10 noviembre 2007

Mi madre, en la iglesia (Nunca te diremos adiós)


A las seis de la mañana dejé el sofá y me puse a escribir estas líneas. Las leyó una de nuestras primas, Loli, porque sabíamos que ninguno de los cuatro hermanos podríamos dominar la voz ni los sentimientos. Cuando mi prima acabó de leerlo, hubo un inesperado aplauso en la iglesia, que quizá mi madre, junto a las palabras a ella dedicadas, pudo oír. El sacerdote aprobó la lectura del texto, leyó a su vez algunas palabras de Miguel de Unamuno y de Antonio Machado. Espero que mi madre las oyera. Espero que aún pueda seguir oyéndonos, deseo que exista el alma y que ella, mi madre, nunca deje de ser mi madre.

Mi madre no confiaba en el no. Confiaba en el sí.
Mi madre era optimista: siempre creía que todo tenía solución.

Mi madre tenía un gran poder: allanaba las montañas. Pero no las físicas, sino las montañas que crean las diferencias y las discusiones. Y encontraba el camino para el entendimiento y la paz.

Mi madre nunca se quejó de nada. Siempre le importaron sus hijos y toda su familia antes que sus propios problemas.
Mi madre siempre se esforzó, siempre nos quiso. Su presencia traía la luz del nuevo día.
Mi madre era la aurora, era la luz.
Nunca te olvidaremos, Aurora Rodríguez Castillo.