04 octubre 2007

Los ojos de mi madre


La cabeza de mi madre, en la almohada, es un peso liviano. Pero sus ojos, que nos miran intensamente, tienen un peso enorme, porque transmiten ganas de vivir, porque te buscan y consultan qué hay en tu cara y te alegran dejando caer una sonrisa hasta la boca. Sólo murmura. Apenas se queja. Mi madre está en la cama del hospital. Vuelve la cabeza para ver quién se le acerca. Sólo por eso lo premia con una sonrisa. Le seco el sudor de la frente, le acaricio la mejilla, le susurro si se altera. Mi madre es todo ojos: de un color que no sé decir, de una transparencia vivificante, con un brillo sin lágrimas que me ata y me emociona. Si me aparto de su lado y me alejo, sus ojos me siguen, me llaman, me reclaman. Pero también mira mi madre a mis hermanos, también les sonríe a ellos. Y se queda expectante cada vez que una enfermera le habla, la mueve, porque en su memoria no halla la imagen para comparar y reconocer. Mi madre es sus ojos, dos ojos que registran aunque no entienden demasiado, dos ojos que se fijan en los cambios de la luz en la ventana, que toman por reales a los seres fantasmales de la pantalla de televisión. Los ojos de mi madre han visto más de ochenta años de alegrías, penas, injusticias, han visto noches y días y saben cómo hacerte sentir que la vida merece la pena. Y los ojos de mi madre nos convocan, alejan de nuestra memoria el daño y la enfermedad y el accidente que la ha llevado al hospital y nos hermanan de nuevo, nos ayudan a mirarnos de nuevo con confianza, de nuevo rebosan bondad y nos rendimos y nos alumbramos y nos alimentamos y olvidamos tantas cosas que sólo habían surgido para separarnos.


(Foto: Nadar)

21 septiembre 2007

Los 90



Íbamos al cine con una compañera de clase y ella elegía una de miedo, lo que era la excusa perfecta para que te cogiese de las manos y te pidiera ayuda, que no te enteras, Paco, que me gustabas hace tiempo, tú siempre perdido en tus libros y tus largas conversaciones. No éramos celosos, no nos importaba el comentario de una amiga que había visto a tu chica con otro paseando por la playa, porque seguro que había una explicación. Y si no la había, sabíamos perdonar; y perdonábamos. No consumíamos tantas cápsulas y recurríamos al geniecillo dormido dentro de una botella para perder la timidez y el miedo y para ahogar la tristeza, que era más llevadera, más breve, sólo una acompañante ocasional. Nuestra imaginación era más natural, nuestras conversaciones incluían una inolvidable e insuperable frase -"no aísles", cuando éramos tres y uno se quedaba fuera de juego porque hablaban sólo dos; "no aísles", decía mi novia porque la amiga que venía con nosotros al cine se quedaba callada o la aburríamos hablando de algo que sólo nos incumbía a mi chica y a mí-, la gente era más generosa, menos desconfiada, creía menos en la propiedad y se enamoraba más fácilmente, aunque después no fuera nunca capaz de dar el primer paso. Daba igual: disfrutábamos imaginando. No se acababa el mundo si te dejaban, si ella te había engañado no buscabas venganza y jamás recurrías a la violencia, porque ella no era tuya, no la poseías: la posesión no era nuestro primer objetivo. Recuerdo que yo era feliz con ella sentados en la playa, cantando, en tardes hurtadas al estudio, y que cuando nos separábamos nunca me iba solo, nunca me iba sin algo nuevo o sin la sensación de haber profundizado en un aspecto, en un tema, en una meditación; me marchaba con las manos aún suaves por las caricias, con la mente llena de imágenes que se habían enganchado ya a la memoria (aún perduran, de hecho), con el paso ligero y convencido de quien incluso en la adversidad sabe hallar algo que merece la pena.


(Foto: Carlos Pérez Siquier)

16 septiembre 2007

Amigo es aquel que fue generoso contigo al menos una vez

¿Por qué hay tanta gente llena de rabia?, me pregunta mi amigo Luis Castillo. Oigo su respiración agitada, aparto el teléfono de mi oreja un instante y exhalo una imprecación. Alguien lo ha fastidiado. ¿Por qué hay tanta gente que no es feliz si no jode a los demás?, ¿por qué no viven sus vidas y dejan que los demás vivan las suyas?, ¿por qué creen ser íntegros, ejemplares, pero sólo caben en su mente su imagen y sus propios, egoístas deseos?, ¿por qué con los enemigos cobran fuerzas, se afirman, se imaginan que crecen en la batalla, en la lucha, en el forcejeo, cuando sólo disminuyen, sacan a la luz su lado podrido? Luis está muy fastidiado. Algo le ha ocurrido con uno de sus amigos, al que no conozco. No me cuenta más. Y yo, no se me ocurre otra cosa, le digo: Amigo es aquel que fue generoso contigo al menos una vez. Amigo es el que no te traiciona, el que no te abandona, el que no cree ser más que tú. Amigo es el que lo es para siempre. Pero Luis está fastidiado. No se anima. Cuelga y sé que es porque quiere hablar pero no encuentra las palabras, no consigue decirme qué le angustia. Mañana lo llamaré, o iré a su casa. También se puede ser amigo en los silencios y en las esperas, sólo con hacer compañía. Espero no defraudarlo.


(Foto: Javier Arcenillas)

12 septiembre 2007

Carta a Ismael Serrano


"Mi utópico amigo". Así me llamaba mi mejor amigo de los veintisiete años. El que ya no me entendía tanto a los veintiocho, el que no era mi amigo del alma a los veintinueve. Me siento incomprendido casi siempre, cuando hablo y cuando callo. Incomprendido cuando tengo que explicar por qué escribí algo tan duro, por qué me quedé tan blando aquélla otra vez. Pero siempre he sido utópico. Mi amiga de Los Ángeles (California), a quien nunca he visto y a la que conocí por un blog, es quien mejor me entiende. Quizá porque nunca me ha mirado a los ojos, porque nunca se ha dejado engañar por el tono equivocado de mi voz. Muchos somos así, nos sentimos así. Incomprendidos. Por eso me sabe mal escribir y no ensalzar a mi admirado Ismael Serrano, que tan bien me entendía, sin conocerme, escribiendo canciones como "Ya quisiera yo", que me describe como si Ismael hubiera estado un año entero viviendo a mi lado. Pero es que, Ismael, los tres últimos discos que has sacado me duelen en el alma, me decepcionan. Sí, dices que te niegas a crecer, pero has perdido ironía incisiva, has perdido algo de mala leche, te has suavizado, te has enredado con las letras románticas, te has instalado en un tono cercano a lo monocorde, amigo, ¿qué te está pasando? Oigo tus "Sueños de un hombre despierto" y me obligas a golpear la pared, a volver la cara, a quejarme a media voz -¿quién podría oírme, a quién le importará?-, porque tú tampoco me entiendes ya. De nuevo muy solo, Ismael. Con lo que he cantado yo "Tierna y dulce historia de amor", "Papá, cuéntame otra vez" y "Al bando vencido". Ya no puedo cantar tus canciones, tus nuevas canciones, porque se ve que me he hecho viejo y tú sigues joven, algo adolescente, quizá demasiado adolescente. Y mira que te quiero, amigo, y mira que me cuesta escribir esto, mira que sé que eres un utópico como yo. Incomprendidos, Ismael. Ahora, también, tú y yo.

06 septiembre 2007

La vivienda, derecho contitucional

Mi amigo Luis Castillo lo ve muy claro: un sistema se autosdetruye cuando acaba por vender sólo humo y añagazas. Seguro que pensáis en Cuba, pero él se refiere a nuestro sistema, el hipercapitalista en que vivimos (sobrevivimos). Viene esto a cuento de que un presidente de una comunidad autónoma de España ha prometido vivienda digna para la gente que menos dinero tiene, que menos dinero gana. Inmediatamente, un montón de tertulianos, políticos, articulistas y "pagados por los que cierran bocas" (Luis dixit) se ha apresurado a tachar la medida de electoralista -¿pero no faltan más de seis meses para las elecciones? Qué exageración -, de imposible y hasta de inoportuna. Son los que no quieren que el estado ayude al ciudadano, los que no quieren que se ayude a los pobres, los que no quieren que se corrijan las grandes desigualdades gracias a las que se mantiene un sistema tan mentiroso y dañino como el que padecemos, afirma mi amigo Luis. ¿Por qué esos tertulianos, esos analistas, esos economistas -la profesión más imbécil del mundo, ya que sólo da inútiles, pues vaya cómo tienen el mundo los encargados de cuidar del euro y del dólar-, esos articulistas -dejemos a los pagados para intoxicar- no se dedican a exigir que se cumpla ese derecho recogido en nuestra Constitución, por qué no se empeñan en reclamarlo en todas la comunidades de nuestro país, que pueden -si quieren- tomar cartas en el asunto? Si ya no vemos esto, sigue diciendo Luis, es que estamos muy enfermos, el sistema está muy enfermo, y si no se exige ya ni que se cumpla el mínimo exigible es que estamos en proceso de autodestrucción. No creemos ya ni en nosotros mismos. Qué país, qué mundo, añade Luis. Politiqueo, intereses oscuros, mandados que entonan la canción de su amo. Que vengan ya los extraterrestres, hombre.


(Foto: Alberto García-Alix)

04 septiembre 2007

Alberto Ruiz-Gallardón


Le entrevistan en Radio Nacional de España, en el nuevo programa de Juan Ramón Lucas, y me quedo escuchando hasta el final porque se trata de una persona que ingresa ligeros cambios en la imagen que de los políticos de derechas tenemos en España. No creo que la derecha española esté centrada, o sea, en el centro, como defiende un rato antes en la misma emisora una contertulia. No creo que la voz de Mariano Rajoy sea la de un político centrista: ¿en qué se parece al paradigma español, que es Adolfo Suárez? En nada. Éste hizo avanzar a la sociedad española, fue valiente e integrador. Rajoy es muy demagogo, siempre hace declaraciones que quiere que surjan de su boca como si debieran de esculpirse, de repetirse luego a media voz como mantras intachables. Ningún político tiene la verdad absoluta, ningún político puede prescindir del rival ni de quienes no le votan, porque si gana unas elecciones ha de gobernar para todos los ciudadanos, los adeptos y los que no le quieren. Rajoy no se hace de querer, se refugia en los que le quieren, no amplía campo, no se gana nuevas adhesiones, no consigue que lo quieran más. A Rajoy, incluso los suyos, cada vez lo quieren menos.
Gallardón pertenece a esa clase de políticos que aman la política y desde muy jóvenes han entrado en un partido y han ido escalando posiciones hasta llegar a a lo más alto. Es querido y temido a la vez entre sus compañeros, porque aún no ha tocado techo. Durante los períodos electorales su voz me suena más a derecha, a partidopopular, a dirigente que no quiere ceder su plaza y que, orgulloso y confiado de sí, batalla para ser presidente de una comunidad o alcalde de una ciudad muy grande con la convicción del que sabe estar, presentarse, ser aclamado, valorado y respaldado. Pero cuando no hay elecciones cerca - o acaso siempre, porque no soy uno de sus seguidores y no le escucho más que esporádicamente-, cuando le entrevistan le oigo hablar de otros temas ajenos a la política y le presto atención, porque no es que rompa moldes, pero sí apunta detalles significativos. Esta mañana, en respuesta a la solicitud del presentador del programa, ha escogido la música de Bach y de Joaquín Sabina como acompañamiento y fondo mientras le hacían preguntas y en las pausas de la entrevista. El propio Juan Ramón Lucas, avispado, con buen instinto periodístico, le ha preguntado poco después por qué elegía a Sabina, tan alejado ideológicamente de lo que es y representa ser Gallardón. Y el alcalde de Madrid ha contestado que no se limita en los gustos estéticos, que eso no sería muy inteligente. Me gusta la frase, me gusta su aroma comprensivo y mestizo. Pero luego pienso que no: no me convence que un político de derechas pueda planear leyes y vivir en la derecha política y social pero en la intimidad disfrute de las canciones de un viejo cantautor rojo, de una estirpe de artistas que en sus letras denuncia situaciones a las que la derecha no presta atención, que señala desigualdades que no restaña la derecha, que lucha por una igualdad que jamás nos ofrecerá ninguna derecha del mundo. Y ahí veo por qué nunca me han convencido los políticos de derechas, por qué su separación de la vida íntima y la vida social nunca me han convencido, vuelvo a comprender qué es la derecha, cómo es un político de derechas: aquel que deslinda, separa, diferencia, puede disfrutar del logro literario y musical de un viejo rojo como Sabina y dejarlo en la habitación de su casa, en la intimidad del hogar, quieto, reposado, inerme, sin más valor que el estético, para el goce de los sentidos. Por eso sigo prefiriendo a esos tipos que aún creen que la literatura puede cambiar las cosas, molestar un poco a los que tienen el poder; por eso sigo estando cerca de los cantantes como Sabina, Labordeta -magnífico novelista también- o Ismael Serrano, que aún se la juegan, aún apuestan su credibilidad y su voluntad ante el público dando versos y palabras que no están trillados, vacíos de contenido por el uso insensato, que nunca diferencian una canción política de una canción de amor o surrealista, porque en su búsqueda de la verdad no separan lo público de lo privado, no parcelan, no son dos personas en una. Y sigo defendiendo a esos escritores que arriesgaron lectores y comodidades para profundizar en el hombre, en sus contradicciones, y que contra viento y marea se mantuvieron en una línea coherente y aun calamitosa, que a algunos los ha llevado a un semiolvido y a otros los abandonó en manos de la muerte con poco más de lo que habían traído a este mundo. Y sigo creyendo en las personas y en los políticos que, a diferencia de Gallardón, aman el arte por algo más que su goce estético.


(Foto: Sergio Barrenechea - Efe)

30 agosto 2007

10 minutos, 1000 vidas


Abres el periódico y te topas con una noticia como ésta: El sueldo de un año, en 10 minutos (El País). Tipos de Wall Street que ganan en diez minutos lo que un empleado medio en un año. Y mi amigo Luis Castillo me llama, con tono irónico primero y enfadado, muy enfadado después, me dice que no es así la cosa, que luego vienen los aguafiestas de siempre -bien subvencionados, bien pagados con dinero secreto- y dicen que no hay lugar para las revoluciones, los grandes cambios, los movimientos de protesta generalizados. Nos han idiotizado, desarmado moralmente, nos han bajado a la categoría de perritos que aceptamos y lamemos nuestro hueso, añade. ¿No sirve ya Marx? ¿Qué tenemos a cambio? ¿No sirve ya Emile Zola, no sirve Sartre? ¿Qué tenemos que los mejore? Luis se calla. No quiero insistir con lo de los niños que se mueren de hambre, con tanta correción política para no perder clientela. Son argumentos fáciles, aclara, aunque absolutamente innegables, palpables. No son lugares comunes, son una realidad. Diez minutos, insiste, trabajan diez minutos y otros todo un año. Qué injusto, qué mierda. En fin. Ya vendrán a consolarnos con lo de siempre, con lo del fiasco de Rusia (como si allí hubiera habido comunismo, hombre, a otro perro con ese hueso), con el fin de las utopías ( claro, que no pensemos ni deseemos más que lo inmediato y comprable), de las ideologías (claro, a partir de ahora pensaremos no con ideas sino con números de tarjeta de crédito) para que este capitalismo devorador no pare, concluye Luis. Me ha dejado sin palabras.


Nota: Hoy, 31 de agosto de 2007, leo -un día después de lo escrito arriba- que septiembre se va a presentar con una subida del pan, la leche y la carne que no tiene parangón en los últimos treinta años. No es de cultura esta noticia, pero me deja temblando. Mi amigo Luis Castillo no me ha llamado aún. Supongo que su enfado ya es doble. No ganan los agricultores, está claro. Vivan los intermediarios, me dirá, viva el mangoneo, vivan los que viven, concluirá con tono amargado.

(Foto: Robert Frank)

24 agosto 2007

Luis María Anson, España, cultura

Hace algún tiempo disentía, en otro blog, sobre la capacidad de este periodista para estar en la Academia. Sigo pensando lo mismo. Y para basarme en algo más que apreciaciones personales, os dejo este ejemplo, aparecido en El Cultural el pasado 18 de enero, y que me ha hecho llegar mi amigo Luis Castillo. Transcribo: "No está en los circuitos intelectuales. No es rojo. Ni siquiera es maricón. Pero tiene talento." Así empieza este académico una loa a Pedro Ruiz. Juzgad vosotros mismos. Ésta es la otra España, la que dicen que no existe, la que cree tener la razón en todo, la que es culta, ejemplar y da lecciones, la que cuando pierde no reconoce la derrota y descalifa a unos para ensalzar, por contraste, a otros. La que nombra despreciativamente al presidente de su país con dos letras. Válgame, lo que tiene uno que oír, que diría mi padre. Aseguran que se necesitan cien años para superar los efectos de una guerra civil. Quiera Dios -en quien creo, porque Dios no es un invento de la derecha ni patrimonio particular de nadie- que pasen pronto los años que nos faltan.


(Foto: Robert Frank)

14 agosto 2007

Generación Herida


Somos una generación herida. Mi profesor de literatura y amigo - en los años del instituto- Pedro Vázquez me dijo un día que el futuro era nuestro, sería nuestro porque estábamos preparados y teníamos los conocimientos. Pedro me invitaba a ir a su casa, en Almería, y juntos estudiábamos la viabilidad de que tras el nombre fuera un "que" sin la coma correspondiente, analizábamos oraciones para pillar al autor y señalábamos los errores cuando faltaba un verbo, por ejemplo. Nos gustaba mucho escribir y ver los textos despacio, leer comprensivamente, no para llenarnos el coleto de anécdotas y aventuras sino para empaparnos de nuevos conocimientos y reflexiva y responsablemente ir avanzando, paso a paso, en el mundo de la literatura. Ambos escribíamos relatos -yo también alguna novela - y Pedro confiaba en mí. Me reunía con otros amigos en una tertulia y nuestra capacidad se ponía a prueba en multitud de temas. Jamás he sabido tanto, he aprendido tanto como al lado de aquellos amigos. Pero Pedro se equivocó: no somos los nuevos amos, los nuevos dueños del cotarro, los que publican libros y venden mucho, a los que entrevistan los periodistas de El País, El Mundo, Qué Leer en el fragor de las campañas de promoción. Algo se rompió, se extravió, y no podemos reírnos ahora, al hablar de la generacion perdida estadounidense, porque las tripas protestan y el ardor nos llena la boca. Sabíamos mucho de Onetti, de Cortázar, de Benet, de Faulkner, de Scott Fitgerald, de muchos autores. Teníamos teorías y argumentos para escribir magníficas novelas, pero algo nos descompuso. Uno se fue a Barcelona, tuvo un hijo y no volvió a escribir -que yo sepa -, otro publicó una novela y obtuvo un cierto éxito pero después le hicieron el vacío de una manera asombrosamente extraña. Éramos tres amigos, la Generación Herida, y no tenemos pena, no echamos de menos lo que pudo haber sido y no fue, no nos agobian las pesadillas. Salimos a tomar cervezas, miramos las caras de los desconocidos y asumimos que nosotros también lo somos. Y la vida va pasando lentamente, hablamos del último libro de Javier Marías, de Muñoz Molina, e insensiblemente, sin ningún dolor marcado en la cara o en los ademanes, nos acercamos a la edad madura y miramos nuestros relojes y pensamos en lo próximo que tenemos que hacer en casa, con nuestra mujer o nuestros hijos. Y estamos plenamente convencidos de que el mundo sigue tan mal como antes, como cuando teníamos veinte años y los sueños parecían tan reales que para tocarlos sólo bastaba con dar un paso adelante.

08 agosto 2007

Las derechas, las derechas


Estoy sentado en un banco de la Carrera del Genil, esperando a que llegue mi mujer, que se ha entretenido comprando en una tienda de la calle Reyes Católicos. Granada, hace dos horas. De repente veo que un hombre viene directo hacia mí, se para a mi lado, acerca su cara a la mía. "Las derechas, las derechas nos tienen adulterados y envenenados", dice. Y no aguarda a que le responda, continúa su camino como si me hubiese traído ese mensaje desde muy lejos, cumpliendo un encargo. Y el inesperado mensajero, vestido con camisa verde y pantalón claro, sube la calle y se pierde entre en la gente.


(Foto: Lee Friedlander)

02 agosto 2007

Pablo Aranda: Ucrania


Claro que hay clásicos, pero también autores nuevos en este blog: gente que tiene una tradición detrás y no lo olvida, la asume y crea con muchas enseñanzas bien aprendidas. Pablo Aranda es un escritor que llamó mi atención con una novela anterior, "La otra ciudad", porque la prosa me parecía sugerente, creativa, porque el tono era cercano y realista, cualidades que están presentes en "Ucrania", novela con temas que en manos de otro serían vistos de una manera más liviana, cercana al cómic y la historieta, pero que Aranda literaturiza con acierto: internet, conocerse mediante mensajes de correo electrónico, con el único aval de las fotos, la soledad del que busca, la soledad del que padece y quiere huir. Es el punto de partida de una novela en la que se apuesta por el lenguaje, por una narración que es materia prima y materia esencial de una trama en la que vemos al protagonista viajar a Ucrania al principio de la novela, siguiendo el rastro de una mujer. Hay un uso hábil del impresionismo, de los fragmentos que nos llevan adelante y atrás, como si paladeásemos con deleite a la vez el postre y la comida; y Aranda además tiene un oído excepcional para el diálogo, para recoger las frases que están en la calle, en la boca de los españoles de este momento, con esos usos, giros, exclamaciones que revelan al buen escritor realista. Y no estamos sobrados precisamente de autores que hablen de la realidad conociéndola, amigos, que hablen de la realidad de la calle, de la realidad social y política de nuestro país, ni mucho menos. Por eso este libro de Aranda se merece, nada más empezar a leerlo, un pequeño reconocimiento, un pequeño aplauso.

25 julio 2007

Lee Friedlander


No se puede fingir que somos los mismos, que sentimos lo mismo, que nada cambia. Si el tiempo pasa, si el tiempo nos deja atrás según vamos cumpliendo años, tenemos que evaluar y ser sinceros y decir que no somos los mismos, que no sentimos lo mismo, que necesitamos mirar con otros ojos. Pocos artistas contemporáneos han sido tan sinceros como Lee Friedlander. Mientras la mayoría mantiene una idea romántica del arte, mientras el resto utiliza la cámara cogiéndola con la punta de los dedos, ahítos de desprecio, ya que aunque triunfen con la fotografía siempre la verán como un arte menor "del que se valen" para plasmar sus creaciones, Friedlander observó la realidad y la fotografió con unos ojos que eran enteramente de su época, que supieron ver lo que había delante de ellos. El mundo cambia tras la segunda guerra mundial, en los cincuenta viene Robert Frank a tomar nota de lo que se está cociendo y en los sesenta son Friedlander y su amigo Garry Winogrand los que levantan acta. Friedlander fotografía sin apartar objetos, confunde al espectador que va a las exposiciones como si corriera una maratón con sombras y ángulos inéditos, mira y capta el vacío de las calles construidas por hombres que se marchan y sólo dejan tras de sí objetos sin alma. Friedlander fotografía habitaciones en las que hay un televisor encendido con una cara, con unos ojos que parece que están pidiendo ayuda: metáfora impecable de la soledad y la incomunicación de nuestro mundo actual. Y cuando hace retratos elige el formato horizontal, el de la mirada humana, y nos acerca a seres que parecen intensamente reales porque no se les ha manipulado desde detrás de la lente ni en el cuarto oscuro. Es Lee Friedlander uno de los mejores creadores, fotógrafos, artistas del siglo XX porque habló con un lenguaje propio, porque vio lo que otros desdeñaron, porque nos deja un legado de imágenes absolutamente necesarias para saber más sobre quiénes somos y qué hacemos y por qué nos empeñamos en ser menos y dar menos de lo que podríamos dar, en no compartir prácticamente nada, hasta ser como uno de esos paisajes urbanos a los que les falta vida porque todo es frío, seco, hijo del metal y del silencio estéril. Friedlander es un fotógrafo existencialista, duro, inmisericorde hasta consigo mismo-sus autorretratos se ven tragando mucha saliva-, alguien que sufre viendo, fotografiando, y quiere que reaccionemos.

22 julio 2007

David González: Tres relatos del libro "Golpes. Ficciones de la crueldad social"


Los tres relatos están escritos de manera directa, sin añadidos vanamente literarios. Tres pequeñas historias narradas en una primera persona precisa, auténtica. Se habla en ellos de la vida más cercana, la que a todos nos asesta golpes en las consultas del médico, ante la mirada poco amable de los policías desconfiados, en el cuerpo de una chica que quiere más, pero que mucho más. Los tres tienen los pies de lleno en la realidad, en la sociedad de ahora mismo, y se acercan a temas que a cualquiera nos pasan, como mínimo, rozando. Se trata de un tipo de realismo en el que no faltan las palabras gruesas-¿cuántas decimos al cabo de un día?-, la sensación de extrañeza e indefensión ante los poderes y lo sólidamente establecido, que es tan ajeno a la vida del común mortal como la vida y la organización social que pueda haber en otro planeta. Si prefiero este realismo al descafeinado de tantos otros autores con buen oído para el diálogo y tan malo para el sufrimiento y el sentir ajeno es porque late en el fondo un humanismo más hondo que el lacrimoso de los bienintencionados y los epidérmicamente comprometidos que no pierden de vista nunca el número de ejemplares vendidos y la posibilidad de conseguir premios importantes. David González es un escritor honesto en un mundo de corta honestidad, de amplia doblez, de poses rigurosamente estudiadas. Son sólo tres relatos, amigos, pero quería dejar constancia. Y ahora habrá que ir a buscar algún libro de este escritor.

20 julio 2007

La realidad y los medios de comunicación

Lo apunta Eloy Fernández Porta en el libro "Golpes. Ficciones de la crueldad social", al respecto de los relatos que integran el volumen: "Quizá la forma más general de esta violencia sea lo que Paul Virilio llamó el golpe de estado informativo, esto es, la sustitución del ´mundo exterior´por la realidad de los medios de comunicación". Y el otro día lo comentaba yo con un amigo que también estaba enfadado, indignado, y que me decía: "Paco, si esto es la realidad, apaga y vámonos, qué reduccionismo, qué intereses tan descarados, qué manera de meternos el dedo en el ojo y que no protestemos, que ni nos demos cuenta". Y lo que hizo mi amigo Luis Castillo fue apagar la televisión y dejar de oír la radio por la noche, como acostumbraba, y salir a dar más paseos, recuperar la charla con los vecinos y algunos conocidos, leer en internet noticias e informaciones que no vienen por los cauces trillados. Dice que ha recuperado un veinte por ciento de realidad perdida, al menos, que ahora tiene esa sensación del enfermo que ha guardado cama durante varios días y vuelve a andar solo, libre y fuerte. "Es tan fácil, Paco: desconectar, apagar, mirar hacia otro lado. Uf. Parece que nos metemos en un túnel y somos felices buscando el resquicio de luz, cuando lo que hay que hacer es buscar la salida, toda la luz. Bueno, es un principio".


Foto: Henri Cartier-Bresson

19 julio 2007

Ignacio Martínez de Pisón: El fin de los buenos tiempos


El fútbol, un pueblo, un chaval que es el mejor del equipo, el rico que además ejerce de presidente del club, la madre con un pasado medio enterrado que se niega a que el chaval sea futbolista en vez de representante de comercio, perito agrónomo o practicante, profesiones verdaderamente serias y con futuro. La mirada del narrador (ayudante del entrenador recién llegado, un tipo que salió de ese pueblo para triunfar fuera y vuelve derrotado y alcoholizado) es fundamental y una lección de cómo contar usando el punto de vista: se narra sabiendo, se narra sospechando, se narra intuyendo, se narra de manera sesgada y caprichosa cuando la ocasión lo requiere, como al final del relato. Los personajes no nos son presentados con demasiada profundidad, algo que me parece el único error del relato. La descripción de los lugares del pueblo, la función del campo en la vida de quienes habitan cerca de él, las relaciones abiertas y solapadas están contadas de forma que todo parece real y cercano. El juego entre lo que ocurrió en el pasado y lo que ocurre en el presente se formula en las dosis adecuadas, sin anticipar hechos -como en los malos relatos de intriga-, sino conforme la historia lo reclama. Con materiales tan sencillos parece difícil escribir un relato memorable, y sin embargo Martínez de Pisón lo ha hecho, con una prosa madura y dotada de un ritmo envidiable, sin aristas, sin socavones, sin lucimientos vanos y aun así muy matizada, muy bien adjetivada, en una justa medida. Es "El fin de los buenos tiempos" el relato de un escritor importante, de los que quedan en la historia de la literatura, de escritor que trabaja sin alharacas, prestando atención sólo a lo necesario, que es su creación, la misma que le va a dar un lugar bien asentado en ese espacio que sólo ocupan los autores de raza, auténticos, llamados a ser nuevos clásicos.

17 julio 2007

Para el Hippie Viejo


Creador de un blog merecedor no de un premio, sino de cien. Le ofrezco esta reflexión, en la que ambos creemos:

La vida no es sucia, la hacemos sucia. Y está mucho más sucia en las alturas que en las partes bajas, más sucia en los cerebros que en los genitales, más sucia en las altas esferas que en la pobreza de abajo, donde se es como es sin poder optar, sin poder elegir.

Gracias, amigo, por tu presencia en este blog, por tus palabras. Larga vida.



Foto: Puente de la calle Suipacha (Buenos Aires). (http://www.lobosdigital.com.ar/6-3-2006.php)

14 julio 2007

Heinrich Böll: La aventura y otros relatos (2)


Cuando andamos a vueltas con la magnificencia del relato estadounidense, sus autores imprescindibles, pero también empiezan a detectarse síntomas de cansancio debidos a la repetición del modelo "sucio" hasta la extenuación, creo que leer a Heinrich Böll puede resultar conveniente y muy útil. Hay muchos jóvenes escritores que no conocen al maestro alemán, que ignoran su obra, nada o mal reeditada en nuestro país, pese a su importancia y a que es, sin duda, una de las más vigentes de los autores del pasado cercano. El relato "No sólo en navidad" es excelente, una lección de buena literatura, perfecto para las escuelas que se dedican a formar a nuevos escritores y esencial para encarar la posguerra europea. Un narrador innominado nos relata la locura que acaece en la casa de su tío cuando su tía decide que la navidad ha de ser eterna y pide que todos los días haya cena de navidad en casa, con todos los familiares y los angelitos y las figuritas en el árbol. Sólo siguiéndole la corriente pueden lograr que ella no grite, no se vuelva completamente loca. Durante dos años, cada noche es navidad en esa casa. Böll, con sarcasmo y con realismo, cuenta cómo uno de los hijos se vuelve comunista, otro deja los cuadriláteros y pasa de boxeador a hombre religioso, cómo el padre paga cuantos gastos se presentan -incluidos actores que suplantan a los familiares, también a él - cuando la enfermedad de la mujer se alarga en exceso y lo compensa echándose, en su madura edad, una amante. Hay algunos momentos de humor del bueno, magnífico, que despiertan las carcajadas que duermen insensibles en nuestro pecho, sobre todo en las últimas páginas. La sátira, partiendo de una situación dolorosa, como es la demencia de la tía, da lugar a situaciones que rayan en algunos casos en el surrealismo, pero Böll no pierde jamás de vista la perfección del tono, la radiografía de unas gentes y una época. Me parece que el relato es una lección magistral, además de proporcionar un goce absoluto al lector. ¿Cómo hay que tomarse que, entre tantísimos libros editados en España cada año, no resurjan las obras de este clásico vivo? Yo, con pena, desde luego, porque lamento lo que no pueden disfrutar muchos lectores que no conocen sus libros.

09 julio 2007

John Updike: nuestra sociedad


"Somos una sociedad que se ahoga literalmente en basura, comida basura y la cultura basura de la industria del entretenimiento".

En EPS, 1 de julio de 2007.





Foto: AP/Wide World Photos

07 julio 2007

La lectura


Leer es también una forma de no-ser siendo, de estar no-estando, de vivir no-viviendo. Es ser uno mismo y no serlo. Es una de las mayores experiencias humanas, aunque parezca pasado de moda decirlo. O exagerado. Leer es, puede ser un acto revolucionario, no me cabe duda.

Foto: Javier Arcenillas


Otro texto, moderamente iracundo, aquí.

05 julio 2007

Juan García Hortelano: Cuentos completos


García Hortelano es uno de mis escritores preferidos. No obtuvo el reconocimiento que sí lograron otros autores de su generación y está, como casi todos ellos, en ese medio olvido doloroso e injusto que cae sobre muchos escritores muertos durante algunos años hasta que se les rescata, se les reedita, vuelve a leérseles con pasión. Creo que los libros y sus autores duran porque hay detrás lectores apasionados, que defienden al autor y al libro con más ganas y más acierto que los críticos y los estudiosos, a veces demasiado intelectualizados. Cuando un lector apasionado se convierte en un gran escritor, pongamos por caso, y su influencia es incontestable entonces sus opiniones y la defensa de escritores del pasado adquieren peso y significado y ayudan a devolver a la actualidad y a tomar el camino de la inmortalidad a algunos autores, como García Hortelano, medio olvidados. No tengo yo la importancia ni la influencia, pero quiero aportar mi granito de arena para que no olvidemos a García Hortelano porque novelas como "Tormenta de verano" y "Nuevas amistades" siguen vivas, nos hablan de los seres humanos con gran acierto y plenitud, son una fuente en la que beber cuando se quiere hacer literatura crítica, esa que mira la realidad de su tiempo con ojos abiertos y comprometidos. Los cuentos de García Hortelano también son muy interesantes, necesarios para saber de una época y de un país, para ver lo que llaman la intrahistoria, para saber de lo que se vivía y latía en las casas de la gente que vio nacer una guerra, que tenía braseros, que pasaba mucho frío, que se enamoraba y miraba al prójimo como un hermano desconocido pero muy cercano, identificable y absolutamente necesario para la convivencia. Eran otros tiempos y García Hortelano los cuenta sin exagerarlos, sin disfrazarlos, con unas voces narradoras que nos permiten ver, sentir y presenciar como si estuviéramos en primera fila, acaso como si fuéramos uno de esos niños de sus relatos llenos de la alegría de vivir y del desasosiego de no saber hacia dónde nos llevará la vida. "Daba lástima imaginar que la nieve se derretiría y que acabarían aquellos días raros, con Tano en la cama, aquel miedo soportable y excitante de las tinieblas blancas, de la soledad, del frío." Qué gran escritor, amigos, qué premio es poder leerlo.