado con el material más cercano. Es este el fotógrafo que más me ha sorprendido en los últimos años. Alguien que está llamado a ser un clásico, un maestro de este medio.

02 febrero 2009

"Dios, hoy", de José Antonio Jáuregui


Dios, hoy, no está donde estaba hace un siglo, cinco siglos. No es inamovible, no es indiscutible, no es patrimonio de nadie. Dios, hoy, anda entre cazuelas e imágenes que se reflejan en el suelo de los salones de nuestras casas, debajo de los televisores; entre niños que se mueren y otros que les pegan a los compañeros de clase, a los más débiles; entre obreros que le temen y patronos que blasfeman cuando nadie los oye. Dios no se ha ido. Dios está en nuestro vocabulario de cada día; en los nuevos dioses terrenales: los futbolistas que marcan un gol y señalan al cielo; en los que piden a la puerta de una iglesia y en los que regañan dentro. Dios no se ha ido. Es del hombre y para el hombre. Sea lo que sea Dios.
José Antonio Jáuregui escribió este libro defendiendo la existencia de Dios. Dios no puede irse, nos dice, porque aquí sigue el hombre. (¿Quién creó a quién? Cada cual que opine lo que quiera.) Jáuregui es taxativo, pero también argumentativo. Habla de Marx y de Dios y uno gana, pero el otro no es destrozado en la lucha ni tras la lucha. Habla del imperio romano pero no hace leña del árbol caído. Porque busca un Dios en diálogo. Un Dios que no ha desaparecido y cuya existencia puede rastrearse en la ciencia, en los escritos de los poetas, en la arquitectura, en la música, en las imágenes. No tiene temor Jáuregui a decir que Jesucristo era en su época lo que hoy consideraríamos un subversivo de extrema izquierda (pacifista, nunca en armas). Jáuregui cree en ese hombre y Dios que "acoge a prostitutas y ladrones"... pues "es un milagro de amor... Hay esperanza". Y de eso trata este libro: de la esperanza. ¿Por qué hay que decirles adiós a la esperanza, a los sueños, al deseo de ser uno y uno entre los demás, a ser algo más que un triste animal con voz y palabra y textos que será convertido en inútil polvo? Para los que creen en ese Dios, este libro es una esperanza. Para los que no creen en ese Dios, es una vía a la esperanza en algo mejor, es una apuesta por la fe en el hombre también, en la utilidad de la existencia y en el valor de los actos. No es poco en una época en que, si pudieran, nos reducirían a ser números. Y negativos, seguramente. En que eliminarían nuestras caras y nos convertirían en seres borrosos, utilitarios y desprovistos de sentido vistos de uno en uno y seguramente también en conjunto. La humanidad no acaba. La historia no se acaba. Nos quedan la razón, el deseo de infinito, la conciencia atormentada y plantada en el sentimiento trágico de la vida. Nos queda la esperanza. En Dios -quien crea-, en nosotros mismos -todos-. Con este libro, José Antonio Jáuregui nos entregó motivos para seguir viviendo (y, a quien le toque, creyendo).



Foto de José Antonio Jáuregui : Bernabé Cordón

14 enero 2009

En Valencia: Luis Baylón y Bernard Plossu




Pocas obras fotográficas conozco que sean tan coherentes, esenciales y necesarias como la de Luis Baylón. No hay saltos estilísticos vanos, imágenes metidas con calzador para ponerles el sello de autor, no hay fotos que parezcan pequeñas al lado de otras que pueden parecer demasiado grandes junto a las primeras. Pasear por el universo Baylón ayuda a ver la realidad de manera más limpia, a valorar mejor a muchas personas con las que nos cruzamos por la calle y que en el objetivo de este gran fotógrafo adquieren una dignidad pocas veces vista. Son los libros de Baylón -y los de Garry Winogrand- los que más repaso, los que más recuerdos me traen a la mente cuando salgo de casa. Es tan natural su mirada, tan poco afectada, que algunas fotos de Baylón nos parecen al cabo de un tiempo recuerdos propios, recuerdos de gente que quizá vimos un día yendo al centro de nuestra ciudad o realizando una gestión en cualquier barrio. Baylón no miente con su cámara, no es un artista dotado de un gran ego que elige sujetos para plasmar ideas apriorísticas y no los selecciona para apresar luego en papel fotográfico a personas que sólo serán útiles en su labor como la bandeja de revelado o la ampliadora: la empatía se percibe siempre, el respeto, el acercamiento siempre humano, el deseo de compartir un instante, acaso de ser otro, ese otro que está siendo observado. Ya digo: en la historia del medio hay pocos fotógrafos tan sinceros, tan despiertos para ver lo que hay de humano en la gente a la que retratan. Incluso los animales que aparecen en sus fotografías parecen más reales que los de Elliott Erwitt, están tratados con mayor simpatía, casi con camaradería.
El acierto de la Universidad de Valencia, del Col.legi Major Rector Peset, de juntar en una exposición y en un libro a Baylón y a su amigo -y magnífico fotógrafo también- Bernard Plossu es mayúsculo. Como lo es poner juntas las imágenes de los dos en el catálogo y aclarar sólo al final a quién pertenece cada una - los más avispados lo sabrán antes por el formato, pues Plossu utiliza siempre una cámara de 35 calzada con un 50 mm. y Baylón una Rollei -. La magia evanescente, la poesía cazada al vuelo de Plossu hace buena pareja con la manera directa, sin artificio, de encarar la realidad de Baylón. Plossu es de los pocos fotógrafos que aún pueden conmovernos con una foto de una paloma, con la fachada de un edificio, con la barandilla de una ventana y dos coches juntos en la calle que queda detrás porque tiene el gran don de poder limpiar su mente de recuerdos de fotos que hizo antes y que vio antes, porque sigue siendo un niño que se sorprende ante lo maravilloso cotidiano y lo lleva al interior de su cámara con la pureza del aficionado que empieza, que fotografía para sí, que está impaciente por ver cómo ha quedado todo y sonríe ante la imagen final con la satisfacción de haber visto y haber estado allí antes que con la de ser un gran fotógrafo. Así, Valencia es cotidiana y mágica a la vez en la mirada de Plossu, es una ciudad a la que el espectador desea ir en cuanto pueda.
Baylón se acerca a la gente, se confunde con ella, es uno más en cada espacio y en cada sitio. Sí, de vez en cuando aprieta el obturador de una máquina que le acompaña, pero nunca deja de ser un peatón cuando fotografía a otro peatón, un bebedor cuando fotografía a otro que bebe en un bar. Nunca es un invasor, un agresor que lleva por delante sus cámara, sino un compañero de viaje, un presencia que infunde confianza, como podemos comprobar en las fotos en que los retratados le miran. Y digo retratados porque Baylón, como ya señaló el propio Plossu, es un retratista en marcha, un fotógrafo que prefiere imágenes con una sola persona dentro -en su ambiente, en la calle, de improviso, en su verdad personal e intransferible-, con miradas que lo dicen todo, en posturas que revelan el interior cierto y no de pose del retratado. El hombre con bastón y aspecto de apaleado por la vida, el inmigrante negro con gorra y expresión fija pero no abrumada, la camarera hastiada, la anciana jugadora, el inválido fumador, el pequeño hombre con sombrero no son clichés porque Baylón los contempla y los fotografía sin olvidarse de que cada persona es única, no es un cosa ni ha de cosificársela con el arte de la instántanea. Algo al alcance de muy pocos. Algo que convierte a Baylón en uno de los mejores fotógrafos no sólo de nuestro país, sino de nuestro tiempo.

(Con un saludo para Ana Bonmatí)

Fotos: Luis Baylón y Bernard Plossu

01 enero 2009

Gabriel Cualladó


En la obra de Gabriel Cualladó no hay prisas, no hay deseos de competir, no hay ganas de demostrar nada; acaso sólo el interés por mirar y comprender. Pocas veces la fotografía ha estado tan cerca de los sentimientos, incluso podría decirse que de la pureza. Pureza en todos los sentidos: puro arte, pura imagen, pura hondura existencial, puro deseo blanco de acercarnos a seres como nosotros, que nos miran y nos hablan de su verdad humana con los ojos, la frente, el pelo, la postura del cuerpo y la posición de las manos y de las piernas. Cualladó retrató a personas cercanas en el entorno en que se movían habitualmente, las adornó con luz, las situó donde podían decir mucho acariciadas por su blanco y negro ejemplar e impresionante, de maestro que talla, que esculpe, que modela sin alterar jamás al modelo, sin reducirlo a verdad fotográfica, a ser atrapado en dos dimensiones y preso en el reino del arte. No hace falta saber de fotografía para emocionarse viendo a los niños, a las ancianas, a los trabajadores que llamaron la atención del hombre y el fotógrafo que era Gabriel Cualladó.

Se llamaba a sí mismo "fotógrafo amateur", incluso tenía una tarjeta con su nombre y con esa denominación. Por supuesto que había humor en ese apelativo, pero también había un derroche de sinceridad, una declaración de intenciones: nunca fue Cualladó un profesional de la imagen, nunca disparó ráfagas con una cámara, nunca dio un paso sino para acercarse despacio a quien quería fotografiar y ponerlo a nuestro lado, el del espectador. En un mundo en el que sobran profesionales ahogados en la rutina y en la repetición, en el conformismo y el adocenamiento, siguendo a ciegas la voz de su amo, Cualladó dejó un mensaje diferente, una apuesta por otra manera de hacer las cosas, una lección de amor a un arte que nunca vulgarizó y al que amó tanto que nunca quiso convertirlo en obligación ni en el medio para ganar dinero. Ah, dichosos los que aman y no esperan más que la perpetuidad de su amor.

El reportaje que realizó en París en 1962 es uno de los mejores que yo he visto. Allí están, a su lado, susurrándole al oído, Eugene Smith y Walker Evans, por supuesto, es algo innegable y que no negó Cualladó, que positivaba como Smith -mucho contraste, luces como gasas que aclaran-y miraba a ratos como Evans -documental e icónico a la vez-. Y está la delicadeza, el respeto por las personas, la atención al detalle cuajado de poesía y de misterio -la paloma en la Rue de la Paix-, la esencialidad y el deslumbramiento del encuadre amplio que deja entrar a más de un viandante y recoge en una sola imagen cuatro o cinco historias que se están desarrollando a un mismo tiempo y que coexisten en el espacio y se comunican y sólo la cámara y su ojo atento podían ver -Place de Tertre -. También en la Plaza Mayor de Madrid, en el Rastro, Cualladó estuvo y se trajo imágenes esenciales, magníficamente compuestas y editadas, demostrando que no era solamente un autor de retratos quietos, abriendo caminos que otros seguirán cuando salgan a la calle con una cámara y con la intención de unir lentes y vidas.

Gabriel Cualladó es también una de las cimas de la fotografía en blanco y negro, un maestro para los que no quieren ver la vida sólo en color, para los que optan por ver el arte no como un sustituto de la realidad, como un pálido reflejo, sino como una interpretación, una opinión, una balsa de ideas en la que nadan los grises neutros, los negros elusivos y los blancos resaltadores. En las fotos de Cualladó, tan atemporales y realistas, nada se reduce, nada se disfraza. Nunca el amor por los semejantes, siendo puro, sirve para mentir. Sirve para saber más de cada retratado y, por añadidura, de todos y cada uno de nosotros.


Texto recomendado: "El hombre y el cuadro", en el blog de Marcela

06 diciembre 2008

Gonzalo Juanes


Lo que más me impresiona de las fotografías de Gonzalo Juanes es su compromiso con la realidad. En una de ellas, fechada en Gijón, año 1967, vemos a su padre de espaldas, ante un cercado de tres tablas y una alambrada que le cierran el paso a uno de esos inefables prados asturianos. El padre está de espaldas. Viste un traje azul y lleva un sombrero negro. Imaginamos que se trata de un traje para los días de fiesta, para las celebraciones, y que Juanes lo retrató mientras el hombre contemplaba ensimismado el horizonte, absorto en recuerdos acaso no del todo felices. Eso -que no se ve- se intuye, está más allá del papel fotográfico, claro, pero quizá también en la imagen, porque ese ser humano está solo en el paisaje, está retenido tras una cerca, está de espaldas y cae la tarde, hay nubes en el horizonte y una cierta nostalgia, una cierta desazón se han adherido a los colores, a cuanto conforma la foto.
Gonzalo Juanes fotografiaba lo más cercano, lo más visible, lo más conocido. En el libro de Photobolsillo publicado en septiembre de 2008 hallamos imágenes de familiares, de la cama deshecha de su hijo, de su casa, de su Gijón natal, de gente a la que conocía bien y seguramente trataba a menudo. Son fotos de personas y lugares muy estrechamente vinculados a su biografía, importantes para el fotógrafo. Juanes supo retratarlos, llevarlos al fondo oscuro de su cámara con una sinceridad y un respeto excepcionales para que, una vez terminado el proceso, salieran a la luz de las copias que se exponen en salas de arte y se reproducen en libros con una consistencia y un halo de verdad inigualables, conmovedores siempre, ya se trate de sus padres sentados en sillas de exterior y en espacios que visitarían seguramente en muchas ocasiones, de niños embebidos en sus juegos, de conocidos en reuniones festivas. A todos los miraba Juanes con paciencia, entendiéndolos, arrojándose en su certeza honda y humana. Es una lección más sobre el uso de la fotografía y la fotografía-arte y sirve para insistir en el valor nunca decreciente del uso de un medio que, en las mejores manos, bulle de sinceridad, es útil e inmarchitable.
Pero no os creáis que Gonzalo Juanes sólo se limitó a los más cercano, no penséis que era poco atrevido, que no valía para más. En el mismo libro -qué joya, cuánto tiempo esperándolo los que sabíamos que Juanes había dejado la fotografía en blanco y negro y se había deshecho de casi todo su magnífico archivo- hay una serie localizada en la calle Serrano de Madrid, que realizó en un solo día nuestro magistral fotógrafo, absolutamente soberbia: esencia pura de reportaje urbano, con composiciones elocuentes y siempre oportunas, aperturistas, arriesgadas y de un acierto mayúsculo, que colocan a Gonzalo Juanes en la vanguardia y con letras mayúsculas en la historia de la fotografía española, pues hablamos nada menos que de 1965, la época de iconos como Robert Frank y William Klein, que habían plantado las bases de una honda renovación buscando efectos y encuadres parecidos.
Hay otra foto en este libro que no podré olvidar nunca. Una mano, un vaso y una taza en una bandeja, un tubo que sale de la muñeca, un vendaje cubriendo la piel: "En el hospital, 2006". Algo tan sencillo, que tantas veces hemos visto cuando nuestro padre o nuestra madre o alguno de nuestros abuelos ha estado ingresado y enfermo. Gonzalo Juanes no hace poesía, ni reduce a naturaleza muerta lo que vio, ni pone ni quita nada que no hayamos podido ver. No hay una luz que vuelva tétrica la escena, que la cuaje de dramatismo. Hay lo que hay y una sensibilidad y una mirada despojada de los cuajarones podridos e inútiles del arte pretencioso y/o hecho para encandilar o vender. Es una de esas imágenes que se adhieren a nuestra memoria, que se insertan en nuestra experiencia, que vuelven en el recuerdo y al presente cuando nos encontramos de nuevo en un hospital. Una imagen que es verdad total y arte absoluto, rotundamente útil y necesaria. Una de esas fotos que todos los fotógrafos y todos los espectadores buscamos plasmar, encontrar. Que justifica el arte y acaso también una vida. Que ennoblece por siempre al que nos la ha legado.


Lectura recomendada: el blog "El mundo del seguro"

24 noviembre 2008

Recordando a Xavier Miserachs


Conocí a Xavier Miserachs en 1998. Le entrevisté para los cuadernos del Grupo Indalo Foto, de Almería. Era un hombre afable, inteligente, y se mostró cercano, casi como un compañero, conmigo y con Jaime García Zaragoza, que manejaba su cámara retratándole y conversaba con nosotros en los momentos en que Miserachs nos invitaba a hacerlo, que fueron muchos durante el rato en que, teniendo como testigo una grabadora y algunas fotos en la Escuela de Artes, viajamos con él por su pasado y sus anécdotas y sus comentarios siempre profundos y a la vez sencillos. Son unos minutos que nunca olvidaré. Como tampoco olvidaré nunca la cara de Jaime cuando nos enteramos de que Xavier Miserachs, poco tiempo después, había muerto.
Xavier Miserachs ha sido y será siempre uno de nuestros fotógrafos más representativos, más queridos, mejor considerados. En su obra hay fotos absolutamente necesarias para recordar una época y un país, con emigrantes, coches pequeños y muy útiles, trabajadores y niños a los que Miserachs se acercó para saber algo más de ellos y dejarnos luego una nota, una mirada para compartir. Yo le entrevisté emocionado, satisfecho sólo con estar a su lado -nos concedió la entrevista gracias a mi maestro y amigo Carlos Pérez Siquier-, con oírle narrar fragmentos de los días de "Barcelona en Blanc y Negre", uno de los pocos libros míticos que ha dado el arte español. Me imaginaba a su lado, bajando y subiendo calles, observando gestos y miradas, apretando el obturador de la Leica y sonriendo, paciente y humano como él, olvidado de mí mismo. Cuando paseo con mi cámara por las calles de mi ciudad le recuerdo a veces, pienso ¨Esta foto es de Miserachs¨ cuando estoy ante una escena o una esquina que me traen a la memoria una de sus imagénes. Y me gustaría saber que aún está con nosotros y que tendré la oportunidad algún día de enseñarle alguna de mis fotos -en una de sus visitas a Almería y a la amistad inquebrantable con Pérez Siquier-, de oír su opinión. Quizá -perdóname, Carlos- es la que más me habría importado, de la que más habría aprendido a corregir y a no envanecerme jamás.

Foto: Xavier Miserachs

09 noviembre 2008

Francisco Gómez


La fotos de Francisco Gómez parece que dicen en voz baja: No corras tanto. No hay prisas en ellas, no hay apresuramiento de ningún tipo. Son fotos pensadas además de vistas: Gómez miraba, pensaba, encuadraba y hacía la foto. No son fotos compulsivas, para concursos, para sorprender a nadie. Son fotos hechas después de mirar con calma y hondo sentimiento de comprensión lo que se mira. No manda en ellas el artista, sino la realidad. Un realidad que puede verse y pensarse, comprenderse, asimilarse. Porque Francisco Gómez fotografiaba con todo el arte que cabía en su cabeza -que era mucho, muchísimo - y además con toda la humanidad que sólo el que va por la vida sin prisas, sin prejuzgar, sin imponerse, puede percibir y compartir más tarde. Hay en las fotos de Gómez sabiduría. Y muy pocos fotógrafos pueden ofrecernos nada semejante.
Se interesó por los muros y las paredes y nos dejó fotos que cautivan porque él vio lo que estaba ahí, al alcance de todos, pero por culpa de las prisas y la ceguera que ésta conlleva nadie veía. La forma de un pájaro, un desgarrón, un hueco, una tubería le bastaban para dar testimonio de la realidad y para hablarnos, mediante metáforas y asociaciones, de las relaciones que la vida tiende y procura: porque la vida nunca se cansa, nunca renuncia, siempre va hacia adelante, como la mirada tranquila y recolectora de Gómez. No tenía que inventar, sólo captar. Y su legado no ha de servir sólo a fotógrafos y contempladores del arte de galerías y de museos, sino que a todo el que tenga un minuto para ganarlo mirando más a fondo, para imaginar a partir de lo visto y lo sabido. Francisco Gómez supo que hay que concederle a todo una segunda oportunidad, una segunda mirada que servirá para entender mejor, para saber de verdad. En esta época sobrecargada de trabajos y de diversiones fáciles y olvidables es muy necesario recuperar a los que paseaban con calma, a los que miraron sabiamente hacia donde nosotros miramos y no vemos más que el rostro de la banalidad y lo desdeñable, que yo diría que reflejan el poso de nuestra alma banal y desdeñada para todo aquello que no sea superficial, animoso y con un cierto barniz de misterio sin otro premio detrás que el divertimento autodestructible.
Francisco Gomez es uno de los mejores fotógrafos no sólo españoles sino de cualquier tiempo y lugar porque poseía un lenguaje propio -imágenes muy contrastadas, encuadres clásicos y sosegados, un sentido de la espaciliadad magistral para dejar delante y detrás del sujeto la información necesaria para ubicarlo convenientemente y dotarlo de mayor profundidad psicológica-, porque aunque quizá no pueda señalarse una obra maestra en su carrera sí ofrece un conjunto armónico y de calidad mantenida, fiel a unos principios que no eran una limitación técnica sino a una limitación elegida conscientemente para hablar sólo de lo que sabía y dominaba: el tiempo retenido, la unión de la puro y lo viejo, la combinación sin tacha de lo real y lo imaginado. Nunca se irá Francisco Gómez, siempre tendremos su voz y su presencia en el equilibrado y veraz mundo de su arte fotógrafico.

28 octubre 2008

Navia: Pisadas sonámbulas


Las imágenes puedes encontrarlas o buscarlas. Los libros de fotografía no abundan, no están en todas las tiendas, no están en los grandes almacenes. Hay que buscar la sección, hay que pedírselos a unas librerías especializadas de Valencia y de Barcelona. Las imágenes nos rodean pero los libros de fotografía se venden poco e interesan poco. Es curioso, es muy curioso. La literatura, en muchos sentidos, es un arte superado, anclado en unas perspectivas decimonónicas que pocos escritores aciertan a salvar para hablar de su tiempo con el lenguaje de su tiempo. La novela está llena de repeticiones, los subgéneros abundan en lo mismo y con las mismas voces y los mismos presupuestos y los mismos resultados. Me temo que, cada vez más, es un producto hecho para el entretenimiento y vendido por conciencias muy conformistas y hecho por autores que se autocensuran y se declaran altos, listos y guapos cuando ganan un premio millonario.  
La fotografía retrata el mundo real. Creo que es algo incuestionable. Puede o no ser realista, pero la fotografía hecha en la calle, que recoge los gestos, quehaceres, actividades, manifestaciones callejeros está fraguada con un material real e innegable que, sin embargo, interesa poco, atrae poco, apenas subyuga a cuatro interesados o cuatro especialistas. Es paradójico. En la era del cine y de las pantallas permanentemente atraídas por la grandiosa oferta dimanada de internet, en la época en que la imagen reina en nuestras vidas seguimos sin volver la vista hacia la fuerza de las imágenes artísticas. Es un síntoma. Como aduce Baudrillard, padecemos tiempos de aguda ficción, de ficción que vacía y enfría, que deja tibio y no desconsuela jamás. El hombre se adormece en la cuna de la cueva platónica y mira los reflejos y no quiere pensar, no quiere indagar, no quiere ir más allá.
Libros como éste deberían ocupar las páginas de los diarios de algunos escritores, maravillar a los blogueros despiertos, suscitar diálogos interesantes y revitalizantes. Navia es uno de los fotógrafos que mejor se maneja con el color, en el que es maestro mundial. Prefiere la luz del atardecer, la luz que huye, la que toca una cara con respeto, acariciándolo. Y hay en su mirada una pureza, una limpieza que tampoco es común, que es única, porque con dos elementos es capaz de hacernos evocar muchas cosas, muchas ideas y muchos sentimientos. En este libro hay un acercamiento a las cruces y a los Cristos que detiene y atraviesa. Hay una apuesta por la belleza del cuerpo y su verdad que enaltece. Hay un acercamiento a espacios pequeños que nos vincula de inmediato con ellos. Y todo visto desde el centro de lo real, con una cámara que traslada y no engaña, no engalana ni se embebe para conseguir mayor consideración. Navia fotografía en silencio, sus imágenes están impregnadas de silencio pero no quieren desmbocar en el silencio: son la primera frase para un diálogo a media voz, envolvente, al que estamos todos invitados. En el mundo de la palabra herida, de la imagen adormecedora, Navia deja libros como éste, que son un paso adelante. Lo que no es poco, amigos.

15 octubre 2008

Breves notas ideológicas (2)


La publicidad es el principal cáncer de nuestras sociedades desinformadas a base de exceso de información.


Los ancianos en las residencias están aparcados pero ya no hay nadie que piense en el taller de reparaciones. Como no veneramos a quienes nos veneraron, nos merecemos ir al sitio en que los aparcamos hoy y será nuestro hogar mañana.


Se educa mal a los niños. Han pasado a ser el centro de atención de la casa, de las reuniones de los adultos -que no hablan ni se miran entre sí y descargan aliviados su mirada en los movimientos de los más pequeños -, después de muchos años en que eran casi tan accesorios como el perro. Nos falta la justa medida, que podría empezar por situarles en el espacio y el tiempo como a los niños que son, ni más ni menos.


Se oye demasiado en nuestro país eso de "Son rumanos". Suena igual y ha sustituido al "Son gitanos". Ha cambiado una sola palabra, nada el desprecio.


Hay crisis: de valores, para empezar. Somos muchos los que aún no comprendemos cómo la gente más pobre, los que tienen trabajos manuales, persisten en su miedo y su voluntaria ignorancia y defienden a capa y a espada a sus patrones, a los de la derecha de este país que aún no es europea.


El miedo es libre. La ignorancia una imposición. A veces voluntaria.


El fútbol ya sólo puede verse con un ojo abierto y con otro cerrado. El cerrado recuerda momentos de mejor espectáculo. El abierto mira pero no acaba de creerse el triste espectáculo que ve.


Ahora hay que esforzarse durante treinta o cuarenta años para pagar una vivienda que, en casi todas las ciudades, más parece el panal de un avispero que un hogar. No sabemos hasta cuándo seguiremos considerándonos personas. Bueno, cuando se produzca el cambio ya nos avisarán en el telediario.


Foto: William Eggleston

30 septiembre 2008

Alberto García - Alix, 1978 -1983


Es uno de los libros que prefiero, al que vuelvo de vez en cuando para llenarme de color y de sensaciones físicas y morales. Lo componen diapositivas de Alberto García-Alix, del período en que aún estaba aprendiendo el oficio, formándose, antes de convertirse en uno de los mejores fotógrafos de nuestro país. Curiosamente, él mismo había olvidado en una caja y en una maleta todo este material y habia centrado su creatividad en el blanco y negro. Un hallazgo casual nos descubrió al García-Alix fotógrafo de color. El arte y sus arcanos irónicos. Porque sin esa casualidad no habríamos podido disfrutar viendo las obsesiones de nuestro admirado artista repetidas, profundizadas en un lenguaje que es el mismo y al tiempo otro muy diferente, casi se diría que fruto de otra mano, aunque deudoras en cualquier caso de una misma mente.
Hay aquí muchos zapatos, hay luces laterales y efectistas y muy bien tamizadas en los retratos, fotografía callejera que mira a los desconchones y las pintadas y algunos fragmentos de carteles -¿influido quizá García-Alix no sólo por el gran Walker Evans sino también por el no menos grande Paco Gómez, maestro en estas lides de lo estático y lo extático-, algunas imágenes de la mili que aun en color no dejan lugar a dudas de cuánto cutre y reaccionario se cocía en ella. El autor fotografiaba con el alma, metiéndose en la foto en ocasiones -esos autorretratos nada complacientes, frontales o en posturas acrobáticas que son como un raspado y un blando directo al estómago-, mirando sólo lo esencial, lo que le importaba, lo que dejaba huella en su joven vida de incipiente creador y de rebelde perpetuo. Pocos saben encuadrar tan bien como García -Alix, pocos saben dejar fuera tanta información que en verdad no es necesaria, cortar donde no te lo esperas y no suprimir nada importante. Ver estas fotos es también recibir una pequeña lección: abrid bien los ojos, aficionados, jóvenes que os iniciáis en este transparente y dificilísimo arte, pues saldréis más sabios y más preparados para ver y para seleccionar con la cámara y sin ella ante la cara.
Alberto García -Alix es un nostálgico, pero está lleno de nostalgia positiva, no es un tipo que se mueva entre la melancolía y las luces tristes para ganarnos con fáciles sombras y siluetas que remueven un dulce sabor en tu boca. Tampoco es un autor entregado a lo marginal, a lo minoritario para sorprender y mentirnos con metamorfosis momentáneas. Es un fotógrafo con una formación impresionante, sincero y veraz, que fotografía como respira y en el mismo lugar en el que respira habitualmente, pues no aprieta nunca el disparador si no está concernido, si no se ha emocionado. En un mundo sobresaturado de ficción, de fotógrafos que visitan los barrios bajos o los barrios altos para traernos después su botín en forma de reportajes superficiales y robados, los tipos como Alberto García-Alix triunfan con su sinceridad, su personalidad y sus fotos abiertas a todos los sentimientos y a todos los públicos que quieran salirse durante unos minutos de sus vidas para saber más de otras. Este libro, magistral en el color y en las composiciones y en la verdad de cada toma, es un referente inolvidable.

15 septiembre 2008

Henri Cartier-Bresson


Cartier-Bresson era más, mucho más que el instante decisivo, concepto venerado, denostado y mal interpretado, ya que muchos creen que en vez de fotógrafo el gran artista francés era un prestidigitador. Ni mucho menos. El instante decisivo es la ordenación, la conjunción, la oportunidad, pero también el deseo, la paciencia, el entendimiento, la comprensión y la ética. Claro que hay fotos en que parece un milagro que todo esté en su sitio, que case esto con aquello, que haya tanta expresividad en una imagen bidimensional. Pero es que Cartier-Bresson miraba con inteligencia, sentía con el corázon y y actuaba con una máquina cómplice, también dotada de inteligencia, preparada para secundar, acompañar, obedecer y también a veces para pensar por sí misma, decidir por sí misma. No es ninguna tontería lo que digo: todos los grandes fotógrafos saben que sin la fidelidad de su máquina nada hay que hacer, el azar no se presenta, el deseo se amortigua, los reflejos se cargan de arena y barro y el pulso falla, el disparador no responde, el encuadre se va al garete. Un fotógrafo y su cámara -al menos en el caso de los grandes maestros -son como el hombre montado a caballo que a los profanos les parece que es un unicornio.
Pero Cartier-Bresson es mucho más que el instante decisivo, muchísimo más. No tensaba sólo la cuerda cuando iba de paso, cuando corría y apuntaba y disparaba y desaparecía como un fantasma. Cartier-Bresson era un fotógrafo humanista, que componía como pocos -quiso ser pintor, lo fue, además de fotógrafo, y de ahí le viene la inteligencia en la selección y la ordenación de los materiales -, interesado en los juegos de los niños sevillanos en la calle, en la pobreza de los desposeídos de Nueva York, en la soledad de los asiduos de los parques que vagan por la ciudad con penas e historias sin contar a la espalda, en la manera de vivir y sufrir de los pobres de la India -qué magnífica imagen la de ese niño en brazos de su madre delante de un viejo carro con una rueda enorme, tan moderna, tan actual -, en la política inglesa y sus manifestaciones callejeras, en los paisajes minimalistas que son paisajes y a la vez manifestaciones objetuales del alma de los hombres o del propio Creador, en la sensualidad pública y privada, en retratar a hombres famosos con una libertad y una subjetividad ejemplares que nos permiten verlos y saber de ellos merced a una sola imagen -la foto de los Curie es un ejemplo inolvidable.- Y no se valió de la prestidigitación para hacer la mayor parte de sus mejores fotografías, no fue un cazador que llega, dispara y huye aferrado a su Leica. Lo que ocurre es que la timidez y el deseo de objetividad, proclives a la ajena interpretación de distanciamiento y frialdad, hace que se confundan los conceptos, que se catalogue con demasiada premura, que se encasille y se yerre, por tanto. En el libro de Photo Poche, editado en 1982, está la mayor parte de las imágenes que menciono, y la prueba de que Cartier-Bresson era un genio por su manera de mirar, por su humanidad, por la limpieza compositiva, y el instante decisivo es sólo una anécdota pasada y en la que insisten los cómodos y los que quieren enmarañar y subir a Bernard Plossu, a Robert Frank negando a Cartier-Bresson, como si en el arte no hubiera lugar para el blanco, el negro y el color.
Leí hace unos días un equivocado artículo de El País , plagado de lugares comunes, de golpes de efecto, desmotivador y apocalíptico que en nada tiene que ver con la realidad de nuestro rico momento creativo, en el que lo digital es un arma más tan sólo, no un exterminador que viene a acabar con el presente y el futuro del medio. Autores como Félix Curto siguen fotografiando con tomas directas y sin reencuadres posteriores en la mesa, Carlos Pérez Siquier publica más libros y su maestría en el color y el acercamiento al sujeto se acrecienta y genera epígonos y alumnos por doquier, imaginativos e inconformistas desconocidos -por el momento - ofrecen a visitantes de todo el mundo fotos destacables y de gran calidad técnica y humana en sus webs y sus fotoblogs y el mundo no se para, los reporteros existen y la verdad no ha desaparecido porque no se utilice película química. Hoy, Cartier-Bresson, con veinte años, se compraría una cámara digital, saldría a la calle en busca de personas, situaciones y luces y sombras y volvería a su casa con algunas imágenes válidas para saber más de nuestros congéneres, sus miedos, sus dudas, sus sobresaltos y sus vacilaciones y sus penas y sus alegrías. Editaría ante un monitor y en sus fotos habría tanta verdad como en las que se hicieron hace 50 ó 60 años -tiempos en que ya existía el fotomontaje, en que el mejor fotógrafo de la historia, Eugene Smith, comprometido hasta arriesgar la estabilidad emocional y la integridad física moviéndose en pos de las verdades en las que creía, unía dos negativos para crear una sola imagen que contaba mejor lo que había visto en un momento concreto y que no había podido capturar en un solo fotograma -, porque no miente la máquina, miente el hombre que quiere mentir. Y ése no fue nunca el caso del gran Henri Cartier-Bresson.

09 septiembre 2008

Breves notas ideológicas (3)

La rutina y el recuerdo, a veces tan hermanos y tan necesarios.


La fotografía digital ha venido a democratizar, a universalizar aún más el arte más accesible. Nada de miedos: el que quiera que haga arte; el que no lo quiera, que haga lo que desee. No importa el medio. Importa la actitud.


Debates televisivos entre políticos: púgiles sonados que arremeten contra el contrario con las cejas partidas, ciegos y sordos.

Entras en una librería y ves tantos libros adormecidos, que ya no se molestan en llamarte la atención, que a veces piensas que estás en un pequeño cementerio de cosas que han nacido muertas.

La crisis, la crisis. La montan los bancos y se la desmontan los gobiernos. Y, entre medias, más despidos. En tiempos de bonanza, nadie reparte sus ganancias. En tiempos de crisis, lo culpables somos todos. Y todos tenemos que arrimar el hombro. Menos los seres inmateriales, esos nuevos dioses, que componen el olimpo de los consejos de administración.

Todo el futuro está en la poesía.

Todo el pasado en las novelas con estilo decimonónico que siguen inundando nuestras librerías.

Ya no hay tristes en El Paseo de los Tristes de Granada, sólo señores armados de cámara y mirada aguda que vienen de otros países y hablan en otros idiomas. Los tristes se meten en los supermercados y en los comercios del centro y miran y no compran nada.
Hay fotografías de Gabriel Cualladó en las que me entretengo más tiempo y de las que obtengo más ideas, mensajes, sensaciones que de novelas escritas por autores como Ruiz Zafón, J. K. Rowling y Henning Mankel.
Leyendo a Balzac me dan ganas a veces de reunir todos sus libros, vender todos los otros que llenan mis estanterías y pasarme el resto de la vida releyendo al gran maestro francés.
En ciertos cuadros de Edward Hopper parece que me caigo y me convierto en uno de los seres que los pueblan. En ocasiones hasta creo ser no una persona, sino una puerta, una de las luces que entran por sus transparentes ventanas.

Cuando el arte me ciega, me aturulla, me aleja de la realidad, oigo siempre una voz que me dice: La comida lleva ya un rato puesta en la mesa, hoy también te la comerás fría.

Uno somos todos. Qué gracia les hace eso a los banqueros.

Los banqueros saben qué es la miseria y la pobreza, la usura y el dolor. Lo ven en televisores de 42 pulgadas, alta definición.


Nuestra sociedad va en continua huida hacia adelante, hasta despeñarse. Nadie está dispuesto a renunciar a nada si puede pagarlo.


Texto recomendado: No hay cucos en Nueva york, en el blog de Mart

07 septiembre 2008

Breves notas ideológicas (1)


Nos dieron una libertad ficticia; la real la posee, en este mundo, tan sólo el dinero.

La literatura, cada vez más, es un pozo con una sola estrella: el ego del autor.

En televisión se necesitan más telones. Sobre todo de boca.

El periodismo ha muerto: sólo quedan funcionarios de plantilla que van a ruedas de prensa y copian lo que sale de bocas muy bien educadas para no decir nada relevante.

La vida se vuelve un lugar común y no hay más aventura que morirse para cambiarlo todo.

Las parejas se separan, los hombres se encogen y las mujeres empiezan a mirar con ojos luminosos.

Pero no hay mujer que lo sea enteramente ocupando el espacio de poder del hombre y siguiendo su erróneo ejemplo. Habrá un cambio cuando en el mundo manden las madres, cuando triunfe la ideología de las madres.


Foto: Baylón



Visita: blog Francisco Ortiz - Fotografía




27 agosto 2008

Antonio Jesús García: Calles, televisores y un cadillac


Es un fotógrafo que sabe componer, que basa la fuerza de sus afirmaciones gráficas en el encuadre, que es una toma de postura siempre, una elección fundamental, muchas veces original y arriesgada, porque Antonio Jesús García corta algunas cabezas, elimina detalles que a ciertas miradas parecerán errores, pequeños despropósitos, y en verdad son parte de un estilo sobresaliente de estética y de ética. Los que le conocen le llaman "Ché", no me preguntéis por quién. Y en sus fotografías no faltan la conciencia, la apuesta personal, el riesgo. No se conforma este fotógrafo con repetir modelos -y los tiene grandes y de un calibre monumental: Lee Friedlander, Robert Frank-, con sumar imágenes neutras. No ha pretendido nunca ocupar un espacio porque le apetece, porque cree que se lo merece. Antonio Jesús García "Ché" fotografía desde las tripas y selecciona luego el material con los ojos, con la mente iconoclasta, transgresora. En el libro del título de esta entrada, editado en el marco de los actos de PhotoEspaña 2002, encontramos a un músico sin cabeza que lo expresa todo con las venas del cuello, a un afortunado muchacho que ríe con mucha boca y sin ojos, a un ciego del que vemos una sola pierna y su bastón crudamente blanco, los pies del fotógrafo junto a una cara televisiva, a dos desconocidas en un bar bajo un cristal que recoge el movimiento de salida a la calle, a un hombre y a su perro y una sombra de árbol que hiere y amenaza, a las procesionistas de un paso de Semana Santa de las que sólo vemos sus zapatos, sus rodillas y sus faldas. Pensaréis que son fragmentos, algo roto, pero no es así: son expresiones, verdades que crecen desde el detalle y la ausencia, que le piden al espectador que participe -esa interactividad tan vendida ahora en todo lo audiovisual-, que sugiere y no da hecho, rehecho, quemado ni requemado nada. "Ché" elige y plantea, no da lecciones ni vende imágenes cargadas de bellos colorines y que solicitan tan sólo el asentimiento del espectador porque cuenta con éste, con su voluntad y su buen saber, porque no concibe el mundo desde ningún púlpito, porque no quiere ser maestro sino cómplice. Al arte le sobran tipos que se creen maestros y necesita que surjan más autores como este fotógrafo almeriense que propone y no explica, que desde un blanco y negro afecto al realismo humanista hace un recorrido por nuestra realidad y nos brinda momentos de acierto pleno que nos invitan a relacionar aspectos de la vida cotidiana que huyen y que sólo en su cámara reposan y se vuelven inmortales y nos conceden una segunda oportunidad de mirar, de entender mejor, de movernos con la mente y con el alma desde nuestro puesto de observadores frente a la foto ajena.

Visita a la web de Antonio Jesús García y sus series fotográficas

16 agosto 2008

Javier Campano


La obra de Javier Campano está hecha de momentos tranquilos y muy significativos. Como los que veía Robert Frank, el inolvidable autor de "Los americanos", están cargados de ideas, de conceptos, y son tan efectivos como un libro de filosofía. A veces la novela me hastía, me cansa, porque me obliga demasiado a creer en mentiras, en paisajes que no existen, en seres volátiles. Recurro entonces a los libros de fotografía, a las exposiciones, y la mirada se me aclara, las ideas fluyen con vigor en mi cabeza. Creo en lo que veo porque es cierto, irrebatible, porque las fotografías que me gustan son siempre una crónica, un pedazo del diario personal del fotógrafo, son esbozos pero a la vez son obras definitivamente acabadas. La literatura me sale por las orejas, me entontece a veces, porque pienso que no sirve más que para darle productos inanes a este sistema que lo fagocita todo, que lo descategoriza todo, que todo lo hace papilla. La novela me resulta una vía más para idiotizar al personal, para tenerlo atrapado en la fantasía, para que no luche por las cosas que es necesario cambiar. La novela, en ocasiones, me parece que sólo sirve actualmente para hacerle el caldo gordo al sistema, que se encarga de apartar a los que tienen ideas propias y mensajes interesantes de los cauces que podrían hacer que las propuestas de cambio calaran. Hasta Saramago creo que se deja llevar, se deja engatusar por los políticos y por los que crean con su nombre edificios que a la postre sólo son como estatuas dormidas. Ya digo: vuelvo los ojos a la fotografía y, en este mundo sobresaturado de ficción, respiro viendo las calles que fotografía Javier Campano, los letreros, las cortinas, los anuncios, los sombreros, las carreteras, victoriosamente reales, pujantemente reales, sin fecha de caducidad, y tan útiles que sostengo uno de sus libros en la mano, miro a mi alrededor, abarco algunos cientos de libros literarios con mi mirada furiosa y pienso que todos juntos no valen lo que la mitad de las fotografías llenas de verdades que llenan el volumen de la Biblioteca de Fotógrafos Madrileños del Siglo XX dedicado a este artista fundamental. De verdades y de fisicidad, de hechos próximos y compartibles, de luces que tocan y revelan, de sombras que empujan a meditar. Sí, amigos: leo novelas y el alma se me aquieta, se me adormece, y en cambio veo las fotos de Campano y siento que algo vibra, se despierta, que algo sigue vivo y dispuesto a creer, a compartir y a cambiar. Son fotos pequeñas, son instantes nada decisivos, pero cómo comunican, cómo tienden manos, cómo apelan al alma dormida.

Foto: San Francisco, 1983. Javier Campano


Visita: Recuerdos de un verano con un spray en las calles de Granada: El Niño de las Pinturas