27 junio 2007

Ernest Hemingway: Cuentos


Leer a Hemingway es como viajar por el mundo, es conocer a muchas personas, muchos paisajes y estar cerca de la muerte. Siempre le preocupó a este escritor tanto la vida como la muerte, ambos estados, que en sus libros están más cercanos que en los de la mayoría de autores, exceptuando a los de novela negra o de terror. Leer a Hemingway es viajar por las capas que forman el alma, por minutos y horas decisivos e irrepetibles. No me extraña que le gustara la novela negra ni que tantos autores de novela negra le hayan leído, se hayan dejado influenciar por su prosa viva, descriptiva y exacta, una de las mejores del siglo pasado. Valga este ejemplo del relato "La breve vida feliz de Francis Macomber": "Pero el otro toro seguía galopando al mismo ritmo y Macomber falló, levantando una salpicadura de polvo, y Wilson falló y el polvo formó una nube y Wilson gritó: ´Vamos, está demasiado lejos´, y le cogió del brazo y ya volvían a estar en el coche, Macomber y Wilson agarrados a los laterales y avanzando a toda mecha, dando bandazos por encima del terreno irregular, acercándose al toro, que seguía con su galope constante, veloz, de cuello grueso y línea recta". En él hay acción y un ritmo formidable que no cabe calificar sino de maestro. El estilo de Hemingway ha generado muchos imitadores y ha inspirado a muchos escritores que lo han usado, convenientemente adaptado a su particular respiración textual y a su pulso narrativo, con brillantez y acierto, respetándolo y encauzándolo hacia otras orillas en las que también brilla el sol de la valía y el reconocimiento. Hemingway sigue vivo, muy vivo, amigos. Este libro, recientemente publicado, es una pequeña joya, que cuenta con una buena traducción de Damián Alou -aunque cabría reprocharle que confunda el objeto directo con el objeto indirecto, algo que se vuelve pesado por la reiteración del error- y que es una nueva puerta para entrar en un mundo creativo seguramente imperecedero.

22 junio 2007

Mario Vargas LLosa: La verdad de las mentiras


No me gustó el giro que a sus ideas políticas dio Vargas Llosa, adulto que admiró profundamente a Jean-Paul Sartre y que maduró en edad y dejó atrás algunas filias que lo ennoblecían y lo volvían también imprescindible a mis ojos. Pero el viento de la historia, ya se sabe, barre siempre al que se atreve a decir, señalar, contradecir y a equivocarse. Y hoy a Sartre, premio Nobel, autor de alguna novela fundamental y algún libro de ensayo inmarchitable, se le mira con desdén, con un amago de desprecio, porque quedó para muchos superado: qué palabra ésta, qué conclusiones las de algunos que siempre buscan dar por zanjadas, enterradas las ideas, como si eso no fuera una toma de posición ideológica. En el prólogo de "La verdad de las mentiras", Vargas Llosa concluye que quien apuesta por la ficción se dota de un poder ingobernable y cuestiona sólo con meterse en mundos imaginados el mundo que le rodea y los poderes que nunca acaban por contentarnos, apuesta ésta del maduro Vargas Llosa que me atrevería a decir que es una afortunadísima vuelta al origen, al cuestionamiento y a la libertad verdadera, la que no se puede calcular ni encapsular: la del alma humana. Las ficciones son indispensables para el hombre, para contarnos lo que la historia no puede decir, son producto de los sueños, deseos, miedos, frustraciones, nos dice el escritor peruano, que nos recuerda la frase famosa y triunfal de Balzac en que señalaba a la ficción como "la historia privada de las naciones." Y este aspecto, fundamental, me hace pensar que de nuestro tiempo acaso queden algunas partituras, algunas voces grabadas, algunos cuadros y fotos, y sobre todo quedarán muchas novelas, porque en ellas latirá de verdad el ser humano verdadero, el que se muestra sin cortapisas, sin precio ni destino prefabricados, el que acaso a partes iguales está hecho de sueño y realidad. El exceso de imágenes, de documentos sonoros no me induce a pensar que la historia, la ciencia, lo pretendidamente real servirán para decir qué atormentaba, seducía o molestaba al hombre de principios del siglo XXI. Sin la novela, sin la ficción, sin la libertad absoluta del que escribió en un cuarto, a solas, sin prisas y teniendo siempre como primer destinatario de sus páginas, llenas de historias imaginadas, a sí mismo no habrá sino raspaduras, aceite en agua, sombras en la pared, ya que si la ficción cuenta algo es el destino del alma, del espíritu -escoged la palabra que más se ajuste a vuestro gusto y creencias- humano, que jamás podrá verse bajo un foco, en una imagen quieta o móvil, que sólo podrá intuirse, compararse, ser alumbrada un breve instante antes de que la mirada se ciegue o se niegue a ver más. El misterio humano es el alimento de la ficción y la ficción es una breve luz sobre el alma humana. Así pues, este libro de Vargas Llosa, que es un viaje por ficciones esenciales del siglo XX, me parece altamente recomendable y altamente disfrutable. Un libro que nace para ser y compartir, para indagar y compartir es siempre, para mí, digno de celebración. "La verdad de las mentiras", un libro clásico en mi vida de lector, tiende una mano. No se la niegues, lector.

12 junio 2007

Carmen Martín Gaite: Tirando del hilo (1). Agustín González


No voy a afirmar categóricamente que los más grandes siempre fueron generosos, porque sé que estaría equivocado. Hubo grandes escritores que fueron unos necios, unos despiadados, unos insensibles con sus congéneres. La grandeza literaria no va siempre acompañada de grandeza humana, ni siquiera de grandeza moral, y si no mirad el ejemplo de Céline. En el caso de Carmen Martín Gaite la grandeza como escritora sí iba unida a la grandeza moral y humana. En el libro "Tirando del hilo" dedica un texto a un actor poco conocido del momento, Agustín González, y lo alaba por su trabajo en el teatro. Destaca la humildad del actor, que nunca busca lucirse, ni siquiera cuando el papel se lo permite, porque es consciente de que está dentro de un grupo, de una función, y es sólo uno más, pese a su gran talento. La mirada de Martín Gaite se posa en Agustín González porque ve en él una característica poco habitual en el mundo de los actores y lo ensalza por un valor que escasea en cualquier parte. Y lo hace para desagraviarlo "con mi elogio de la frialdad incomprensible con que las críticas que han caído en mis manos han saludado su salto esperanzado, angustioso, acusador, a los escenarios madrileños". Y es esta labor de Martín Gaite la que me conmueve, su ardor para devolver al intérprete al sitio que se merece -y aclara que no lo conoce más que de vista-, para luchar por aquello en lo que cree, aun contra viento y marea. Agustín González es uno de mis actores preferidos, uno de los más grandes que ha dado nuestro país (inolvidable en "El crack dos" mascando sus dudas con los carrillos hinchados, agachando la cabeza servicialmente en "Volver a empezar", planteando dudas con su voz soprendida en Stico, luchando contra enemigos como montañas en "El caso Almería"), y Martín Gaite no se equivocó apostando por él, demostró su generosidad y dio una lección que sirve todavía hoy, cuando todo tiene un precio, manda el amiguismo, cada cual va a lo suyo y la generosidad se está extinguiendo, junto a la camaradería y a la verdadera amistad.

07 junio 2007

Adorar al patrón

A Luis Castillo le molestan las mentiras, las manipulaciones y las tonterías. Se ha levantado con la indignación en el cuerpo. Y antes de hora. Anoche estuvo en la Feria de Granada, bebió cerveza mexicana y whisky, se acostó tarde y a las nueve y media ha ido al servicio a orinar y ha encendido la radio. Entrevistaban a José María Cuevas, el ex jefe de los patronos, su ex representante, su ex dirigente, su ex voz cantante (Castillo dixit). Luis no vuelve a acostarse, porque se ha cabreado. Le ha molestado mucho el tono y el cariz de la entrevista que en Radio Nacional de España, en el programa de Olga Viza (cómo le han enfadado sus risitas complacientes y subsiguientes a algunos comentarios de Cuevas), le han hecho a este hombre cuyo único mérito para mi amigo granadino es haberse mantenido en un puesto más de veinte años, algo que nunca debería de haber sucedido si se creyera en la alternancia y en la rotación en los cargos. A Luis le saca de quicio que la entrevista haya sido absolutamente laudatoria y que nadie le haya planteado alguna pregunta (ninguno de los fijos del programa, ningún tertuliano) de este jaez: Señor Ex Jefe de los Empresarios, ¿a qué cree que se debe que las empresas cada vez ganen más dinero y los empleados cada vez tengan menos poder adquisitivo y menos seguridad en sus puestos de trabajo? ¿A qué cree que se debe que la gente pobre, con una hipoteca hasta las cejas, deje de tener hijos cuando España es la octava economía del mundo? Luis se atraganta al decirme que le disgusta el tono admirativo de este Ex Jefe con su sucesor, que está radicalmente en contra de la empresa pública (por ahí ha ido su primera declaración), al que él mismo llama Don Gerardo. Luis está muy enfadado. Anoche una persona a la que aprecia, que no hace mucho era limpiadora, que iba de portal en portal quitando la suciedad con mopa, fregona y agua, le dijo que de nuevo había votado a la derecha, también ahora en las elecciones municipales. Una persona con una hipoteca que acabará de pagar poco antes de la edad de jubilación, que hace malabarismos para llegar a final de mes y que ha tenido que recurrir a las tarjetas de crédito en alguna ocasión cuando el pago de la nómina se ha retrasado un par de días. Luis se ha parado ahí. Le he oído resoplar, ha dejado el teléfono un instante y ha vuelto y me ha dicho: Paco, ¿en el futuro a los perdedores, a los pobres se les impondrán multas sólo por serlo, a los que piensan de otra manera se les desterrará exterior o interiormente, se marginará a los que se cabrean, como yo, por oír el canto triunfal de los que tienen la sartén por el mango? Luis seguramente ha salido a la calle, ha mirado a su alrededor y ha pensado que este mundo definitivamente no tiene arreglo.


(Foto: Robert Frank)

05 junio 2007

Ismael Grasa: Trescientos días de sol (IV). El pueblo de nuestros padres


Me parece prodigioso el instinto creador de Ismael Grasa. Su capacidad perceptiva es muy alta y la de síntesis no le anda a la zaga. El relato "La casa de Benedé" es absolutamente clásico y a la vez absolutamente actual. Podría haberlo escrito Carmen Martín Gaite hace muchos años, con su sensibilidad inigualable. Pero a la vez es puramente del siglo XXI porque, sin desdeñar el realismo de los clásicos españoles, Grasa introduce elementos críticos y una mirada desafecta que son su huella, la clave de su creación. Un hombre acompaña a su madre al pueblo de ella, donde ha comprado una casa -ya tiene una propiedad en el lugar donde nació y creció, apunta el narrador- que por primera vez va a pisar, tras la muerte del anterior propietario. Sacan los trastos de éste, tiran lo inservible a un vertedero -"La nevera rodó pendiente abajo como un automóvil en un accidente"- y después vuelven a la ciudad. Grasa nos habla de la soledad y cierta animalidad del soltero que vive y muere solo en un pueblo, del deseo de retornar al pasado de los viejos habitantes de la ciudad, que no colma sus anhelos. Con pequeñas, magistrales pinceladas retrata espacios que vemos cuando viajamos a un pueblo y que nuestra desapasionada mirada no registra para el recuerdo -la granja de cerdos: "Pensé que nunca había llegado a ver a los animales de esas granjas porcinas. Los oía, olía su hedor casi sin interrupción, pero esas granjas no habían sido para mí más que unas construcciones alargadas que se ven desde la carretera. Cada cerdo, bajo ese techo de uralita, no salía nunca de su zolle"-, nos emociona narrando los abrazos de la madre con los habitantes del pueblo y con la despedida -una imagen plena, eficaz y preparada para la nostalgia- que le dispensa la madre al hijo cada vez que éste se marcha. Grasa apuesta por un realismo astuto y una prosa aparentemente rápida pero llena de agudas reflexiones y puntualizaciones y de nuevo alcanza cotas muy altas con un relato que habrían degustado con gran placer los lectores de otro tiempo y que gustará mucho a los de éste.

28 mayo 2007

Labordeta y el tiempo que no se irá


A mi amigo Paco nunca le importó el dinero. Su tienda -Foto Luz y Color, en Almería - era el centro de reunión de amigos que íbamos a conversar con él, a escuchar música y a revelar pocas fotos. Paco te invitaba a café, te animaba a quedarte, nunca tenía prisa ni se impacientaba si permanecíamos demasiado rato holgazaneando mientras él atendía a los clientes. Yo, a veces, perdía allí una hora al mediodía cuando supuestamente iba a Correos a echar las cartas de mi empresa. Paco me recomendó un disco de Labordeta. Debí de oír alguna canción en la tienda y después acaso hablamos de cantautores y Paco seguro que dijo que Labordeta era uno de los grandes. Me convenció a la primera. Yo sólo sabía que el aragonés tenía un programa de viajes en la televisión nacional y recordaba vagamente que también había cantado y escrito poemas. El cedé - una recopilación - pasó a convertirse en uno de mis preferidos en cuanto lo compré. Y puedo aseguraros que tengo varios miles (nunca me he comprado un coche, una moto, ni tengo una casa, sólo un piso, y he invertido mi dinero en discos y libros). Siempre que se habla de cantautores pensamos en Aute, Serrat, Sabina, Víctor Manuel, últimamente en Ismael Serrano, pero nunca nos acordamos de destacar al viejo Labordeta. Qué injusta es la memoria. Acabo de volver a escuchar un disco -"Nueva visión"- que es un homenaje a este aragonés inmortal, con grupos y cantantes que interpretan sus temas y les ponen un aire nuevo a los campos, las casas, los paisajes que en la voz de Labordeta tanto han conseguido emocionarme. Sí, yo tengo treinta y nueve años. No he vivido la época en que Labordeta cantaba, escribía, era joven, luchador, creativo, imprescindible. He llegado tarde. Pero he tenido abuelos, he visitado sus casas en un pueblo, he dormido en colchones que se hundían y he desayunado leche en tazones altos, hondos, blancos y algo desportillados. Sólo tengo treinta y nueve años. Y el pasado no está tan lejano, no el pasado del que hablo, no del que habla Labordeta en canciones tan magistrales como "Quién te cerrará los ojos" o "La vieja", que cantada por él o - en el disco homenaje- por Paco Cuenca me emociona siempre que la oigo, siempre, me emociona y me lleva a paisajes que mis ojos han visto, han sentido, y me hace acordarme de algunas personas que ya no están y que parece que nunca han estado, que nunca han existido, en este mundo de prisas, de consumo rápido, de olvido instantáneo. Supongo que pertenezco a una generación intermedia, a caballo de dos tiempos y dos maneras de vivir y sobrevivir. Me siento triste y afortunado a la vez. Y cuando pongo un disco de Labordeta me emociono y pienso que estoy obligado a recordar.


Os recomiendo este blog, de Javier Ruiz: http://deporteria.blogspot.com/

22 mayo 2007

Ismael Grasa: Trescientos días de sol (3). Texto del autor

He encontrado en la red este texto de Ismael Grasa dedicado a Cernuda y de él extraigo esta reflexión del autor sobre la escritura:

Pienso que la literatura de hoy requiere llaneza y sentido del humor. El tono grandilocuente, las aspiraciones a pasar al cielo literario, resultan cada día, en cierto sentido, más disonantes. Cuando eran pocos los que escribían, y pocos también los que leían, como indica ese cuarenta por ciento de analfabetos españoles en la época de Cernuda, entonces, digo, era fácil que los autores se sintieran los guardadores de la llama de la literatura, los atletas que en relevos hacían llegar la lumbre sagrada hacia la posteridad. Por el contrario, es posible que todo sea hoy más inabarcable e incontrolable, y que el tono de nuestros poetas quede a menudo dislocado respecto a una realidad capitalista y su trasiego editorial, una situación de vida corriente que, precisamente por ser corriente y normal, se expresa comúnmente en prosa. No quiero decir con esto que piense que la poesía de hoy no tenga salida. Sospecho, en cambio, que hoy se escribe mejor que nunca. Y pienso que la escritura, antes que ser motivo para que se manifieste el genio que enorgullezca más tarde a su comunidad, ha de ser una expresión cotidiana y natural de un caldo desarrollado de cultura y libertades.
Esta dispersión contemporánea nos libera también de depender de los ejes geográficos y políticos tradicionales. Internet pone en ridículo la fórmula convencional de las naciones, y más cuando tratan de censurar y restringir los accesos a este bien colectivo de lo virtual, formado por individuos dispersos en el mundo. Con Internet es más fácil llegar a librarse del peso de ese Escorial con el que cargaba Cernuda en aviones y barcos.

14 mayo 2007

Carta de hermano a hermano


Me he puesto ya tres veces malo en mes y medio: del pecho. Tengo la salud muy endeble.
Pero no te escribo por eso. Es por mamá. Para contarte algo, de hermano a hermano y por escrito porque en persona no le salen a uno las palabras: sufro muchísimo por ella. Todos los días me acuerdo un montón de veces, le pido a Dios que cuide de ella cada noche, y me fastidia hasta donde no puedes imaginarte -no se lo cuento a mi mujer, ¿de qué valdría preocuparla?-que esté como está, en la cama y sin memoria y sin moverse y sin poder hacer nada por ella. La vida es una mierda. Yo esperaba que un día tendría mi casa y ella se vendría a pasar algunas temporadillas, podría darme paseos con ella y llevarla a tomar un refresco, al cine. No he podido aceptar su situación y, lo que es peor, me temo que nunca podré hacerlo. He vivido con ella y he dependido de ella, ha hecho siempre todo lo que le he pedido y de alguna manera la necesidad la voy a tener siempre, es como si fuera una parte viva de mí. Cada día pienso en cuando le llegue el momento de dejarnos, Luis, trato de prepararme, podría decirse, y no hay manera. Ayer por la mañana me desperté llorando, todavía con los ojos cerrados y llorando, recordándola como ella era cuando estaba bien, soñando con que estaba bien. Algunas noches sueño que se ha curado, que ha recuperado la memoria, que vuelve a estar como antes de la enfermedad. Me imagino que hay cosas en las que nunca voy a madurar, que no voy a ser enteramente adulto, y éstas, el cariño y la necesidad de mamá, son dos de ellas.
Te lo cuento porque has hecho mucho y bien por ella siempre y porque me acuerdo de cuando estaba malo y ella me traía un libro de la librería que yo le había apuntado en una nota, o un medicamento de la farmacia, lo que sea que le pidiera. Otros a lo mejor se casan, tienen hijos y su vida da un giro. La mía, en lo referente a mamá, no lo va a dar nunca.

Sólo quería compartir esto contigo.

Tu hermano Alfredo.



(Foto de Henri Cartier-Bresson)

10 mayo 2007

Anillos de oro


Serie escrita por Ana Diosdado, que bordaba además su papel de madre y abogada por las tardes. En el tercer episodio, "A corazón abierto", una mujer decide irse de casa, separándose del marido y dejando a dos hijas, en contra de la opinión de la menor, adolescente, que se niega a quedarse sin una madre en el hogar. Pero la mujer lo tiene muy claro, porque desde hace muchos años había pensado rehacer su vida al margen de la familia y sólo ha aguantado hasta que la hija menor cumpliera 16 años y fuese ya alguien que puede defenderse casi por sí sola. Es chocante, claro, que una mujer se vaya y no se lleve consigo a sus hijas -ah, los hijos, tantas veces mercancía con la que negociar en los divorcios-, que no aguante si, como ésta, tiene un marido rico y que le da cuanto pueda pedir. Lo que pasa es que la mujer no es una hipócrita, se niega a vivir con un hombre que sólo la quiere por lo que representa y a aguantar una situación que es una mentira social. Han pasado 24 años desde que se emitió este episodio por televisión y, como ocurre con toda obra que posee calidad, siguen sus ideas, su preguntas, sus reflexiones muy vivas, siendo muy necesarias y estando muy bien planteadas, con un perfecto contrapunto dado por la situación familiar de otro personaje, la abogada, que está a punto de dejar de ejercer por culpa de unas llamadas anónimas e insultantes que le dirigen sólo porque se ocupa de ejercer en un bufete especializado en divorcios. Siguen en pie las interpretaciones del resto de actores, empezando por Héctor Alterio, siguiendo con Imanol Arias y acabando con Nina Ferrer, joven actriz que tuvo una carrera breve y sin continuidad que seguí desde el principio con suma atención y lamento aún que se viera detenida por problemas personales que desgraciadamente parece que no tuvieron solución.


Recomiendo: la lectura de la ejemplar crítica que Ricardo Senabre firma hoy en El Cultural a propósito de la novela "La soledad del ángel de la guarda", de Raúl Guerra Garrido.

02 mayo 2007

Julian Barnes: La mesa limón


Dos ancianas conversan mientras comen, sonríen y se callan más cosas de las que dicen. Una es estadounidense y la otra inglesa. Puede parecer que el menú es corto, pero en manos de Julian Barnes se convierte en algo con variadas texturas y que es mejor comerse rápido pero sabiendo degustarlo. Las dos son viudas. Las dos saben que el marido de la otra no era lo que aparentaba. Pero no se lo dicen. Porque son amigas. Y las amigas están para ayudarse, no lo duden. El relato se sustenta en el diálogo, en breves descripciones físicas y en la ironía con que se nos muestra la cara visible y fingida y la cara real y oculta de ciertas relaciones humanas en las que todo es a la postre prescindible aunque a primera vista parezca todo lo contrario. La crítica está clara: miramos con detenimiento -pero no lo decimos - cuánto dinero tiene el que está sentado frente a nosotros, nos creemos superiores porque conocemos secretos de su vida íntima que desconoce el propio implicado -este relato es una oportuna creación en el mundo actual, lleno de programas televisivos que andan tocados del corazón-, y estimamos que somos mejores y más completos porque sabemos lidiar con las decisiones morales, en las que casi nunca fallamos, máxime cuando la autocrítica no nos parece sino una manera de perder confianza y alegría en la vida que nos queda por vivir. El relato se llama "La de cosas que sabes" y es un gran ejemplo de la prosa, el humor bien ejemplificado y la incursión en territorios muy reales que sólo los grandes escritores como Barnes manejan con tanta soltura y pueden volver tan interesantes y magníficamente transparentes.

26 abril 2007

Ismael Grasa: Trescientos días de sol (2)

Supongo que uno responde a los patrones de conducta y moral con los que ha crecido. En las lecturas que hago respeto siempre un principio: no leo nunca por leer, ni para haber leído, sino para saber más, para enfrentarme a problemas morales, para saber más de la conducta de ciertos personajes/personas. El relato "Pájaros" me ha hecho pensar en el existencialismo, palabra hoy puesta en cuarentena, cuando no tajantemente rechazada por antigua o pasada de moda. Una tontería, pienso, porque en literatura todo vale si es bueno y si aporta algo sobre el ser humano. La etiqueta realismo sucio no me gusta: hay algo en ella de desagradable, de censurador que me disgusta, porque no creo que hablar de la vida cotidiana de la gente de la clase media -o media baja- sea hablar de algo sucio. La vida no es sucia, la hacemos sucia. Y está mucho más sucia en las alturas que en las partes bajas, más sucia en los cerebros que en los genitales, más sucia en las altas esferas que en la pobreza de abajo, donde se es como es sin poder optar, sin poder elegir. El relato del que os hablo me parece perfectamente existencialista porque la vida de una profesora que por fin consigue un sueldo fijo pero tiene que irse a vivir a un pueblo y no encaja en el nuevo lugar ni entre la nueva gente está contado con ese aliento que invita a la reflexión y a encarar la historia de una vida como algo trascendente, pese a su brevedad y parcialidad, como algo digno de respeto, de evaluación, de todo interés. Es una vida más, y eso siempre es mucho. Ismael Grasa lo consigue mediante una escritura intensa, en la que absolutamente no sobra ni falta nada, prodigio que en muy pocas ocasiones hallamos. La profundidad es máxima y está servida con aparentes mínimos de narración pura, sin disquisiciones ni divagaciones, con la fluidez del relato oral, lo que me parece sencillamente soberbio. No sólo leemos y vemos a la mujer del relato, sino que la sentimos, la acompañamos, nos cuesta mucho dejarla al acabar la lectura. Y esto, muy habitual en las novelas de intriga, es poco común en una historia de diez páginas. Sí: es uno de los mejores relatos que he leído en los últimos meses.

21 abril 2007

José María Guelbenzu, crítico ejemplar


A veces esto de los blogs es pontificar por otros medios. Rechazamos a los listos y nos creemos listos nosotros mismos y damos lecciones desde nuestro espacio bloguero. Vale. Tenemos derecho a quejarnos y a equivocarnos. Pero no me gusta abusar de los tópicos y combatirlos y volverme tópico. Hago críticas en este blog - o comentarios, meditaciones sobre libros, como más os guste - y en otro, dedicado a la novela negra. Yo he crecido leyendo a muchos novelistas, algunos poetas y ensayistas y a un buen puñado de críticos. Si algo he aprendido, se lo debo a los maestros de la ficción y a miradas lúcidas, inteligentes y dotadas del poder de iluminar como las de Rafael Conte y Luis Suñén, dos críticos por los que siempre he sentido un aprecio y un respeto máximos. Ahora leo con atención cada semana a José María Guelbenzu, magnífico crítico y aún mejor novelista. Hoy, en el suplemento Babelia, aparece una crítica de Guelbenzu que motiva esta entrada en mi blog porque me parece ejemplar: sitúa, informa, compara, ahonda, está llena de aciertos y su sencillez es un valor que no hay que olvidar. Os invito a leerla. Está aquí.

17 abril 2007

Ismael Grasa: Trescientos días de sol (1)


Vivimos en una época de grandes contrastes, con gente muy diferente, que abraza gustos e ideas muy alejadas unas de otras, vivimos en una época en que conviven las diferencias de todo tipo y es algo que considero muy positivo, enriquecedor, ideal para almas despiertas. El primer relato de este libro se llama "Mecedoras" y contrapone el nuevo puritanismo estadounidense a la manera de vivir más despreocupada de los españoles: la hermana del narrador se casa con un tipo de del otro lado del charco y empieza a cambiar, por ósmosis, y a asumir la conducta recta y moralista de su esposo, algo que el narrador lleva mal, sorprendido por los cambios y remiso a incorporarlos a su cotidianeidad. Cuando viaja a los Estados Unidos, el ambiente opresor, sancionador le resulta, en vivo y en directo, más atosigante, más insoportable aún. Este relato está contado con sencillez, sin grandes frases, como le hablaría un amigo a otro amigo íntimo después de una comida o una cena, en un tono cordial, próximo, cómplice. Hay quizá algún exceso en remarcar las cosas, como cuando cuenta que ha hecho el amor con una chica sin utilizar el condón-parece un desafío a cierta moral, acaso un detalle algo forzado-, pero lo más destacable es la inmediatez tan bien asumida, la integración de elementos absolutamente contemporáneos con una facilidad que es abrumadora -Ismael Grasa es un escritor de su tiempo, y no estoy haciendo una afirmación gratuita: los avances tecnológicos están aquí, la realidad del 2000 está aquí, y no se mete nada con calzador, sino con una naturalidad que sorprende sólo porque aún no es nada habitual en el resto de escritores de este nuevo siglo, aún demasiado literarios la mayoría, demasiado encerrados en torres de hormigón con música, sensaciones y objetos del pasado, algo caducos en según qué ocasiones, la verdad- y con los que no busca llamar la atención, sino que están siempre elegidos en función de su valor real y a la vez plenamente funcional y caracterizador. Hay detrás de toda la historia una respiración pesada, enfangada, que a la aparente claridad suma una inquietud rara, difícil de descifrar, que hace más hondo el relato, le abre poros por los que respira lo invisible y lo deja a nuestros ojos como una moneda con dos caras, aunque quede visible una tan sólo. Hay aquí un escritor de calidad, de los que tienen el material y la voz y un mundo propio, no me cabe duda, y celebro que sea alguien cercano, de Huesca, un autor al que hay que seguir leyendo.

11 abril 2007

William Faulkner: "De esta tierra y más allá"


Hay autores a los que uno vuelve inevitablemente, gozosamente. Faulkner es uno de ellos. Me regalaron este libro en 1991, en febrero, y 16 años después me parece oportuna la recuperación, comentar el relato "Grieta", porque en estos tiempos de grave desmemoria y de continua renovación de todo lo visible e invisible considero indispensable volver a leer a Faulkner. El relato es la historia de unos soldados que vagan por los campos de una guerra, llevando a un herido, y hacia un destino que podemos imaginar poco grato. Pero de repente ven a un muerto casi enteramente enterrado y al poco la tierra literalmente se los traga y se ven bajo ella, cavando para escapar de tan inesperada prisión, de tan inesperada condena de muerte: lo primero que ven bajo la tierra son cadáveres de soldados vestidos con uniformes de 1915. La maestría de Faulkner, el grado contenido de onirismo y la fuerza de las imágenes es tal que uno se queda realmente embobado. ¿Cómo este hombre ideó una historia semejante, con soldados, una guerra, unos muertos bajo tierra de otra guerra, cómo es tan inteligente para dar con ese final pletórico en que los soldados rezan a Dios por seguir vivos, Biblia en mano? ¿Qué quiere decirnos? ¿Es su mensaje transparente, esconden algo tan brillante líneas? Lo mejor que puede decirse de Faulkner a estas alturas es que su huella sigue viva en muchos escritores posteriores, que su estilo lleno de viveza, de altura incomparable - con destellos como éste: "y al cabo de un tiempo vuelven a estar entre viejas cicatrices curadas de árboles, a que se aferran unas esparcidas hojas ni verdes ni muertas, como si también ellas hubieran sido alcanzadas y cogidas por un hiato en el tiempo, cotilleando con ruido seco entre ellas aunque no hay viento" - sigue siendo una cima cuyo remonte trae recompensas inigualables. Cómo me gustaría que nos midiésemos a veces poniéndonos ante la figura de autores como éste. Cuánto aprenderíamos.

28 marzo 2007

Teatro eres tú, José Bódalo


Vuelvo a ver "Un enemigo del pueblo", obra de Henrik Ibsen, en la versión teatral de Estudio 1, de Televisión Española, protagonizada por José Bódalo, Irene Gutiérrez Caba, Alberto Fernández, José Vivó, Francisco Merino y Cristina Iglesias, todos ellos sobresalientes en sus actuaciones. Siempre ha sido José Bódalo mi actor de teatro preferido, y de nuevo se me pasa el tiempo veloz y gozoso, la obra me hipnotiza, los diálogos me fascinan, la meditación sobre el poder, sus efectos, la mentira y la verdad en la vida y en la política me resultan esenciales y absolutamente vigentes: la propiedad privada, el uso y abuso de lo público, el dar y quitar la palabra al pueblo, la manipulación en los periódicos. Ibsen parece que escribió esta obra maestra ayer mismo. Como si no lo conociera, miro con atención cada paso de Bódalo, sus entonaciones, sus gestos, y otra vez me gana con su sencillez, su falta de afectación, su dicción clara y su humanidad, que era evidente hasta cuando estaba callado y a la espera de decir su parte. Cuando murió José Bódalo, en el año 1985, yo tenía 17 años. TVE le dedicó un ciclo -los sábados por la noche, si la memoria no me falla - a cuya cita no falté un solo día. La música con que arrancaba el espacio ya ponía un nudo en mi garganta. Era una de esas sintonías que jamás olvidas y que quedan asociadas a un momento concreto de tu vida o a una persona o a un personaje. También me acuerdo de la película "Volver a empezar", en la que participó Bódalo brevemente pero con tal intensidad que se dijo que podría haber ganado un Oscar de haber sido la película hablada en inglés. En "El Crack" y "El Crack dos", de José Luis Garci también, Bódalo era el comisario retirado, dedicado a su huertecito, pero fiel a su amigo "El Piojo", por el que estaba dispuesto a jugarse la vida: cuando Areta -interpretado por Alfredo Landa-, ya casi al final, paraba el coche para ver quién le seguía, Bódalo detenía el suyo y bajaba y en su cara, en su voz había lo que yo siempre he considerado una especie de epifanía: un momento inolvidable, conmovedor, que no es ni realidad ni arte, sino algo inefable que rebasa toda categorización y cualquier intento de explicación. Supongo que aún somos muchos los que no le hemos olvidado y agradecemos que haya existido. José Bódalo era El Actor.

19 marzo 2007

Arturo Barea: Cuentos completos.


No hay que olvidar, no hay que olvidar. Estamos hechos de memoria, somos palabras que recordamos, paisajes que nos habitan, miradas ajenas que se incrustaron en nuestra alma. Admiro en Arturo Barea su voluntad de contar historias que son literatura y vida a la vez, ligadas fuertemente a su biografía y a sus deseos, miedos, esperanzas, ilusiones y grandes desilusiones. Barea escribe con la vida palpitando en sus manos, con los dedos sueltos y libres, con la ojos llenos de emoción y verdad. Leerle es una experiencia ciertamente inolvidable: cuando estamos llenos de páginas, de letra escrita, de mundos inventados o reinventados, volver a leer a Barea es como tener la oportunidad de oír de nuevo a nuestro padre, a nuestra madre, a nuestros hermanos que nos dicen con tono íntimo cosas que nos competen y nos implican. Pongamos de ejemplo ese relato temprano y autobiográfico que tituló "La medalla": una madre le manda a un hijo, inmerso en una guerra, una medalla que ella ha besado con mucho amor para que lo proteja de las balas. Pero el soldado desprecia el objeto. Se lo compra su sargento, que sí se cuelga al cuello la medalla. Viven momentos muy difíciles: "Estamos en plena operación, estamos fortificando a toda prisa, deseosos de alejar de nuestros oídos los silbidos de las balas que pasan al lado nuestro llevando la muerte, jinete fantástico de los diminutos corceles de plomo, y de alejar de nuestra mente la idea del dolor que esperamos ver surgir en nosotros a cada instante. Es el momento todo emoción en que nos rodea el peligro, el segundo en que esperamos diga la vida basta y se trunque en nosotros." Barea habla muy bien de lo que conoció y de lo que le importaba, de lo que es realmente importante, y su canto es el del que sufrió por sí mismo y por los que compartieron penalidades con él. Esa medalla se la quedó el sargento Barea cuando mataron al soldado que no la quiso. Y la besó aunque en ella estaban los besos de otra madre. Pero era una madre, nada menos que una madre, y era un ser humano que padeció, como Barea, y como tantos otros a los que la guerra civil española dejó heridos o muertos, dentro y fuera del país, dentro y fuera de la voluntad rota de vivir.



14 marzo 2007

Heinrich Böll: La aventura y otros relatos


Böll es uno de los escritores esenciales en mi vida lectora, una de las mayores influencias en mis escritos de ficción, un referente moral. Cuando vemos que estamos viviendo un tiempo en el que parece no haber pasado nada importante y todo fluye rápido, a escape, sin dejar huella, creo que es muy necesario volver a autores como éste, Faulkner, Moravia, Sartre. Hay un relato en el libro del que os hablo, llamado "Aventuras de un macuto", que el gran escritor alemán fechó en 1950 y es una perfecta sátira sobre la guerra y su caudal de cadáveres y olvido. Un soldado lleva un macuto a la guerra, que pierde tras su muerte y va pasando por diferentes manos hasta volver a las de su madre, que lo utiliza para guardar cebollas sin percatarse de que hay un número dentro con el que habría podido identificarlo y asociarlo a su hijo. Para esto sirve una guerra. Y es que ya se nos advierte que no es lo mismo soñar que estar en el lugar del sueño: "...creía en los héroes hasta que él mismo se vio obligado a ser uno de ellos." Cómo narra Böll el progresivo acercamiento a la zona de combate es sencillamente algo antológico: "desde ese cielo occidental llegaba el famoso sonido atronador parecido a una tempestad... cada vez se acercaba más esa tempestad artificial, las voces de los oficiales y suboficiales se hicieron roncas, todo se volvió desagradable... la tempestad se oía cada vez más desagradable, cada vez más artificial. Entonces, las voces de los oficiales y suboficiales adquirieron una curiosa suavidad, casi ternura... Stobski se dio cuenta de que estaba ya en medio de la tempestad artificial... oyó gritos, explosiones, tiros y las voces de los oficiales se volvieron de nuevo roncas." Y es que el añorado escritor sabía como pocos hablar de lo que de verdad importa.

05 marzo 2007

Alberto Moravia: El autómata (1). ¿Y por qué no el cinismo?


Es éste un libro de relatos que tiene casi cuarenta años. De entrada, puede parecer que es sinónimo de viejo y pasado, pero no lo creáis. La ironía, la incisiva mirada crítica de Moravia siguen absolutamente vigentes, como demuestra el relato "Las aturdidas", que me ha hecho pensar: ¿y por qué no el cinismo? Dos damas despreocupadas, ricas y vividoras, de clase alta, con criados y preocupaciones existenciales mínimas, se ven en la casa de una de ellas a petición de la otra, que ha de contarle algo muy importante. Es paródico, pero también cínico el tono, nunca despectivo - el buen escritor no recurre a lo zafio, sino que añade humor y se aleja de la tosquedad -, y tan transparente y cercano que no alejaría a lector alguno. Sólo después de hablar de vestidos, de quién es la mujer más elegante de Roma, sale a relucir un secreto que incumbe a la convocada a la cita: su marido tiene una amante. Quizá en manos de otro escritor los derroteros que podría tomar la historia llevarían al drama o a la caricatura, pero Moravia escapa del camino fácil y no muestra apesadumbrada a la señora con cuernos, sino que narra cómo se le olvida pronto tal descubrimiento, cómo es incapaz de recordarlo poco más tarde, pues en verdad no es cosa que pueda alterar de manera significativa su existencia, bien ordenada, fijada y con esplendor seguro. ¿Qué es una amante entre esta gente? Moravia no lo dice, sino que lo narra. Y el lector puede sonreír, seguro que sí, y a la vez que se divierte constata que hay cosas que sabe y otras que no sabe que, ocurra lo que ocurra, jamás cambiarán. Alberto Moravia, amigos, todavía hoy uno de los mejores escritores del siglo XX.

27 febrero 2007

Richard Ford: Rock Springs ( 3 )

El relato se llama "Novios" y cuenta la historia de un hombre que el día que ha de ingresar en la cárcel visita a su ex mujer, que se ha casado con otro hombre que tiene una hija pequeña de un matrimonio anterior. Dice Richard Ford que la piedad es un elemento esencial en su narrativa: he aquí una buena prueba. Uno lee el relato sobrecogido, con el corazón triste y la mirada herida, e inmiscuidos en lo que se nos va contando, llevados por la mano maestra de Ford de un personaje y lo que piensa y siente a otro, sin apresuramiento y con tanto acierto literario que abruma, nos sentimos especiales y muy pequeños a la vez, seres humanos detenidos como uno de esos animales que se cruzan en la carretera de noche y, a la luz de los faros de un vehículo en marcha, se quedan quietos, como hipnotizados sin saber que están a punto de morir si no lo evitan saltando, escapando. Richard Ford es uno de mis autores preferidos desde hace muchos años, pero este libro no lo había leído, contagiado siempre por la pasión novelesca, y descubro al cabo del tiempo que en estos relatos hay una esencia difícil de transmitir con una novela, una exactitud en lo que se narra que en más páginas resultaría alargado, falso, vacuo. Ford habla de seres corrientes, que no hacen sino cosas corrientes, pero lo que le distingue de tantos otros autores es su mirada llena de piedad, de comprensión: cuando el futuro reo se encara con la ex esposa, con el marido de ésta, vemos que Ford recorta los excesos, evita las trampas y el maniqueísmo y nos muestra a tres seres que le importan por igual, independientemente de lo que hacen o son, aspecto éste que me recuerda los aciertos mayores de otro escritor imprescindible: John Steinbeck. Sabéis que escribo en otro blog sobre novela negra, y tengo que decir que he dudado si incluir este comentario allí en vez de aquí, porque en este cuento hay una pistola, un delincuente, un enfrentamiento entre dos hombres, un deseo de que alguien muera para que con su muerte el dolor desaparezca o se haga ya del todo insoportable. Ford ha tomado elementos de la novela social, la novela negra que están en nuestras vidas cotidianas y ha elaborado un canto ejemplar a la comprensión y a la confianza en el ser humano, en su supervivencia, motivo nada banal en nuestra época, en que parece que las máquinas, la especulación y la enfermedad del planeta que nos acoge ponen en duda. Así lo escribe Ford: "Y yo pensé en el pobre Bobby: lo estarían cacheando y esposando en el patio de la cárcel, luego lo encerrarían convertido en presidiario, como una pieza de maquinaria inútil." Lo dice el marido de la ex esposa de Bobby, que quiere ver lejos de sus vidas - la suya, la de su esposa, la de su hija pequeña - a ese hombre, pero no puede dejar de sentir piedad por su destino.

25 febrero 2007

Pedro Zarraluki: "Un encargo difícil" (7). Crueldad.

Si comento la novelas que leo de esta manera fragmentada es porque así las leo. A veces unas motivan más comentarios y otras apenas dos o tres. "Un encargo difícil", como todas las novelas que dejan poso en mi memoria, está llena de detalles, de pasajes dignos de ser releídos, de personajes memorables. Y de escenas que son eficaces, están muy bien narradas y además son ejemplares. Como una en que el Lluent, pescador, lleva a un soldado alemán, cuyo avión ha caído en el mar, al lugar donde se ha hundido para tenerlo localizado con vistas a su posterior recuperación. El soldado nazi saca de repente su pistola y se pone a ejercitarse en el tiro contra unas rocas. Cuando aparece una cabra en la orilla, no duda en practicar disparando contra ella, la alcanza y la cabra, que está en un acantilado, cae al mar, pero no está muerta y lucha desesperadamente. El pescador desea ayudarla, pero el soldado se lo impide. Alza el pescador un remo sobre la cabeza del alemán, pero éste ni se inmuta, y no le queda más remedio que seguir manejando la barca y seguir las instrucciones del soldado. Es sólo una cabra, pero la crueldad del nazi con el animal basta para que sepamos y comprendamos qué alma encierra tras su guerrera. Admiro a los escritores que saben contar con poco y sugerir mucho. Que pueden desviar la mirada del lector y centrarla con la máxima intensidad en el punto que les interesa. Zarraluki tiene esa capacidad. Y no necesita recurrir a lo más cruento, a la violencia desenfrenada -tan habitual en el mal cine de acción- para demostrarnos que la maldad puede anidar en un corazón.