22 diciembre 2007

Juan García Hortelano: Riánsares y el fascista


Este relato está incluido en su libro "Gente de Madrid" y podéis encontrarlo en la edición de los "Cuentos completos" de García Hortelano. Es un relato largo, una nouvelle, ambientada en los años de la guerra civil, en Madrid, y aparecen en él algunos niños, varias criadas y un fugitivo cobijado en una cueva. Los niños quieren entrar para apresarlo, pues se rumorea que es un fascista. Entre disputas, discusiones sobre la jefatura de la banda y la posible utilización de una bomba que tienen guardada, los niños viven en esa realidad animada por la fantasía que es la primera adolescencia y sueñan con hazañas y reconocimiento. Pero también se entretienen con las criadas, a las que les pellizcan el culo y a las que acarician de manera furtiva cuando ellas también desean ser acariciadas y consienten y hasta proponen. Riánsares es una de las criadas de la casa del narrador, un niño que admira a su abuela, roja entre fascistas - el padre, la madre, el abuelo del niño- que oyen por la noche la radio deseando el triunfo de los nacionales.
La adecuación de la voz narradora, que conserva la vivacidad para transmitir los descubrimientos del adolescente, sus miedos y sus silencios transidos de dudas y abismados por la falta de palabras con que comunicar lo que piensa y siente, el perfecto tempo del relato, atento a todo lo necesario para hacer creíble y crecientemente real la historia, mueven a la emoción y a una atención que pocas veces en otros relatos descubriremos. Y es que García Hortelano trabaja con una maestría sencilla que alza un edificio de absoluta credibilidad, de una sinceridad apabullante, de una honestidad difícilmente resistible. Creo que es "Riánsares y el fascista" uno de los mejores textos escritos en nuestro país, uno de esos logros mayores que aparecen muy de vez en cuando, en los que todo casa, todo funciona, todo está en su sitio y en su justa medida: incluso las ideas, la voluntad política del autor, que es una propuesta y no una sesgada interpretación de la realidad, lo que le procura la posibilidad de eludir la gangrena del tiempo, la disolución. Hora es de recordar a Juan García Hortelano, de celebrarlo, pues nunca estuvo por debajo de los escritores del boom latinoamericano -con los que coexistió-, no es inferior a los Onetti, Vargas Llosa, Cortázar, Sábato, Rulfo, tampoco a los Marsé, Goytisolo, Matute, Benet -escritores grandes y jamás ensalzados como se merecen-, y además nos dejó varias novelas que son verdaderos hitos de la lengua española, textos que no dejan de de ganar en importancia a los ojos de los estudiosos de la literatura pero también a los de los historiadores y de los que quieren saber qué ocurrió un día en nuestro cercano y aún palpitante pasado.

19 diciembre 2007

Axelle Red: A Quoi Ça Sert -



La canción de la película "Le cousin", de Alain Corneau.

12 diciembre 2007

Carmelo Bernaola


Le debo al gran Carmelo Bernaola la alegría que me embargaba al oír la música inicial de aquella serie dedicada al policía Plinio y que vi en una reposición hace algunos años. La protagonizaban Antonio Casal y Alfonso del Real (qué grandes actores daba ya entonces nuestro país), y es de esas series modestas pero muy bien realizadas a que nos tenía acostumbrados TVE en algunas épocas pretéritas y que acaso no volverán jamás. Contaba con la dirección de Antonio Giménez-Rico, acertada y brillantemente ampulosa en algunos momentos, y la fotografía de José Luis Alcaine, viva y exacta. Sonaban los primeros compases y ya estaba yo dentro de aquellas historias, como me ocurrió con la sintonía de otra inolvidable serie que de niño vimos casi todos los españoles, Curro Jiménez, y que le debemos a Waldo de los Ríos (qué nudo se me hacía en la garganta apenas empezaba a sonar, porque me avisaba de que se acababa el fin de semana, ese espacio temporal que es la felicidad de un niño de diez o doce años). Escucho ahora, mientras escribo, cuatro composiciones de Carmelo Bernaola, incluidas en un disco que le dedicó el sello RTVE, y que nada tienen que ver con la música para el cine. Heterofonías, la Sinfonía en Do, Nostálgico y ¡Tierra! están llenas de música del siglo XX, arriesgada y diferente, vanguardista, sin acordes bellos ni melodías que suben el ánimo, pero que constituyen un conjunto de una coherencia, una capacidad inventiva y un conocimiento musical admirable. Sumémosle que no se trata de obras para el gran gusto, que son a la música lo que algunas obras de Juan Goytisolo a la literatura, experimentales, en pos de nuevos caminos, y sabremos por qué no son tan conocidas como se merecen. En las programaciones de música clásica no las hallaréis - el empeño en dar lo agradable para el oído, insistir en los Mozart, Chaikovski, Beethoven, Schubert es descorazonador -, pero os animo a degustarlas una tarde o una noche en que la mente os fluya inquieta, el alma quiera escaparse de su oculto rincón y vuestra voluntad esté encallada entre dos o mil decisiones por tomar. Esta música les hablará a vuestra mente, vuestra alma y vuestra voluntad como una amiga íntima e irremplazable.

05 diciembre 2007

Alice Munro: Odio, amistad, noviazgo, amor, matrimonio


Uno abre un libro, ve algunas palabras, elige un cuento para empezar la lectura y a veces se queda deslumbrado, atrapado, ya abierto admirador de alguien. Alice Munro no es para mí una desconocida: tengo su libro "Amistad de juventud" desde el año 1994. Pero hasta hoy no he sentido el deseo de escribir sobre ella, hasta que he leído su relato "Poste y viga". Sé que su final resulta discutible, demasiado ambiguo quizá, o demasiado concreto, según se mire. A muchos este tipo de historias les resultará demasiado visto, sobre todo a los devoradores de páginas de Carver y sus derivados. Incluso a algunos les traerá al fresco que una canadiense nos hable de pequeñas y domésticas historias de hombres y mujeres casados, separados, que se aman sin decírselo o se lo dicen tarde y mal. Allá ellos. Ellos se lo pierden.
En "Poste y viga" hay literatura de la mejor, de la más sincera, de la más creíble, de la más cercana. Munro tiene un talento inigualable para narrar en tercera persona y mostrarnos los pensamientos, las inquietudes, las distancias interiores de sus personajes sin lastrar jamás el desarrollo de la narración, que es ágil, que no tiene adornos innecesarios, que atrapa como un buen relato de misterio, porque hay misterio en la vida de una mujer casada que recibe poemas de un ex alumno de su marido, en la actitud compleja de su prima, que la visita no se sabe muy bien si para llorar en su hombro o para llenar su tranquila vida de zozobra, en el ofrecimiento de amor de un hombre que no parece ofrecerse a sí mismo.
Y hay misterio en saber qué pasará, qué cambiará cuando el poeta aficionado se entere de que ella, la mujer casada, ha estado en su casa buscando algo que le explique cómo es su enamorado, qué siente, qué le interesa, qué le hace ser como es. Pero no os imaginéis un misterio forzado, un suspense ingrato. Es la poquedad lo que mueve a estos seres, la que los ata a sus vidas nada cambiantes, nada inquietantes. Son sus cortas ambiciones, sus rodeos, sus afanes sin expresar lo que los envuelve en el misterio del que hablo. El misterio de la pereza, del estarse quieto, del no hacer nada decisivo que cambie lo cotidiano y supuestamente natural.
Me complace leer a alguien como Munro, capaz de decir tanto con tanta precisión, con tanto tino, con un poder de narrar lo esencial tan vivificante: y escribo esta palabra porque cuando uno lee mucho busca autores que le aporten cosas, que le hagan mirar lo que hay en la vida que espera al cerrar el libro con renovado ímpetu, con ganas de seguir viendo y de seguir conociendo. Autores, como Alice Munro, que le otorgan a la existencia cotidiana una segunda oportunidad y nos la sirve en un bandeja llena de frases, de relatos de los que uno puede sale más ligero, más vital, como después de una ducha que limpia y da energías nuevas.

28 noviembre 2007

Javier Marías: Tu rostro mañana 1. Fiebre y lanza


El estilo de Javier Marías es envolvente, caudaloso, puede parecer desmedido pero no lo es, porque se percibe la medida interna, casi la contención, ya que el autor tiene mucho que decir y muchas palabras acumuladas que surgen, se comunican, se entrelazan y se liberan, se fecundan, se unen, se separan y forman una historia subyugante, un discurso imparable, un río al que el lector convencido se arroja de cabeza sin importarle dónde irá a parar. Pocos escritores pueden presumir de escribir cómo y de lo que les da la gana y no perder a sus lectores. Marías no ahorra palabras, no ahorra párrafos, no ahorra ideas. Dice todo lo que tiene que decir y quien quiera, quien le quiera, que le siga. Doscientas páginas de introducción: dicho así suena brutal, repelente. Pero es que estamos ante una novela larguísima, llena de episodios variados, de memoria, furia, fiebre, lanzas y dolor. Y colocar al lector en situación sólo podría hacerse como lo hace Marías: introduciendo temas, recurriendo a las digresiones, a la dilatación temporal. Y nunca cansa, nunca aburre, nunca vemos inflación textual en esta gran novela. Y cuando el narrador, Jacobo Deza, habla de su padre y de cómo fue traicionado por los que le conocían, por quien había sido un amigo de toda la vida, tras acabar la guerra civil española, podemos contemplar el dolor, la rabia, la desazón, la injusticia pero también la contención del narrador/autor, que se sabe emocionado y no quiere lagrimear, no quiere ganarnos con lo fácil y corta y da vueltas y elude lo sentimentaloide y lo folletinesco y lo vendible, huye del fácil reconocimiento y del fácil aplauso. Y hablándonos de esos tiempos duros, de delaciones y de ruido y furia y traición y estupefacción y certeza y miedos y represalias consigue la primera gran parada, la primera conquista del ánimo del lector y de su atención inquebrantable y sube y muestra cómo se escribe la más alta literatura en los días de hoy, aquí y ahora.

21 noviembre 2007

Fernando Fernán-Gómez


En un mundo del que van desapareciendo las personas más importantes, los artistas más necesarios, también un actor magistral decide envolverse en su capa, en su sombrero gigante y desaparecer, acaso algo hastiado, harto, decepcionado, fatigado y con una sonrisa muda y quizá invisible en sus labios. ¿Qué nos quedará de este hombre? Algunas películas, algunas series - la del pícaro, me recuerda mi hermano por teléfono, que también acaba de enterarse de la noticia del fallecimiento-, algún exabrupto, una imagen, una voz que mañana oirás en televisión - un anuncio inigualable- defendiendo la grandeza del fútbol con un tono que te paralizará y que te arrancará un rato de tu vida cotidiana para llevarte a un lugar del que parten los mejores pensamientos y al que van a parar las mejores personas. Te añoraremos. Hasta siempre, Fernando.


Comentarios dignos de leerse en el diario Público

10 noviembre 2007

Mi madre, en la iglesia (Nunca te diremos adiós)


A las seis de la mañana dejé el sofá y me puse a escribir estas líneas. Las leyó una de nuestras primas, Loli, porque sabíamos que ninguno de los cuatro hermanos podríamos dominar la voz ni los sentimientos. Cuando mi prima acabó de leerlo, hubo un inesperado aplauso en la iglesia, que quizá mi madre, junto a las palabras a ella dedicadas, pudo oír. El sacerdote aprobó la lectura del texto, leyó a su vez algunas palabras de Miguel de Unamuno y de Antonio Machado. Espero que mi madre las oyera. Espero que aún pueda seguir oyéndonos, deseo que exista el alma y que ella, mi madre, nunca deje de ser mi madre.

Mi madre no confiaba en el no. Confiaba en el sí.
Mi madre era optimista: siempre creía que todo tenía solución.

Mi madre tenía un gran poder: allanaba las montañas. Pero no las físicas, sino las montañas que crean las diferencias y las discusiones. Y encontraba el camino para el entendimiento y la paz.

Mi madre nunca se quejó de nada. Siempre le importaron sus hijos y toda su familia antes que sus propios problemas.
Mi madre siempre se esforzó, siempre nos quiso. Su presencia traía la luz del nuevo día.
Mi madre era la aurora, era la luz.
Nunca te olvidaremos, Aurora Rodríguez Castillo.

26 octubre 2007

Mi madre no murió sola


Mi madre no murió sola. Yo cogía su mano derecha con mi mano derecha, la izquierda la puse con la palma abierta en su frente, mi hermano Pepe le cogía la otra mano. No quisimos que se muriera conectada a las máquinas, que llamaran y nos dijeran que había muerto y verla sola, en una camilla de hospital. Cuando llegué, sufrí un ataque de nervios. Ella estaba en coma. Yo la había dejado consciente, con sus ojos tan abiertos, tan comunicativos, llenos de la vida grata y la alegría tan palpitante que siempre los llenaron. Me abracé a mi hermano Pepe, lloré como sólo se llora cuando va a morir la persona a la que más has querido en tu vida. Salí corriendo, seguido de Inma, mi mujer, por el pasillo. Me dejé caer, o me caí, y el mundo se redujo a una visión corta y unos pensamientos destrozados. Pero, de repente, me levanté y tomé una decisión: ella ha hecho tanto por mí, nos ha dado tanto que se lo merece todo, hay que ayudarla, asistirla, estar con ella hasta el final. Nunca antes había visto a un muerto. Con treinta y nueve años, siempre le hurté a mi mirada esas imágenes que perturban la memoria durante el resto de nuestra vida. Pero volví a la habitación. Le dije a mi hermano que le cogiera la mano, yo tomé la otra, le puse la mano en la frente y mi madre, poco a poco, sin sufrir, acaso sintiéndonos, acaso oyéndonos, se fue muriendo sin dolor -tenía los pulmones encharcados: un resfriado que, con su edad y el alzheimer encima, era insuperable-, como un pececito fuera del agua, yo diría que se abandonó y no luchó, para ahorrarnos angustia y miedo -siempre fue así, siempre: esa mañana se comió todo lo que le di, hasta abría la boca dibujando la forma de la jeringa con la que la alimentábamos, incluso esbozó una de sus sonrisas, gesto con el que se comunicaba casi plenamente desde que dejó de hablar-, siempre tan generosa y tan buena. Mi voz se mantenía firme y le pedí a uno de mis sobrinos que llamara a su padre, Emilio, y a su tío, Cayetano, porque noté que estaba muriéndose. Y unos instantes después murió mi madre, ante sus hijos, en nuestras manos, como ella nos tuvo al nacer. Mi madre no murió sola. Se quedó de lado, como un pajarillo- me acuerdo de esos pequeños gorriones que caían prematuros de sus nidos al patio de nuestra casa de Ugíjar, con las horas contadas- delgada e inerme, en su cara la expresión serena del que duerme y ha cumplido gratamente con su papel y nada tiene que reprocharse.
Anteayer, mi hermano Pepe me preguntaba aún cómo podía saber yo que mi madre se estaba muriendo. Otras personas han aguantado horas, hasta días, me dijo, en su situación. Yo nací de ella, pienso, y fui quien más tiempo pasó a su lado - treinta años - , estuve los últimos cuatro días en el hospital desde la mañana hasta la noche, y supongo que nos entendíamos de una manera inefable. ¿Cómo explicar, si no, el texto que escribí para este blog, y que podéis leer más abajo, horas después de perderla? ¿Y el texto que a las seis de la mañana volcaba en un papel el día de su entierro y que una de nuestras primas leyó en la iglesia? Mi madre me apoyó siempre, me compró cuantos libros le pedí, nunca dejó de sonreírme. Son los peores días de mi vida. El lunes cumplí cuarenta años. Aún no soy capaz de oír música, aún me domina el dolor de estómago. Pero no va a acabar aquí todo. Por lo pronto, hemos decidido reunirnos un día al año -hermanos, nietos, mi padre- en honor de Aurora, nuestra madre, un día distinto del 1 de noviembre, que recuerda a los muertos; seguramente el día de su onomástica, para celebrar que vivió y siempre estará viva. Mi madre.

21 octubre 2007

Mi madre


Cuando tu madre muere en tus brazos el círculo se completa, porque ella te sostuvo en los suyos cuando naciste.


En recuerdo de mi madre, Aurora Rodríguez Castillo, que falleció en Almería el 20 de octubre de 2007.

12 octubre 2007

Elogio y defensa de la coma


Me he pasado varios días leyendo una novela con un lápiz al lado, cerca de la mano, corrigiendo cada vez que me encontraba una frase a la que le faltaba una o varias comas. Se nota que la traducción está hecha con prisa -no me quejo: pagan poco, los traductores están mal tratados por la industria y su situación va a peor-, pero con gusto también, y a la traductora le ha faltado tiempo para ver de nuevo las páginas y poner unas comas más por aquí y otras por allá. Me ha gustado la elección de las palabras, el ritmo de las frases, así que me parece una buena traducción. Pero faltaban comas en algún advocativo -fallo cada vez más común-, en alguna aclaración que ha de ir entre comas, en ciertas frases que empiezan con un "Cuando"... y no hay coma antes de algún pronombre. Y es que la coma es la que marca la respiración de la frase, es el pulmón de la frase, y si se suprime nos quedamos como al final de una carrera o como en una charla en que alguien te habla de la manera en que lo hacen algunos locutores, uniendo la frase que acaba con la siguiente, por mor de las prisas, y nos ahogamos, aunque asentimos y esperamos que lo afirmado tenga poca importancia. La novela pertenece al género negro y la traducción seguro que no le ha costado a la editorial tanto como la de algún pope estadounidense -aunque mejor no apostar-, por lo que los descuidos parecen menos graves, pues ya se sabe que el lector de este tipo de literatura no ama más que la acción. A mí también me gusta la acción de las palabras, la interacción, y que haya comas. Cuando leo -siempre por encima, en un gran almacén, mientras espero a que mi mujer acabe alguna compra- algún parrafo suelto de los best seller y no veo comas me digo que me están estafando -no del todo, porque nunca compro esos libros, claro-, me están quitando la salsa, el condimento esencial, la nota que marca la pausa antes de que vuelva el tema principal, el acorde perfecto. También escribo. Y amo las comas. Aclaran, señalan caminos, ordenan, enfatizan si es necesario, orillan lo inútil, les otorgan a los más acertados textos una musicalidad que podría compararse con la belleza de alguna composición chopiniana. Las comas son absolutamente necesarias, amigos, tendría que crearse una asignatura en las escuelas de letras dedicada exclusivamente a su buen uso. Saldrían escritores más profundos, más exactos, y sus libros seguro que nos elevarían.

(Foto: Partitura con una composición de Chopin)


Texto recomendado: Con una exquisita sensibilidad, nos habla Elena en su blog de Dickens y las narraciones orales.

04 octubre 2007

Los ojos de mi madre


La cabeza de mi madre, en la almohada, es un peso liviano. Pero sus ojos, que nos miran intensamente, tienen un peso enorme, porque transmiten ganas de vivir, porque te buscan y consultan qué hay en tu cara y te alegran dejando caer una sonrisa hasta la boca. Sólo murmura. Apenas se queja. Mi madre está en la cama del hospital. Vuelve la cabeza para ver quién se le acerca. Sólo por eso lo premia con una sonrisa. Le seco el sudor de la frente, le acaricio la mejilla, le susurro si se altera. Mi madre es todo ojos: de un color que no sé decir, de una transparencia vivificante, con un brillo sin lágrimas que me ata y me emociona. Si me aparto de su lado y me alejo, sus ojos me siguen, me llaman, me reclaman. Pero también mira mi madre a mis hermanos, también les sonríe a ellos. Y se queda expectante cada vez que una enfermera le habla, la mueve, porque en su memoria no halla la imagen para comparar y reconocer. Mi madre es sus ojos, dos ojos que registran aunque no entienden demasiado, dos ojos que se fijan en los cambios de la luz en la ventana, que toman por reales a los seres fantasmales de la pantalla de televisión. Los ojos de mi madre han visto más de ochenta años de alegrías, penas, injusticias, han visto noches y días y saben cómo hacerte sentir que la vida merece la pena. Y los ojos de mi madre nos convocan, alejan de nuestra memoria el daño y la enfermedad y el accidente que la ha llevado al hospital y nos hermanan de nuevo, nos ayudan a mirarnos de nuevo con confianza, de nuevo rebosan bondad y nos rendimos y nos alumbramos y nos alimentamos y olvidamos tantas cosas que sólo habían surgido para separarnos.


(Foto: Nadar)

21 septiembre 2007

Los 90



Íbamos al cine con una compañera de clase y ella elegía una de miedo, lo que era la excusa perfecta para que te cogiese de las manos y te pidiera ayuda, que no te enteras, Paco, que me gustabas hace tiempo, tú siempre perdido en tus libros y tus largas conversaciones. No éramos celosos, no nos importaba el comentario de una amiga que había visto a tu chica con otro paseando por la playa, porque seguro que había una explicación. Y si no la había, sabíamos perdonar; y perdonábamos. No consumíamos tantas cápsulas y recurríamos al geniecillo dormido dentro de una botella para perder la timidez y el miedo y para ahogar la tristeza, que era más llevadera, más breve, sólo una acompañante ocasional. Nuestra imaginación era más natural, nuestras conversaciones incluían una inolvidable e insuperable frase -"no aísles", cuando éramos tres y uno se quedaba fuera de juego porque hablaban sólo dos; "no aísles", decía mi novia porque la amiga que venía con nosotros al cine se quedaba callada o la aburríamos hablando de algo que sólo nos incumbía a mi chica y a mí-, la gente era más generosa, menos desconfiada, creía menos en la propiedad y se enamoraba más fácilmente, aunque después no fuera nunca capaz de dar el primer paso. Daba igual: disfrutábamos imaginando. No se acababa el mundo si te dejaban, si ella te había engañado no buscabas venganza y jamás recurrías a la violencia, porque ella no era tuya, no la poseías: la posesión no era nuestro primer objetivo. Recuerdo que yo era feliz con ella sentados en la playa, cantando, en tardes hurtadas al estudio, y que cuando nos separábamos nunca me iba solo, nunca me iba sin algo nuevo o sin la sensación de haber profundizado en un aspecto, en un tema, en una meditación; me marchaba con las manos aún suaves por las caricias, con la mente llena de imágenes que se habían enganchado ya a la memoria (aún perduran, de hecho), con el paso ligero y convencido de quien incluso en la adversidad sabe hallar algo que merece la pena.


(Foto: Carlos Pérez Siquier)

16 septiembre 2007

Amigo es aquel que fue generoso contigo al menos una vez

¿Por qué hay tanta gente llena de rabia?, me pregunta mi amigo Luis Castillo. Oigo su respiración agitada, aparto el teléfono de mi oreja un instante y exhalo una imprecación. Alguien lo ha fastidiado. ¿Por qué hay tanta gente que no es feliz si no jode a los demás?, ¿por qué no viven sus vidas y dejan que los demás vivan las suyas?, ¿por qué creen ser íntegros, ejemplares, pero sólo caben en su mente su imagen y sus propios, egoístas deseos?, ¿por qué con los enemigos cobran fuerzas, se afirman, se imaginan que crecen en la batalla, en la lucha, en el forcejeo, cuando sólo disminuyen, sacan a la luz su lado podrido? Luis está muy fastidiado. Algo le ha ocurrido con uno de sus amigos, al que no conozco. No me cuenta más. Y yo, no se me ocurre otra cosa, le digo: Amigo es aquel que fue generoso contigo al menos una vez. Amigo es el que no te traiciona, el que no te abandona, el que no cree ser más que tú. Amigo es el que lo es para siempre. Pero Luis está fastidiado. No se anima. Cuelga y sé que es porque quiere hablar pero no encuentra las palabras, no consigue decirme qué le angustia. Mañana lo llamaré, o iré a su casa. También se puede ser amigo en los silencios y en las esperas, sólo con hacer compañía. Espero no defraudarlo.


(Foto: Javier Arcenillas)

12 septiembre 2007

Carta a Ismael Serrano


"Mi utópico amigo". Así me llamaba mi mejor amigo de los veintisiete años. El que ya no me entendía tanto a los veintiocho, el que no era mi amigo del alma a los veintinueve. Me siento incomprendido casi siempre, cuando hablo y cuando callo. Incomprendido cuando tengo que explicar por qué escribí algo tan duro, por qué me quedé tan blando aquélla otra vez. Pero siempre he sido utópico. Mi amiga de Los Ángeles (California), a quien nunca he visto y a la que conocí por un blog, es quien mejor me entiende. Quizá porque nunca me ha mirado a los ojos, porque nunca se ha dejado engañar por el tono equivocado de mi voz. Muchos somos así, nos sentimos así. Incomprendidos. Por eso me sabe mal escribir y no ensalzar a mi admirado Ismael Serrano, que tan bien me entendía, sin conocerme, escribiendo canciones como "Ya quisiera yo", que me describe como si Ismael hubiera estado un año entero viviendo a mi lado. Pero es que, Ismael, los tres últimos discos que has sacado me duelen en el alma, me decepcionan. Sí, dices que te niegas a crecer, pero has perdido ironía incisiva, has perdido algo de mala leche, te has suavizado, te has enredado con las letras románticas, te has instalado en un tono cercano a lo monocorde, amigo, ¿qué te está pasando? Oigo tus "Sueños de un hombre despierto" y me obligas a golpear la pared, a volver la cara, a quejarme a media voz -¿quién podría oírme, a quién le importará?-, porque tú tampoco me entiendes ya. De nuevo muy solo, Ismael. Con lo que he cantado yo "Tierna y dulce historia de amor", "Papá, cuéntame otra vez" y "Al bando vencido". Ya no puedo cantar tus canciones, tus nuevas canciones, porque se ve que me he hecho viejo y tú sigues joven, algo adolescente, quizá demasiado adolescente. Y mira que te quiero, amigo, y mira que me cuesta escribir esto, mira que sé que eres un utópico como yo. Incomprendidos, Ismael. Ahora, también, tú y yo.

06 septiembre 2007

La vivienda, derecho contitucional

Mi amigo Luis Castillo lo ve muy claro: un sistema se autosdetruye cuando acaba por vender sólo humo y añagazas. Seguro que pensáis en Cuba, pero él se refiere a nuestro sistema, el hipercapitalista en que vivimos (sobrevivimos). Viene esto a cuento de que un presidente de una comunidad autónoma de España ha prometido vivienda digna para la gente que menos dinero tiene, que menos dinero gana. Inmediatamente, un montón de tertulianos, políticos, articulistas y "pagados por los que cierran bocas" (Luis dixit) se ha apresurado a tachar la medida de electoralista -¿pero no faltan más de seis meses para las elecciones? Qué exageración -, de imposible y hasta de inoportuna. Son los que no quieren que el estado ayude al ciudadano, los que no quieren que se ayude a los pobres, los que no quieren que se corrijan las grandes desigualdades gracias a las que se mantiene un sistema tan mentiroso y dañino como el que padecemos, afirma mi amigo Luis. ¿Por qué esos tertulianos, esos analistas, esos economistas -la profesión más imbécil del mundo, ya que sólo da inútiles, pues vaya cómo tienen el mundo los encargados de cuidar del euro y del dólar-, esos articulistas -dejemos a los pagados para intoxicar- no se dedican a exigir que se cumpla ese derecho recogido en nuestra Constitución, por qué no se empeñan en reclamarlo en todas la comunidades de nuestro país, que pueden -si quieren- tomar cartas en el asunto? Si ya no vemos esto, sigue diciendo Luis, es que estamos muy enfermos, el sistema está muy enfermo, y si no se exige ya ni que se cumpla el mínimo exigible es que estamos en proceso de autodestrucción. No creemos ya ni en nosotros mismos. Qué país, qué mundo, añade Luis. Politiqueo, intereses oscuros, mandados que entonan la canción de su amo. Que vengan ya los extraterrestres, hombre.


(Foto: Alberto García-Alix)

04 septiembre 2007

Alberto Ruiz-Gallardón


Le entrevistan en Radio Nacional de España, en el nuevo programa de Juan Ramón Lucas, y me quedo escuchando hasta el final porque se trata de una persona que ingresa ligeros cambios en la imagen que de los políticos de derechas tenemos en España. No creo que la derecha española esté centrada, o sea, en el centro, como defiende un rato antes en la misma emisora una contertulia. No creo que la voz de Mariano Rajoy sea la de un político centrista: ¿en qué se parece al paradigma español, que es Adolfo Suárez? En nada. Éste hizo avanzar a la sociedad española, fue valiente e integrador. Rajoy es muy demagogo, siempre hace declaraciones que quiere que surjan de su boca como si debieran de esculpirse, de repetirse luego a media voz como mantras intachables. Ningún político tiene la verdad absoluta, ningún político puede prescindir del rival ni de quienes no le votan, porque si gana unas elecciones ha de gobernar para todos los ciudadanos, los adeptos y los que no le quieren. Rajoy no se hace de querer, se refugia en los que le quieren, no amplía campo, no se gana nuevas adhesiones, no consigue que lo quieran más. A Rajoy, incluso los suyos, cada vez lo quieren menos.
Gallardón pertenece a esa clase de políticos que aman la política y desde muy jóvenes han entrado en un partido y han ido escalando posiciones hasta llegar a a lo más alto. Es querido y temido a la vez entre sus compañeros, porque aún no ha tocado techo. Durante los períodos electorales su voz me suena más a derecha, a partidopopular, a dirigente que no quiere ceder su plaza y que, orgulloso y confiado de sí, batalla para ser presidente de una comunidad o alcalde de una ciudad muy grande con la convicción del que sabe estar, presentarse, ser aclamado, valorado y respaldado. Pero cuando no hay elecciones cerca - o acaso siempre, porque no soy uno de sus seguidores y no le escucho más que esporádicamente-, cuando le entrevistan le oigo hablar de otros temas ajenos a la política y le presto atención, porque no es que rompa moldes, pero sí apunta detalles significativos. Esta mañana, en respuesta a la solicitud del presentador del programa, ha escogido la música de Bach y de Joaquín Sabina como acompañamiento y fondo mientras le hacían preguntas y en las pausas de la entrevista. El propio Juan Ramón Lucas, avispado, con buen instinto periodístico, le ha preguntado poco después por qué elegía a Sabina, tan alejado ideológicamente de lo que es y representa ser Gallardón. Y el alcalde de Madrid ha contestado que no se limita en los gustos estéticos, que eso no sería muy inteligente. Me gusta la frase, me gusta su aroma comprensivo y mestizo. Pero luego pienso que no: no me convence que un político de derechas pueda planear leyes y vivir en la derecha política y social pero en la intimidad disfrute de las canciones de un viejo cantautor rojo, de una estirpe de artistas que en sus letras denuncia situaciones a las que la derecha no presta atención, que señala desigualdades que no restaña la derecha, que lucha por una igualdad que jamás nos ofrecerá ninguna derecha del mundo. Y ahí veo por qué nunca me han convencido los políticos de derechas, por qué su separación de la vida íntima y la vida social nunca me han convencido, vuelvo a comprender qué es la derecha, cómo es un político de derechas: aquel que deslinda, separa, diferencia, puede disfrutar del logro literario y musical de un viejo rojo como Sabina y dejarlo en la habitación de su casa, en la intimidad del hogar, quieto, reposado, inerme, sin más valor que el estético, para el goce de los sentidos. Por eso sigo prefiriendo a esos tipos que aún creen que la literatura puede cambiar las cosas, molestar un poco a los que tienen el poder; por eso sigo estando cerca de los cantantes como Sabina, Labordeta -magnífico novelista también- o Ismael Serrano, que aún se la juegan, aún apuestan su credibilidad y su voluntad ante el público dando versos y palabras que no están trillados, vacíos de contenido por el uso insensato, que nunca diferencian una canción política de una canción de amor o surrealista, porque en su búsqueda de la verdad no separan lo público de lo privado, no parcelan, no son dos personas en una. Y sigo defendiendo a esos escritores que arriesgaron lectores y comodidades para profundizar en el hombre, en sus contradicciones, y que contra viento y marea se mantuvieron en una línea coherente y aun calamitosa, que a algunos los ha llevado a un semiolvido y a otros los abandonó en manos de la muerte con poco más de lo que habían traído a este mundo. Y sigo creyendo en las personas y en los políticos que, a diferencia de Gallardón, aman el arte por algo más que su goce estético.


(Foto: Sergio Barrenechea - Efe)

30 agosto 2007

10 minutos, 1000 vidas


Abres el periódico y te topas con una noticia como ésta: El sueldo de un año, en 10 minutos (El País). Tipos de Wall Street que ganan en diez minutos lo que un empleado medio en un año. Y mi amigo Luis Castillo me llama, con tono irónico primero y enfadado, muy enfadado después, me dice que no es así la cosa, que luego vienen los aguafiestas de siempre -bien subvencionados, bien pagados con dinero secreto- y dicen que no hay lugar para las revoluciones, los grandes cambios, los movimientos de protesta generalizados. Nos han idiotizado, desarmado moralmente, nos han bajado a la categoría de perritos que aceptamos y lamemos nuestro hueso, añade. ¿No sirve ya Marx? ¿Qué tenemos a cambio? ¿No sirve ya Emile Zola, no sirve Sartre? ¿Qué tenemos que los mejore? Luis se calla. No quiero insistir con lo de los niños que se mueren de hambre, con tanta correción política para no perder clientela. Son argumentos fáciles, aclara, aunque absolutamente innegables, palpables. No son lugares comunes, son una realidad. Diez minutos, insiste, trabajan diez minutos y otros todo un año. Qué injusto, qué mierda. En fin. Ya vendrán a consolarnos con lo de siempre, con lo del fiasco de Rusia (como si allí hubiera habido comunismo, hombre, a otro perro con ese hueso), con el fin de las utopías ( claro, que no pensemos ni deseemos más que lo inmediato y comprable), de las ideologías (claro, a partir de ahora pensaremos no con ideas sino con números de tarjeta de crédito) para que este capitalismo devorador no pare, concluye Luis. Me ha dejado sin palabras.


Nota: Hoy, 31 de agosto de 2007, leo -un día después de lo escrito arriba- que septiembre se va a presentar con una subida del pan, la leche y la carne que no tiene parangón en los últimos treinta años. No es de cultura esta noticia, pero me deja temblando. Mi amigo Luis Castillo no me ha llamado aún. Supongo que su enfado ya es doble. No ganan los agricultores, está claro. Vivan los intermediarios, me dirá, viva el mangoneo, vivan los que viven, concluirá con tono amargado.

(Foto: Robert Frank)

24 agosto 2007

Luis María Anson, España, cultura

Hace algún tiempo disentía, en otro blog, sobre la capacidad de este periodista para estar en la Academia. Sigo pensando lo mismo. Y para basarme en algo más que apreciaciones personales, os dejo este ejemplo, aparecido en El Cultural el pasado 18 de enero, y que me ha hecho llegar mi amigo Luis Castillo. Transcribo: "No está en los circuitos intelectuales. No es rojo. Ni siquiera es maricón. Pero tiene talento." Así empieza este académico una loa a Pedro Ruiz. Juzgad vosotros mismos. Ésta es la otra España, la que dicen que no existe, la que cree tener la razón en todo, la que es culta, ejemplar y da lecciones, la que cuando pierde no reconoce la derrota y descalifa a unos para ensalzar, por contraste, a otros. La que nombra despreciativamente al presidente de su país con dos letras. Válgame, lo que tiene uno que oír, que diría mi padre. Aseguran que se necesitan cien años para superar los efectos de una guerra civil. Quiera Dios -en quien creo, porque Dios no es un invento de la derecha ni patrimonio particular de nadie- que pasen pronto los años que nos faltan.


(Foto: Robert Frank)

14 agosto 2007

Generación Herida


Somos una generación herida. Mi profesor de literatura y amigo - en los años del instituto- Pedro Vázquez me dijo un día que el futuro era nuestro, sería nuestro porque estábamos preparados y teníamos los conocimientos. Pedro me invitaba a ir a su casa, en Almería, y juntos estudiábamos la viabilidad de que tras el nombre fuera un "que" sin la coma correspondiente, analizábamos oraciones para pillar al autor y señalábamos los errores cuando faltaba un verbo, por ejemplo. Nos gustaba mucho escribir y ver los textos despacio, leer comprensivamente, no para llenarnos el coleto de anécdotas y aventuras sino para empaparnos de nuevos conocimientos y reflexiva y responsablemente ir avanzando, paso a paso, en el mundo de la literatura. Ambos escribíamos relatos -yo también alguna novela - y Pedro confiaba en mí. Me reunía con otros amigos en una tertulia y nuestra capacidad se ponía a prueba en multitud de temas. Jamás he sabido tanto, he aprendido tanto como al lado de aquellos amigos. Pero Pedro se equivocó: no somos los nuevos amos, los nuevos dueños del cotarro, los que publican libros y venden mucho, a los que entrevistan los periodistas de El País, El Mundo, Qué Leer en el fragor de las campañas de promoción. Algo se rompió, se extravió, y no podemos reírnos ahora, al hablar de la generacion perdida estadounidense, porque las tripas protestan y el ardor nos llena la boca. Sabíamos mucho de Onetti, de Cortázar, de Benet, de Faulkner, de Scott Fitgerald, de muchos autores. Teníamos teorías y argumentos para escribir magníficas novelas, pero algo nos descompuso. Uno se fue a Barcelona, tuvo un hijo y no volvió a escribir -que yo sepa -, otro publicó una novela y obtuvo un cierto éxito pero después le hicieron el vacío de una manera asombrosamente extraña. Éramos tres amigos, la Generación Herida, y no tenemos pena, no echamos de menos lo que pudo haber sido y no fue, no nos agobian las pesadillas. Salimos a tomar cervezas, miramos las caras de los desconocidos y asumimos que nosotros también lo somos. Y la vida va pasando lentamente, hablamos del último libro de Javier Marías, de Muñoz Molina, e insensiblemente, sin ningún dolor marcado en la cara o en los ademanes, nos acercamos a la edad madura y miramos nuestros relojes y pensamos en lo próximo que tenemos que hacer en casa, con nuestra mujer o nuestros hijos. Y estamos plenamente convencidos de que el mundo sigue tan mal como antes, como cuando teníamos veinte años y los sueños parecían tan reales que para tocarlos sólo bastaba con dar un paso adelante.

08 agosto 2007

Las derechas, las derechas


Estoy sentado en un banco de la Carrera del Genil, esperando a que llegue mi mujer, que se ha entretenido comprando en una tienda de la calle Reyes Católicos. Granada, hace dos horas. De repente veo que un hombre viene directo hacia mí, se para a mi lado, acerca su cara a la mía. "Las derechas, las derechas nos tienen adulterados y envenenados", dice. Y no aguarda a que le responda, continúa su camino como si me hubiese traído ese mensaje desde muy lejos, cumpliendo un encargo. Y el inesperado mensajero, vestido con camisa verde y pantalón claro, sube la calle y se pierde entre en la gente.


(Foto: Lee Friedlander)

02 agosto 2007

Pablo Aranda: Ucrania


Claro que hay clásicos, pero también autores nuevos en este blog: gente que tiene una tradición detrás y no lo olvida, la asume y crea con muchas enseñanzas bien aprendidas. Pablo Aranda es un escritor que llamó mi atención con una novela anterior, "La otra ciudad", porque la prosa me parecía sugerente, creativa, porque el tono era cercano y realista, cualidades que están presentes en "Ucrania", novela con temas que en manos de otro serían vistos de una manera más liviana, cercana al cómic y la historieta, pero que Aranda literaturiza con acierto: internet, conocerse mediante mensajes de correo electrónico, con el único aval de las fotos, la soledad del que busca, la soledad del que padece y quiere huir. Es el punto de partida de una novela en la que se apuesta por el lenguaje, por una narración que es materia prima y materia esencial de una trama en la que vemos al protagonista viajar a Ucrania al principio de la novela, siguiendo el rastro de una mujer. Hay un uso hábil del impresionismo, de los fragmentos que nos llevan adelante y atrás, como si paladeásemos con deleite a la vez el postre y la comida; y Aranda además tiene un oído excepcional para el diálogo, para recoger las frases que están en la calle, en la boca de los españoles de este momento, con esos usos, giros, exclamaciones que revelan al buen escritor realista. Y no estamos sobrados precisamente de autores que hablen de la realidad conociéndola, amigos, que hablen de la realidad de la calle, de la realidad social y política de nuestro país, ni mucho menos. Por eso este libro de Aranda se merece, nada más empezar a leerlo, un pequeño reconocimiento, un pequeño aplauso.

25 julio 2007

Lee Friedlander


No se puede fingir que somos los mismos, que sentimos lo mismo, que nada cambia. Si el tiempo pasa, si el tiempo nos deja atrás según vamos cumpliendo años, tenemos que evaluar y ser sinceros y decir que no somos los mismos, que no sentimos lo mismo, que necesitamos mirar con otros ojos. Pocos artistas contemporáneos han sido tan sinceros como Lee Friedlander. Mientras la mayoría mantiene una idea romántica del arte, mientras el resto utiliza la cámara cogiéndola con la punta de los dedos, ahítos de desprecio, ya que aunque triunfen con la fotografía siempre la verán como un arte menor "del que se valen" para plasmar sus creaciones, Friedlander observó la realidad y la fotografió con unos ojos que eran enteramente de su época, que supieron ver lo que había delante de ellos. El mundo cambia tras la segunda guerra mundial, en los cincuenta viene Robert Frank a tomar nota de lo que se está cociendo y en los sesenta son Friedlander y su amigo Garry Winogrand los que levantan acta. Friedlander fotografía sin apartar objetos, confunde al espectador que va a las exposiciones como si corriera una maratón con sombras y ángulos inéditos, mira y capta el vacío de las calles construidas por hombres que se marchan y sólo dejan tras de sí objetos sin alma. Friedlander fotografía habitaciones en las que hay un televisor encendido con una cara, con unos ojos que parece que están pidiendo ayuda: metáfora impecable de la soledad y la incomunicación de nuestro mundo actual. Y cuando hace retratos elige el formato horizontal, el de la mirada humana, y nos acerca a seres que parecen intensamente reales porque no se les ha manipulado desde detrás de la lente ni en el cuarto oscuro. Es Lee Friedlander uno de los mejores creadores, fotógrafos, artistas del siglo XX porque habló con un lenguaje propio, porque vio lo que otros desdeñaron, porque nos deja un legado de imágenes absolutamente necesarias para saber más sobre quiénes somos y qué hacemos y por qué nos empeñamos en ser menos y dar menos de lo que podríamos dar, en no compartir prácticamente nada, hasta ser como uno de esos paisajes urbanos a los que les falta vida porque todo es frío, seco, hijo del metal y del silencio estéril. Friedlander es un fotógrafo existencialista, duro, inmisericorde hasta consigo mismo-sus autorretratos se ven tragando mucha saliva-, alguien que sufre viendo, fotografiando, y quiere que reaccionemos.

22 julio 2007

David González: Tres relatos del libro "Golpes. Ficciones de la crueldad social"


Los tres relatos están escritos de manera directa, sin añadidos vanamente literarios. Tres pequeñas historias narradas en una primera persona precisa, auténtica. Se habla en ellos de la vida más cercana, la que a todos nos asesta golpes en las consultas del médico, ante la mirada poco amable de los policías desconfiados, en el cuerpo de una chica que quiere más, pero que mucho más. Los tres tienen los pies de lleno en la realidad, en la sociedad de ahora mismo, y se acercan a temas que a cualquiera nos pasan, como mínimo, rozando. Se trata de un tipo de realismo en el que no faltan las palabras gruesas-¿cuántas decimos al cabo de un día?-, la sensación de extrañeza e indefensión ante los poderes y lo sólidamente establecido, que es tan ajeno a la vida del común mortal como la vida y la organización social que pueda haber en otro planeta. Si prefiero este realismo al descafeinado de tantos otros autores con buen oído para el diálogo y tan malo para el sufrimiento y el sentir ajeno es porque late en el fondo un humanismo más hondo que el lacrimoso de los bienintencionados y los epidérmicamente comprometidos que no pierden de vista nunca el número de ejemplares vendidos y la posibilidad de conseguir premios importantes. David González es un escritor honesto en un mundo de corta honestidad, de amplia doblez, de poses rigurosamente estudiadas. Son sólo tres relatos, amigos, pero quería dejar constancia. Y ahora habrá que ir a buscar algún libro de este escritor.

20 julio 2007

La realidad y los medios de comunicación

Lo apunta Eloy Fernández Porta en el libro "Golpes. Ficciones de la crueldad social", al respecto de los relatos que integran el volumen: "Quizá la forma más general de esta violencia sea lo que Paul Virilio llamó el golpe de estado informativo, esto es, la sustitución del ´mundo exterior´por la realidad de los medios de comunicación". Y el otro día lo comentaba yo con un amigo que también estaba enfadado, indignado, y que me decía: "Paco, si esto es la realidad, apaga y vámonos, qué reduccionismo, qué intereses tan descarados, qué manera de meternos el dedo en el ojo y que no protestemos, que ni nos demos cuenta". Y lo que hizo mi amigo Luis Castillo fue apagar la televisión y dejar de oír la radio por la noche, como acostumbraba, y salir a dar más paseos, recuperar la charla con los vecinos y algunos conocidos, leer en internet noticias e informaciones que no vienen por los cauces trillados. Dice que ha recuperado un veinte por ciento de realidad perdida, al menos, que ahora tiene esa sensación del enfermo que ha guardado cama durante varios días y vuelve a andar solo, libre y fuerte. "Es tan fácil, Paco: desconectar, apagar, mirar hacia otro lado. Uf. Parece que nos metemos en un túnel y somos felices buscando el resquicio de luz, cuando lo que hay que hacer es buscar la salida, toda la luz. Bueno, es un principio".


Foto: Henri Cartier-Bresson

19 julio 2007

Ignacio Martínez de Pisón: El fin de los buenos tiempos


El fútbol, un pueblo, un chaval que es el mejor del equipo, el rico que además ejerce de presidente del club, la madre con un pasado medio enterrado que se niega a que el chaval sea futbolista en vez de representante de comercio, perito agrónomo o practicante, profesiones verdaderamente serias y con futuro. La mirada del narrador (ayudante del entrenador recién llegado, un tipo que salió de ese pueblo para triunfar fuera y vuelve derrotado y alcoholizado) es fundamental y una lección de cómo contar usando el punto de vista: se narra sabiendo, se narra sospechando, se narra intuyendo, se narra de manera sesgada y caprichosa cuando la ocasión lo requiere, como al final del relato. Los personajes no nos son presentados con demasiada profundidad, algo que me parece el único error del relato. La descripción de los lugares del pueblo, la función del campo en la vida de quienes habitan cerca de él, las relaciones abiertas y solapadas están contadas de forma que todo parece real y cercano. El juego entre lo que ocurrió en el pasado y lo que ocurre en el presente se formula en las dosis adecuadas, sin anticipar hechos -como en los malos relatos de intriga-, sino conforme la historia lo reclama. Con materiales tan sencillos parece difícil escribir un relato memorable, y sin embargo Martínez de Pisón lo ha hecho, con una prosa madura y dotada de un ritmo envidiable, sin aristas, sin socavones, sin lucimientos vanos y aun así muy matizada, muy bien adjetivada, en una justa medida. Es "El fin de los buenos tiempos" el relato de un escritor importante, de los que quedan en la historia de la literatura, de escritor que trabaja sin alharacas, prestando atención sólo a lo necesario, que es su creación, la misma que le va a dar un lugar bien asentado en ese espacio que sólo ocupan los autores de raza, auténticos, llamados a ser nuevos clásicos.

17 julio 2007

Para el Hippie Viejo


Creador de un blog merecedor no de un premio, sino de cien. Le ofrezco esta reflexión, en la que ambos creemos:

La vida no es sucia, la hacemos sucia. Y está mucho más sucia en las alturas que en las partes bajas, más sucia en los cerebros que en los genitales, más sucia en las altas esferas que en la pobreza de abajo, donde se es como es sin poder optar, sin poder elegir.

Gracias, amigo, por tu presencia en este blog, por tus palabras. Larga vida.



Foto: Puente de la calle Suipacha (Buenos Aires). (http://www.lobosdigital.com.ar/6-3-2006.php)

14 julio 2007

Heinrich Böll: La aventura y otros relatos (2)


Cuando andamos a vueltas con la magnificencia del relato estadounidense, sus autores imprescindibles, pero también empiezan a detectarse síntomas de cansancio debidos a la repetición del modelo "sucio" hasta la extenuación, creo que leer a Heinrich Böll puede resultar conveniente y muy útil. Hay muchos jóvenes escritores que no conocen al maestro alemán, que ignoran su obra, nada o mal reeditada en nuestro país, pese a su importancia y a que es, sin duda, una de las más vigentes de los autores del pasado cercano. El relato "No sólo en navidad" es excelente, una lección de buena literatura, perfecto para las escuelas que se dedican a formar a nuevos escritores y esencial para encarar la posguerra europea. Un narrador innominado nos relata la locura que acaece en la casa de su tío cuando su tía decide que la navidad ha de ser eterna y pide que todos los días haya cena de navidad en casa, con todos los familiares y los angelitos y las figuritas en el árbol. Sólo siguiéndole la corriente pueden lograr que ella no grite, no se vuelva completamente loca. Durante dos años, cada noche es navidad en esa casa. Böll, con sarcasmo y con realismo, cuenta cómo uno de los hijos se vuelve comunista, otro deja los cuadriláteros y pasa de boxeador a hombre religioso, cómo el padre paga cuantos gastos se presentan -incluidos actores que suplantan a los familiares, también a él - cuando la enfermedad de la mujer se alarga en exceso y lo compensa echándose, en su madura edad, una amante. Hay algunos momentos de humor del bueno, magnífico, que despiertan las carcajadas que duermen insensibles en nuestro pecho, sobre todo en las últimas páginas. La sátira, partiendo de una situación dolorosa, como es la demencia de la tía, da lugar a situaciones que rayan en algunos casos en el surrealismo, pero Böll no pierde jamás de vista la perfección del tono, la radiografía de unas gentes y una época. Me parece que el relato es una lección magistral, además de proporcionar un goce absoluto al lector. ¿Cómo hay que tomarse que, entre tantísimos libros editados en España cada año, no resurjan las obras de este clásico vivo? Yo, con pena, desde luego, porque lamento lo que no pueden disfrutar muchos lectores que no conocen sus libros.

09 julio 2007

John Updike: nuestra sociedad


"Somos una sociedad que se ahoga literalmente en basura, comida basura y la cultura basura de la industria del entretenimiento".

En EPS, 1 de julio de 2007.





Foto: AP/Wide World Photos

07 julio 2007

La lectura


Leer es también una forma de no-ser siendo, de estar no-estando, de vivir no-viviendo. Es ser uno mismo y no serlo. Es una de las mayores experiencias humanas, aunque parezca pasado de moda decirlo. O exagerado. Leer es, puede ser un acto revolucionario, no me cabe duda.

Foto: Javier Arcenillas


Otro texto, moderamente iracundo, aquí.

05 julio 2007

Juan García Hortelano: Cuentos completos


García Hortelano es uno de mis escritores preferidos. No obtuvo el reconocimiento que sí lograron otros autores de su generación y está, como casi todos ellos, en ese medio olvido doloroso e injusto que cae sobre muchos escritores muertos durante algunos años hasta que se les rescata, se les reedita, vuelve a leérseles con pasión. Creo que los libros y sus autores duran porque hay detrás lectores apasionados, que defienden al autor y al libro con más ganas y más acierto que los críticos y los estudiosos, a veces demasiado intelectualizados. Cuando un lector apasionado se convierte en un gran escritor, pongamos por caso, y su influencia es incontestable entonces sus opiniones y la defensa de escritores del pasado adquieren peso y significado y ayudan a devolver a la actualidad y a tomar el camino de la inmortalidad a algunos autores, como García Hortelano, medio olvidados. No tengo yo la importancia ni la influencia, pero quiero aportar mi granito de arena para que no olvidemos a García Hortelano porque novelas como "Tormenta de verano" y "Nuevas amistades" siguen vivas, nos hablan de los seres humanos con gran acierto y plenitud, son una fuente en la que beber cuando se quiere hacer literatura crítica, esa que mira la realidad de su tiempo con ojos abiertos y comprometidos. Los cuentos de García Hortelano también son muy interesantes, necesarios para saber de una época y de un país, para ver lo que llaman la intrahistoria, para saber de lo que se vivía y latía en las casas de la gente que vio nacer una guerra, que tenía braseros, que pasaba mucho frío, que se enamoraba y miraba al prójimo como un hermano desconocido pero muy cercano, identificable y absolutamente necesario para la convivencia. Eran otros tiempos y García Hortelano los cuenta sin exagerarlos, sin disfrazarlos, con unas voces narradoras que nos permiten ver, sentir y presenciar como si estuviéramos en primera fila, acaso como si fuéramos uno de esos niños de sus relatos llenos de la alegría de vivir y del desasosiego de no saber hacia dónde nos llevará la vida. "Daba lástima imaginar que la nieve se derretiría y que acabarían aquellos días raros, con Tano en la cama, aquel miedo soportable y excitante de las tinieblas blancas, de la soledad, del frío." Qué gran escritor, amigos, qué premio es poder leerlo.

27 junio 2007

Ernest Hemingway: Cuentos


Leer a Hemingway es como viajar por el mundo, es conocer a muchas personas, muchos paisajes y estar cerca de la muerte. Siempre le preocupó a este escritor tanto la vida como la muerte, ambos estados, que en sus libros están más cercanos que en los de la mayoría de autores, exceptuando a los de novela negra o de terror. Leer a Hemingway es viajar por las capas que forman el alma, por minutos y horas decisivos e irrepetibles. No me extraña que le gustara la novela negra ni que tantos autores de novela negra le hayan leído, se hayan dejado influenciar por su prosa viva, descriptiva y exacta, una de las mejores del siglo pasado. Valga este ejemplo del relato "La breve vida feliz de Francis Macomber": "Pero el otro toro seguía galopando al mismo ritmo y Macomber falló, levantando una salpicadura de polvo, y Wilson falló y el polvo formó una nube y Wilson gritó: ´Vamos, está demasiado lejos´, y le cogió del brazo y ya volvían a estar en el coche, Macomber y Wilson agarrados a los laterales y avanzando a toda mecha, dando bandazos por encima del terreno irregular, acercándose al toro, que seguía con su galope constante, veloz, de cuello grueso y línea recta". En él hay acción y un ritmo formidable que no cabe calificar sino de maestro. El estilo de Hemingway ha generado muchos imitadores y ha inspirado a muchos escritores que lo han usado, convenientemente adaptado a su particular respiración textual y a su pulso narrativo, con brillantez y acierto, respetándolo y encauzándolo hacia otras orillas en las que también brilla el sol de la valía y el reconocimiento. Hemingway sigue vivo, muy vivo, amigos. Este libro, recientemente publicado, es una pequeña joya, que cuenta con una buena traducción de Damián Alou -aunque cabría reprocharle que confunda el objeto directo con el objeto indirecto, algo que se vuelve pesado por la reiteración del error- y que es una nueva puerta para entrar en un mundo creativo seguramente imperecedero.

22 junio 2007

Mario Vargas LLosa: La verdad de las mentiras


No me gustó el giro que a sus ideas políticas dio Vargas Llosa, adulto que admiró profundamente a Jean-Paul Sartre y que maduró en edad y dejó atrás algunas filias que lo ennoblecían y lo volvían también imprescindible a mis ojos. Pero el viento de la historia, ya se sabe, barre siempre al que se atreve a decir, señalar, contradecir y a equivocarse. Y hoy a Sartre, premio Nobel, autor de alguna novela fundamental y algún libro de ensayo inmarchitable, se le mira con desdén, con un amago de desprecio, porque quedó para muchos superado: qué palabra ésta, qué conclusiones las de algunos que siempre buscan dar por zanjadas, enterradas las ideas, como si eso no fuera una toma de posición ideológica. En el prólogo de "La verdad de las mentiras", Vargas Llosa concluye que quien apuesta por la ficción se dota de un poder ingobernable y cuestiona sólo con meterse en mundos imaginados el mundo que le rodea y los poderes que nunca acaban por contentarnos, apuesta ésta del maduro Vargas Llosa que me atrevería a decir que es una afortunadísima vuelta al origen, al cuestionamiento y a la libertad verdadera, la que no se puede calcular ni encapsular: la del alma humana. Las ficciones son indispensables para el hombre, para contarnos lo que la historia no puede decir, son producto de los sueños, deseos, miedos, frustraciones, nos dice el escritor peruano, que nos recuerda la frase famosa y triunfal de Balzac en que señalaba a la ficción como "la historia privada de las naciones." Y este aspecto, fundamental, me hace pensar que de nuestro tiempo acaso queden algunas partituras, algunas voces grabadas, algunos cuadros y fotos, y sobre todo quedarán muchas novelas, porque en ellas latirá de verdad el ser humano verdadero, el que se muestra sin cortapisas, sin precio ni destino prefabricados, el que acaso a partes iguales está hecho de sueño y realidad. El exceso de imágenes, de documentos sonoros no me induce a pensar que la historia, la ciencia, lo pretendidamente real servirán para decir qué atormentaba, seducía o molestaba al hombre de principios del siglo XXI. Sin la novela, sin la ficción, sin la libertad absoluta del que escribió en un cuarto, a solas, sin prisas y teniendo siempre como primer destinatario de sus páginas, llenas de historias imaginadas, a sí mismo no habrá sino raspaduras, aceite en agua, sombras en la pared, ya que si la ficción cuenta algo es el destino del alma, del espíritu -escoged la palabra que más se ajuste a vuestro gusto y creencias- humano, que jamás podrá verse bajo un foco, en una imagen quieta o móvil, que sólo podrá intuirse, compararse, ser alumbrada un breve instante antes de que la mirada se ciegue o se niegue a ver más. El misterio humano es el alimento de la ficción y la ficción es una breve luz sobre el alma humana. Así pues, este libro de Vargas Llosa, que es un viaje por ficciones esenciales del siglo XX, me parece altamente recomendable y altamente disfrutable. Un libro que nace para ser y compartir, para indagar y compartir es siempre, para mí, digno de celebración. "La verdad de las mentiras", un libro clásico en mi vida de lector, tiende una mano. No se la niegues, lector.

12 junio 2007

Carmen Martín Gaite: Tirando del hilo (1). Agustín González


No voy a afirmar categóricamente que los más grandes siempre fueron generosos, porque sé que estaría equivocado. Hubo grandes escritores que fueron unos necios, unos despiadados, unos insensibles con sus congéneres. La grandeza literaria no va siempre acompañada de grandeza humana, ni siquiera de grandeza moral, y si no mirad el ejemplo de Céline. En el caso de Carmen Martín Gaite la grandeza como escritora sí iba unida a la grandeza moral y humana. En el libro "Tirando del hilo" dedica un texto a un actor poco conocido del momento, Agustín González, y lo alaba por su trabajo en el teatro. Destaca la humildad del actor, que nunca busca lucirse, ni siquiera cuando el papel se lo permite, porque es consciente de que está dentro de un grupo, de una función, y es sólo uno más, pese a su gran talento. La mirada de Martín Gaite se posa en Agustín González porque ve en él una característica poco habitual en el mundo de los actores y lo ensalza por un valor que escasea en cualquier parte. Y lo hace para desagraviarlo "con mi elogio de la frialdad incomprensible con que las críticas que han caído en mis manos han saludado su salto esperanzado, angustioso, acusador, a los escenarios madrileños". Y es esta labor de Martín Gaite la que me conmueve, su ardor para devolver al intérprete al sitio que se merece -y aclara que no lo conoce más que de vista-, para luchar por aquello en lo que cree, aun contra viento y marea. Agustín González es uno de mis actores preferidos, uno de los más grandes que ha dado nuestro país (inolvidable en "El crack dos" mascando sus dudas con los carrillos hinchados, agachando la cabeza servicialmente en "Volver a empezar", planteando dudas con su voz soprendida en Stico, luchando contra enemigos como montañas en "El caso Almería"), y Martín Gaite no se equivocó apostando por él, demostró su generosidad y dio una lección que sirve todavía hoy, cuando todo tiene un precio, manda el amiguismo, cada cual va a lo suyo y la generosidad se está extinguiendo, junto a la camaradería y a la verdadera amistad.

07 junio 2007

Adorar al patrón

A Luis Castillo le molestan las mentiras, las manipulaciones y las tonterías. Se ha levantado con la indignación en el cuerpo. Y antes de hora. Anoche estuvo en la Feria de Granada, bebió cerveza mexicana y whisky, se acostó tarde y a las nueve y media ha ido al servicio a orinar y ha encendido la radio. Entrevistaban a José María Cuevas, el ex jefe de los patronos, su ex representante, su ex dirigente, su ex voz cantante (Castillo dixit). Luis no vuelve a acostarse, porque se ha cabreado. Le ha molestado mucho el tono y el cariz de la entrevista que en Radio Nacional de España, en el programa de Olga Viza (cómo le han enfadado sus risitas complacientes y subsiguientes a algunos comentarios de Cuevas), le han hecho a este hombre cuyo único mérito para mi amigo granadino es haberse mantenido en un puesto más de veinte años, algo que nunca debería de haber sucedido si se creyera en la alternancia y en la rotación en los cargos. A Luis le saca de quicio que la entrevista haya sido absolutamente laudatoria y que nadie le haya planteado alguna pregunta (ninguno de los fijos del programa, ningún tertuliano) de este jaez: Señor Ex Jefe de los Empresarios, ¿a qué cree que se debe que las empresas cada vez ganen más dinero y los empleados cada vez tengan menos poder adquisitivo y menos seguridad en sus puestos de trabajo? ¿A qué cree que se debe que la gente pobre, con una hipoteca hasta las cejas, deje de tener hijos cuando España es la octava economía del mundo? Luis se atraganta al decirme que le disgusta el tono admirativo de este Ex Jefe con su sucesor, que está radicalmente en contra de la empresa pública (por ahí ha ido su primera declaración), al que él mismo llama Don Gerardo. Luis está muy enfadado. Anoche una persona a la que aprecia, que no hace mucho era limpiadora, que iba de portal en portal quitando la suciedad con mopa, fregona y agua, le dijo que de nuevo había votado a la derecha, también ahora en las elecciones municipales. Una persona con una hipoteca que acabará de pagar poco antes de la edad de jubilación, que hace malabarismos para llegar a final de mes y que ha tenido que recurrir a las tarjetas de crédito en alguna ocasión cuando el pago de la nómina se ha retrasado un par de días. Luis se ha parado ahí. Le he oído resoplar, ha dejado el teléfono un instante y ha vuelto y me ha dicho: Paco, ¿en el futuro a los perdedores, a los pobres se les impondrán multas sólo por serlo, a los que piensan de otra manera se les desterrará exterior o interiormente, se marginará a los que se cabrean, como yo, por oír el canto triunfal de los que tienen la sartén por el mango? Luis seguramente ha salido a la calle, ha mirado a su alrededor y ha pensado que este mundo definitivamente no tiene arreglo.


(Foto: Robert Frank)

05 junio 2007

Ismael Grasa: Trescientos días de sol (IV). El pueblo de nuestros padres


Me parece prodigioso el instinto creador de Ismael Grasa. Su capacidad perceptiva es muy alta y la de síntesis no le anda a la zaga. El relato "La casa de Benedé" es absolutamente clásico y a la vez absolutamente actual. Podría haberlo escrito Carmen Martín Gaite hace muchos años, con su sensibilidad inigualable. Pero a la vez es puramente del siglo XXI porque, sin desdeñar el realismo de los clásicos españoles, Grasa introduce elementos críticos y una mirada desafecta que son su huella, la clave de su creación. Un hombre acompaña a su madre al pueblo de ella, donde ha comprado una casa -ya tiene una propiedad en el lugar donde nació y creció, apunta el narrador- que por primera vez va a pisar, tras la muerte del anterior propietario. Sacan los trastos de éste, tiran lo inservible a un vertedero -"La nevera rodó pendiente abajo como un automóvil en un accidente"- y después vuelven a la ciudad. Grasa nos habla de la soledad y cierta animalidad del soltero que vive y muere solo en un pueblo, del deseo de retornar al pasado de los viejos habitantes de la ciudad, que no colma sus anhelos. Con pequeñas, magistrales pinceladas retrata espacios que vemos cuando viajamos a un pueblo y que nuestra desapasionada mirada no registra para el recuerdo -la granja de cerdos: "Pensé que nunca había llegado a ver a los animales de esas granjas porcinas. Los oía, olía su hedor casi sin interrupción, pero esas granjas no habían sido para mí más que unas construcciones alargadas que se ven desde la carretera. Cada cerdo, bajo ese techo de uralita, no salía nunca de su zolle"-, nos emociona narrando los abrazos de la madre con los habitantes del pueblo y con la despedida -una imagen plena, eficaz y preparada para la nostalgia- que le dispensa la madre al hijo cada vez que éste se marcha. Grasa apuesta por un realismo astuto y una prosa aparentemente rápida pero llena de agudas reflexiones y puntualizaciones y de nuevo alcanza cotas muy altas con un relato que habrían degustado con gran placer los lectores de otro tiempo y que gustará mucho a los de éste.

28 mayo 2007

Labordeta y el tiempo que no se irá


A mi amigo Paco nunca le importó el dinero. Su tienda -Foto Luz y Color, en Almería - era el centro de reunión de amigos que íbamos a conversar con él, a escuchar música y a revelar pocas fotos. Paco te invitaba a café, te animaba a quedarte, nunca tenía prisa ni se impacientaba si permanecíamos demasiado rato holgazaneando mientras él atendía a los clientes. Yo, a veces, perdía allí una hora al mediodía cuando supuestamente iba a Correos a echar las cartas de mi empresa. Paco me recomendó un disco de Labordeta. Debí de oír alguna canción en la tienda y después acaso hablamos de cantautores y Paco seguro que dijo que Labordeta era uno de los grandes. Me convenció a la primera. Yo sólo sabía que el aragonés tenía un programa de viajes en la televisión nacional y recordaba vagamente que también había cantado y escrito poemas. El cedé - una recopilación - pasó a convertirse en uno de mis preferidos en cuanto lo compré. Y puedo aseguraros que tengo varios miles (nunca me he comprado un coche, una moto, ni tengo una casa, sólo un piso, y he invertido mi dinero en discos y libros). Siempre que se habla de cantautores pensamos en Aute, Serrat, Sabina, Víctor Manuel, últimamente en Ismael Serrano, pero nunca nos acordamos de destacar al viejo Labordeta. Qué injusta es la memoria. Acabo de volver a escuchar un disco -"Nueva visión"- que es un homenaje a este aragonés inmortal, con grupos y cantantes que interpretan sus temas y les ponen un aire nuevo a los campos, las casas, los paisajes que en la voz de Labordeta tanto han conseguido emocionarme. Sí, yo tengo treinta y nueve años. No he vivido la época en que Labordeta cantaba, escribía, era joven, luchador, creativo, imprescindible. He llegado tarde. Pero he tenido abuelos, he visitado sus casas en un pueblo, he dormido en colchones que se hundían y he desayunado leche en tazones altos, hondos, blancos y algo desportillados. Sólo tengo treinta y nueve años. Y el pasado no está tan lejano, no el pasado del que hablo, no del que habla Labordeta en canciones tan magistrales como "Quién te cerrará los ojos" o "La vieja", que cantada por él o - en el disco homenaje- por Paco Cuenca me emociona siempre que la oigo, siempre, me emociona y me lleva a paisajes que mis ojos han visto, han sentido, y me hace acordarme de algunas personas que ya no están y que parece que nunca han estado, que nunca han existido, en este mundo de prisas, de consumo rápido, de olvido instantáneo. Supongo que pertenezco a una generación intermedia, a caballo de dos tiempos y dos maneras de vivir y sobrevivir. Me siento triste y afortunado a la vez. Y cuando pongo un disco de Labordeta me emociono y pienso que estoy obligado a recordar.


Os recomiendo este blog, de Javier Ruiz: http://deporteria.blogspot.com/

22 mayo 2007

Ismael Grasa: Trescientos días de sol (3). Texto del autor

He encontrado en la red este texto de Ismael Grasa dedicado a Cernuda y de él extraigo esta reflexión del autor sobre la escritura:

Pienso que la literatura de hoy requiere llaneza y sentido del humor. El tono grandilocuente, las aspiraciones a pasar al cielo literario, resultan cada día, en cierto sentido, más disonantes. Cuando eran pocos los que escribían, y pocos también los que leían, como indica ese cuarenta por ciento de analfabetos españoles en la época de Cernuda, entonces, digo, era fácil que los autores se sintieran los guardadores de la llama de la literatura, los atletas que en relevos hacían llegar la lumbre sagrada hacia la posteridad. Por el contrario, es posible que todo sea hoy más inabarcable e incontrolable, y que el tono de nuestros poetas quede a menudo dislocado respecto a una realidad capitalista y su trasiego editorial, una situación de vida corriente que, precisamente por ser corriente y normal, se expresa comúnmente en prosa. No quiero decir con esto que piense que la poesía de hoy no tenga salida. Sospecho, en cambio, que hoy se escribe mejor que nunca. Y pienso que la escritura, antes que ser motivo para que se manifieste el genio que enorgullezca más tarde a su comunidad, ha de ser una expresión cotidiana y natural de un caldo desarrollado de cultura y libertades.
Esta dispersión contemporánea nos libera también de depender de los ejes geográficos y políticos tradicionales. Internet pone en ridículo la fórmula convencional de las naciones, y más cuando tratan de censurar y restringir los accesos a este bien colectivo de lo virtual, formado por individuos dispersos en el mundo. Con Internet es más fácil llegar a librarse del peso de ese Escorial con el que cargaba Cernuda en aviones y barcos.

14 mayo 2007

Carta de hermano a hermano


Me he puesto ya tres veces malo en mes y medio: del pecho. Tengo la salud muy endeble.
Pero no te escribo por eso. Es por mamá. Para contarte algo, de hermano a hermano y por escrito porque en persona no le salen a uno las palabras: sufro muchísimo por ella. Todos los días me acuerdo un montón de veces, le pido a Dios que cuide de ella cada noche, y me fastidia hasta donde no puedes imaginarte -no se lo cuento a mi mujer, ¿de qué valdría preocuparla?-que esté como está, en la cama y sin memoria y sin moverse y sin poder hacer nada por ella. La vida es una mierda. Yo esperaba que un día tendría mi casa y ella se vendría a pasar algunas temporadillas, podría darme paseos con ella y llevarla a tomar un refresco, al cine. No he podido aceptar su situación y, lo que es peor, me temo que nunca podré hacerlo. He vivido con ella y he dependido de ella, ha hecho siempre todo lo que le he pedido y de alguna manera la necesidad la voy a tener siempre, es como si fuera una parte viva de mí. Cada día pienso en cuando le llegue el momento de dejarnos, Luis, trato de prepararme, podría decirse, y no hay manera. Ayer por la mañana me desperté llorando, todavía con los ojos cerrados y llorando, recordándola como ella era cuando estaba bien, soñando con que estaba bien. Algunas noches sueño que se ha curado, que ha recuperado la memoria, que vuelve a estar como antes de la enfermedad. Me imagino que hay cosas en las que nunca voy a madurar, que no voy a ser enteramente adulto, y éstas, el cariño y la necesidad de mamá, son dos de ellas.
Te lo cuento porque has hecho mucho y bien por ella siempre y porque me acuerdo de cuando estaba malo y ella me traía un libro de la librería que yo le había apuntado en una nota, o un medicamento de la farmacia, lo que sea que le pidiera. Otros a lo mejor se casan, tienen hijos y su vida da un giro. La mía, en lo referente a mamá, no lo va a dar nunca.

Sólo quería compartir esto contigo.

Tu hermano Alfredo.



(Foto de Henri Cartier-Bresson)

10 mayo 2007

Anillos de oro


Serie escrita por Ana Diosdado, que bordaba además su papel de madre y abogada por las tardes. En el tercer episodio, "A corazón abierto", una mujer decide irse de casa, separándose del marido y dejando a dos hijas, en contra de la opinión de la menor, adolescente, que se niega a quedarse sin una madre en el hogar. Pero la mujer lo tiene muy claro, porque desde hace muchos años había pensado rehacer su vida al margen de la familia y sólo ha aguantado hasta que la hija menor cumpliera 16 años y fuese ya alguien que puede defenderse casi por sí sola. Es chocante, claro, que una mujer se vaya y no se lleve consigo a sus hijas -ah, los hijos, tantas veces mercancía con la que negociar en los divorcios-, que no aguante si, como ésta, tiene un marido rico y que le da cuanto pueda pedir. Lo que pasa es que la mujer no es una hipócrita, se niega a vivir con un hombre que sólo la quiere por lo que representa y a aguantar una situación que es una mentira social. Han pasado 24 años desde que se emitió este episodio por televisión y, como ocurre con toda obra que posee calidad, siguen sus ideas, su preguntas, sus reflexiones muy vivas, siendo muy necesarias y estando muy bien planteadas, con un perfecto contrapunto dado por la situación familiar de otro personaje, la abogada, que está a punto de dejar de ejercer por culpa de unas llamadas anónimas e insultantes que le dirigen sólo porque se ocupa de ejercer en un bufete especializado en divorcios. Siguen en pie las interpretaciones del resto de actores, empezando por Héctor Alterio, siguiendo con Imanol Arias y acabando con Nina Ferrer, joven actriz que tuvo una carrera breve y sin continuidad que seguí desde el principio con suma atención y lamento aún que se viera detenida por problemas personales que desgraciadamente parece que no tuvieron solución.


Recomiendo: la lectura de la ejemplar crítica que Ricardo Senabre firma hoy en El Cultural a propósito de la novela "La soledad del ángel de la guarda", de Raúl Guerra Garrido.

02 mayo 2007

Julian Barnes: La mesa limón


Dos ancianas conversan mientras comen, sonríen y se callan más cosas de las que dicen. Una es estadounidense y la otra inglesa. Puede parecer que el menú es corto, pero en manos de Julian Barnes se convierte en algo con variadas texturas y que es mejor comerse rápido pero sabiendo degustarlo. Las dos son viudas. Las dos saben que el marido de la otra no era lo que aparentaba. Pero no se lo dicen. Porque son amigas. Y las amigas están para ayudarse, no lo duden. El relato se sustenta en el diálogo, en breves descripciones físicas y en la ironía con que se nos muestra la cara visible y fingida y la cara real y oculta de ciertas relaciones humanas en las que todo es a la postre prescindible aunque a primera vista parezca todo lo contrario. La crítica está clara: miramos con detenimiento -pero no lo decimos - cuánto dinero tiene el que está sentado frente a nosotros, nos creemos superiores porque conocemos secretos de su vida íntima que desconoce el propio implicado -este relato es una oportuna creación en el mundo actual, lleno de programas televisivos que andan tocados del corazón-, y estimamos que somos mejores y más completos porque sabemos lidiar con las decisiones morales, en las que casi nunca fallamos, máxime cuando la autocrítica no nos parece sino una manera de perder confianza y alegría en la vida que nos queda por vivir. El relato se llama "La de cosas que sabes" y es un gran ejemplo de la prosa, el humor bien ejemplificado y la incursión en territorios muy reales que sólo los grandes escritores como Barnes manejan con tanta soltura y pueden volver tan interesantes y magníficamente transparentes.

26 abril 2007

Ismael Grasa: Trescientos días de sol (2)

Supongo que uno responde a los patrones de conducta y moral con los que ha crecido. En las lecturas que hago respeto siempre un principio: no leo nunca por leer, ni para haber leído, sino para saber más, para enfrentarme a problemas morales, para saber más de la conducta de ciertos personajes/personas. El relato "Pájaros" me ha hecho pensar en el existencialismo, palabra hoy puesta en cuarentena, cuando no tajantemente rechazada por antigua o pasada de moda. Una tontería, pienso, porque en literatura todo vale si es bueno y si aporta algo sobre el ser humano. La etiqueta realismo sucio no me gusta: hay algo en ella de desagradable, de censurador que me disgusta, porque no creo que hablar de la vida cotidiana de la gente de la clase media -o media baja- sea hablar de algo sucio. La vida no es sucia, la hacemos sucia. Y está mucho más sucia en las alturas que en las partes bajas, más sucia en los cerebros que en los genitales, más sucia en las altas esferas que en la pobreza de abajo, donde se es como es sin poder optar, sin poder elegir. El relato del que os hablo me parece perfectamente existencialista porque la vida de una profesora que por fin consigue un sueldo fijo pero tiene que irse a vivir a un pueblo y no encaja en el nuevo lugar ni entre la nueva gente está contado con ese aliento que invita a la reflexión y a encarar la historia de una vida como algo trascendente, pese a su brevedad y parcialidad, como algo digno de respeto, de evaluación, de todo interés. Es una vida más, y eso siempre es mucho. Ismael Grasa lo consigue mediante una escritura intensa, en la que absolutamente no sobra ni falta nada, prodigio que en muy pocas ocasiones hallamos. La profundidad es máxima y está servida con aparentes mínimos de narración pura, sin disquisiciones ni divagaciones, con la fluidez del relato oral, lo que me parece sencillamente soberbio. No sólo leemos y vemos a la mujer del relato, sino que la sentimos, la acompañamos, nos cuesta mucho dejarla al acabar la lectura. Y esto, muy habitual en las novelas de intriga, es poco común en una historia de diez páginas. Sí: es uno de los mejores relatos que he leído en los últimos meses.

21 abril 2007

José María Guelbenzu, crítico ejemplar


A veces esto de los blogs es pontificar por otros medios. Rechazamos a los listos y nos creemos listos nosotros mismos y damos lecciones desde nuestro espacio bloguero. Vale. Tenemos derecho a quejarnos y a equivocarnos. Pero no me gusta abusar de los tópicos y combatirlos y volverme tópico. Hago críticas en este blog - o comentarios, meditaciones sobre libros, como más os guste - y en otro, dedicado a la novela negra. Yo he crecido leyendo a muchos novelistas, algunos poetas y ensayistas y a un buen puñado de críticos. Si algo he aprendido, se lo debo a los maestros de la ficción y a miradas lúcidas, inteligentes y dotadas del poder de iluminar como las de Rafael Conte y Luis Suñén, dos críticos por los que siempre he sentido un aprecio y un respeto máximos. Ahora leo con atención cada semana a José María Guelbenzu, magnífico crítico y aún mejor novelista. Hoy, en el suplemento Babelia, aparece una crítica de Guelbenzu que motiva esta entrada en mi blog porque me parece ejemplar: sitúa, informa, compara, ahonda, está llena de aciertos y su sencillez es un valor que no hay que olvidar. Os invito a leerla. Está aquí.

17 abril 2007

Ismael Grasa: Trescientos días de sol (1)


Vivimos en una época de grandes contrastes, con gente muy diferente, que abraza gustos e ideas muy alejadas unas de otras, vivimos en una época en que conviven las diferencias de todo tipo y es algo que considero muy positivo, enriquecedor, ideal para almas despiertas. El primer relato de este libro se llama "Mecedoras" y contrapone el nuevo puritanismo estadounidense a la manera de vivir más despreocupada de los españoles: la hermana del narrador se casa con un tipo de del otro lado del charco y empieza a cambiar, por ósmosis, y a asumir la conducta recta y moralista de su esposo, algo que el narrador lleva mal, sorprendido por los cambios y remiso a incorporarlos a su cotidianeidad. Cuando viaja a los Estados Unidos, el ambiente opresor, sancionador le resulta, en vivo y en directo, más atosigante, más insoportable aún. Este relato está contado con sencillez, sin grandes frases, como le hablaría un amigo a otro amigo íntimo después de una comida o una cena, en un tono cordial, próximo, cómplice. Hay quizá algún exceso en remarcar las cosas, como cuando cuenta que ha hecho el amor con una chica sin utilizar el condón-parece un desafío a cierta moral, acaso un detalle algo forzado-, pero lo más destacable es la inmediatez tan bien asumida, la integración de elementos absolutamente contemporáneos con una facilidad que es abrumadora -Ismael Grasa es un escritor de su tiempo, y no estoy haciendo una afirmación gratuita: los avances tecnológicos están aquí, la realidad del 2000 está aquí, y no se mete nada con calzador, sino con una naturalidad que sorprende sólo porque aún no es nada habitual en el resto de escritores de este nuevo siglo, aún demasiado literarios la mayoría, demasiado encerrados en torres de hormigón con música, sensaciones y objetos del pasado, algo caducos en según qué ocasiones, la verdad- y con los que no busca llamar la atención, sino que están siempre elegidos en función de su valor real y a la vez plenamente funcional y caracterizador. Hay detrás de toda la historia una respiración pesada, enfangada, que a la aparente claridad suma una inquietud rara, difícil de descifrar, que hace más hondo el relato, le abre poros por los que respira lo invisible y lo deja a nuestros ojos como una moneda con dos caras, aunque quede visible una tan sólo. Hay aquí un escritor de calidad, de los que tienen el material y la voz y un mundo propio, no me cabe duda, y celebro que sea alguien cercano, de Huesca, un autor al que hay que seguir leyendo.